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Hallándonos, pues, en estos términos, e instándome él
continuamente a que condescendiese con sus súplicas, pero sin acabar
yo de resolverme, nos puso a los dos en confusión un rumor que se
esparció por la ciudad. Era éste, que seríamos promovidos a la
dignidad episcopal.
Luego que yo oí semejante voz, quedé sorprendido de temor, y
perplejidad: de temor porque no me obligasen a abrazar contra mi
voluntad aquel estado; y de perplejidad, porque no acababa de entender
cómo pudo venir al pensamiento de aquellos varones el resolver una cosa
como ésta de mi persona; pues volviendo a mirar sobre mí mismo, no
encontraba en mí cosa que fuese digna de tal honor.
Por lo que toca a aquel joven valeroso, vino a buscarme a solas; me
dio parte de las voces que corrían y creyendo que yo las ignorase, me
rogaba que en esta ocasión, como en todas las antecedentes, se viese
que nuestras acciones y deliberaciones eran unas; que él por su parte
estaba dispuesto a seguir con prontitud de ánimo, cualquier camino que
yo le mostrase; ya conviniese rehusar, ya abrazar aquel estado.
Viendo, pues, una resolución tan noble, y creyendo que podría
causar no pequeño daño a todo el común de la Iglesia, si por mi
debilidad privaba al rebaño de Jesucristo de un joven tan bueno y tan
útil para el gobierno de los hombres, no le descubrí lo que sentía
de estas cosas; aunque hasta entonces, jamás había podido sufrir el
ocultarle alguno de mis sentimientos. Y añadiéndole ser muy
conveniente dejar para otro tiempo (por no ser cosa que urgiese mucho)
el resolver sobre este negocio, lo persuadí sin dificultad a que
dejase por entonces este pensamiento y a que confiase, que si llegaba
el caso de abrazar aquel estado, yo le acompañaría en la
determinación.
Pero no pasó mucho tiempo, cuando llegó allí el que nos había de
ordenar: yo me oculté, y él, ignorante de lo que pasaba, fue con
otro pretexto conducido a recibir el yugo, esperando, por lo que yo le
había prometido, que sin dificultad lo seguiría, o que tal vez era
él el que me seguía, pues algunos de los que se hallaban
presentes, viéndole inquieto por esta especie de violencia, lo
engañaron diciendo que era cosa indigna, que aquél a quien todos
tenían por atrevido, (señalándome a mí) hubiese cedido con tanta
sumisión al juicio de los Padres; y que él, que era más modesto y
prudente, se mostrase soberbio y amigo de vanagloria, rehusando,
repugnando, y contradiciendo.
Habiendo cedido a estas razones, luego que supo que yo me había
ocultado, fue a buscarme; y entrando en mi cuarto con un aire de
semblante muy triste, se sienta junto a mí, quería decir alguna
cosa. Pero impedido por la angustia, no podía manifestar con las
palabras la violencia que padecía; luego que abría los labios para
proferir alguna, la opresión interna se la cortaba antes que pasase de
los labios.
Viéndolo tan afligido y tan lleno de turbación, y sabiendo yo la
causa, no pude dejar de prorrumpir en risa por el gran gusto que
sentía; y cogiéndolo de la mano, me arrojaba a abrazarle,
glorificando a Dios, de que mis artificios hubiesen tenido el feliz
suceso que yo siempre había deseado.
Luego que advirtió en mí una alegría tan extraordinaria, conociendo
que yo hasta entonces lo había engañado, tanto más se inquietaba, y
lo sentía.
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