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Pero los continuos halagos de mi madre, fueron causa de que yo no le
concediese esta gracia; mejor diré, que no recibiese de él este
beneficio. Luego que ésta llegó a entender la deliberación que yo
quería tomar, asiéndome de la mano, me introdujo en un cuarto
retirado de la casa, y haciéndome sentar junto a la cama, en donde me
había parido, prorrumpió en un mar de lágrimas, y añadiendo
palabras, que movían más que su llanto, comenzó a lamentarse de
esta suerte: «Hijo mío, dijo, no me fue permitido disfrutar
largamente las virtudes de tu padre, porque Dios así o dispuso; a
los dolores que yo tuve cuando te parí, sucedió su muerte,
dejándote a ti huérfano y a mí viuda antes de tiempo y entre los
males y trabajos de una viudez, que sólo pueden comprender las que los
han experimentado.
¿Qué palabras pueden bastar para explicar aquella tempestad, y
turbación que sufre una mujer joven, cuando apenas salida de la casa
de su padre, y sin experiencia alguna de las cosas, repentinamente se
halla en medio de un dolor insoportable, y se ve obligada a entrar en
pensamientos superiores a su sexo, y a su edad? Porque debe, según
yo pienso, atender a corregir el descuido de los domésticos,
observando sus malos procederes, haciendo frente a las asechanzas de
los parientes, y soportando con generosidad de ánimo las molestias de
aquéllos que administran los intereses del público, y su dureza en
exigir los tributos. Y si el que ha muerto deja sucesión, si es
femenina, aun así, deja un cuidado no pequeño a la madre; pero
libre de gasto, y de temores: mas si es varonil, cada día la aumenta
nuevos sobresaltos, y mayores cuidados. Deja a un lado el consumo de
dinero que se necesita hacer, si desea que tenga una educación
correspondiente a su estado. Con todo, ninguna de estas cosas han
podido inducirme a que yo abrazase un segundo matrimonio, y que
introdujese otro esposo en la casa de tu padre; sino que he permanecido
en esta tempestad, y torbellino, y no he rehusado el trabajoso ardor
de la viudez, asistida principalmente de la gracia del Señor. Ni
contribuyó poco para esto el gran consuelo que recibía, viendo
continuamente tu semblante, en donde registraba vivamente copiada la
imagen de tu difunto padre. De aquí es, que siendo tú niño, y que
no sabías aun articular las palabras, que es cuando más gusto reciben
los padres de los hijos, yo tenía en ti un grandísimo consuelo.
Ni tú podrás decirme, o culparme con verdad, que aunque
generosamente haya soportado la viudez, no obstante por las
incomodidades de ésta, te he disminuido el patrimonio, como sé que
ha sucedido a muchos, que han tenido la desgracia de quedar huérfanos
como tú. Pues yo te he conservado intacto todo lo que era tuyo; ni
he perdonado a gastos en todo lo que pertenecía a tu decoro, gastando
de lo que era mío, y de lo que tenía cuando salí de la casa de mi
padre.
Ni te persuadas que te digo esto por sacarte los colores a la cara:
solamente te pido por todo esto una gracia; y es, que no me envuelvas
en una segunda viudez, despertándome un dolor, que está ya
enteramente adormecido; sino que esperes mi muerte, que tal vez ya no
tardará. Se puede esperar que los jóvenes lleguen a una larga
vejez, pero nosotros, que hemos comenzado ya a envejecer, solo
podemos esperar la muerte. Luego que me hayas enterrado, y puesto mis
huesos junto a los de tu padre, puedes emprender largas
peregrinaciones; entra en el mar que quisieres, pues no tendrás
alguno que te lo impida; pero mientras que yo respiro, sufre el vivir
en mi compañía. No quieras temerariamente, y sin consejo ofender a
Dios, poniéndome en tan grandes trabajos, sin que de mi parte hayas
tenido motivo para ello. Y si tú puedes culparme de que yo te
arrastro a los cuidados de la vida, y de que te obligo a atender a tus
cosas, niégate enhorabuena a las leyes de la naturaleza, a la
educación que te he dado, a la compañía, y a todos los otros
motivos: huye de mí, como de un enemigo que te pone asechanzas.
Pero si no omito diligencia, para que te sea más fácil, y llevadero
el camino de esta vida, ya que no otro respeto, a lo menos este lazo
te detenga junto a mí. Pues aunque tú digas ser infinitos aquéllos
que te aman; ninguno podrá hacer que goces de una libertad como
ésta; porque ninguno hay que estime tu decoro como yo.
Éstas, y otras cosas me dijo mi madre, y yo se las repetí a aquel
generoso varón, que no sólo no se movió de semejante discurso, sino
que insistió con mayor tesón en su primera resolución e instancia.
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