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Pero cuando llegó el tiempo de que aquel hombre feliz abrazase el
instituto monástico, y siguiese la verdadera filosofía; ya desde
entonces quedaron desiguales nuestros pesos: su balanza se levantaba en
alto, al paso que yo, enredado en los deseos del siglo, hacia bajar
la mía, y la violentaba a que quedase oprimida, cargándola de
pensamientos juveniles. Aun entonces permanecía entre nosotros, del
mismo modo que antes, una firme y constante amistad; pero debía
interrumpirse nuestro trato. ¿Cómo era posible que pudiésemos
mantenerlo continuo, siendo nuestras ocupaciones tan diversas?
Pero luego que comencé yo también, poco a poco, a sacar la cabeza
de entre las tempestades de la vida, me recibió en esta ocasión con
los brazos abiertos; pero ni aun así pudimos conservar nuestra primera
igualdad: porque habiéndome prevenido en el tiempo, y manifestado un
ardor de ánimo increíble, se levantaba todavía sobre mí, llegando
a tocar un punto de elevación muy grande.
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