CAPÍTULO VII

Finalmente, volviendo algún tanto sobre sí de aquella turbación de ánimo dijo: Ya que tú enteramente has abandonado mis intereses, y que tan poco caso haces de mí, sin que yo pueda entender el motivo, debías, a lo menos, atender a tu reputación. Tú al presente has abierto la boca a todos, y todos a una voz dicen, que llevado del amor de una gloria vana, has rehusado este ministerio; no hay alguno que te libre de este cargo. Yo no me atrevo a presentarme en público: tantos son los que vienen a encontrarme, y los que cada día me acusan. Luego que llegan a descubrirme en cualquier parte de la ciudad, tomándome separadamente los que tienen alguna familiaridad con nosotros, cargan sobre mí la mayor parte de esta culpa. "Sabiendo, me dicen, el ánimo de éste, (pues te eran patentes sus secretos) no convenía que nos lo hubieses ocultado, sino que debías haberlo comunicado con nosotros; pues no nos hubiera faltado modo de cogerle en sus mismas redes".

Yo por mi parte no me atrevo, antes me avergüenzo de responderles, que he ignorado la resolución, que tú ya mucho antes habías tomado, para que no crean que es pura ficción nuestra amistad. Pues aunque ello sea así, como verdaderamente lo es, lo que tú mismo no podrás negar, por lo que acabas de hacer conmigo; con todo, es bueno que se oculten nuestras faltas a los de afuera, que tienen de nosotros un mediano concepto. Yo no tengo cara para descubrirles la verdad del hecho, ni el estado de nuestras cosas; por lo que no me queda otro recurso, sino callar, fijar la vista en el suelo, y evitar, retirándome, el encuentro con los que me pueden preguntar. Y aun en el caso de que pueda librarme de la primera acusación, con todo es necesario que me convenzan de embustero. ¿Cómo podrán darme crédito, cuando me oigan decir, que tú has puesto a Basilio en el número de aquéllos a quienes conviene ocultar tus cosas?

Pero sobre esto no quiero alargarme más, porque tú así lo has querido. Paso a otras cosas, que de ningún modo podremos sufrir sin vergüenza, porque unos te acusan de arrogante, otros de vanaglorioso, y los que no son tan moderados en la censura, nos culpan de uno y otro; y añaden al mismo tiempo injurias contra los que nos han hecho este honor, diciendo que les está muy bien, aunque por nuestra causa tuvieran más que sufrir: porque habiendo despreciado a tales, y a tantos varones, han promovido de repente a una dignidad de tanto honor, que ni aun por sueños la hubieran podido esperar, a unos jovencillos, que no hace dos días que se hallaban envueltos en los cuidados de la vida, porque de poco tiempo a esta parte comenzaron a arrugar la frente, a vestir de negro, y a fingir tristeza en su semblante. Y que los que se han ejercitado en la vida ascética desde sus primeros años hasta la edad más decrépita, se ven obligados a obedecer, y a que los manden sus mismos hijos, que ignoran las leyes con que se debe administrar este empleo. Éstas y otras muchas cosas oigo continuamente de los que se acercan a mí. Ahora yo no sé qué he de responder a todos estos cargos: por lo que te ruego me sugieras alguna cosa. Pues yo no me puedo persuadir que, temerariamente y sin consejo hayas hecho esta fuga, y querido granjearte una enemistad tan grande con varones tan esclarecidos; sino que esto lo has hecho con toda reflexión y movido de alguna razón particular; por lo que conjeturo que tú las tendrás muy prontas para la defensa. Dime, pues, ¿qué excusa justa podremos dar a los que nos acusan?

De lo que tú me has ofendido no pido satisfacción, ni de que me has engañado, ni de haberme vendido, ni tampoco del bien que has disfrutado en el tiempo pasado. Yo por mi parte, por decirlo así, he llevado y puesto mi alma en tus manos: tú has usado conmigo de la misma cautela que pudieras con aquellos enemigos, de quienes debieras guardarte. Si sabías que era útil este tu consejo, no debías rehusar la utilidad que de él resultase; y si por el contrario lo conocías nocivo, podías librar también del daño a quien siempre decías estimar sobre los otros. Pero tú todo lo has dispuesto para que yo cayese en el lazo. ¿Necesitabas tú usar de engaños y de ficciones con aquél que ha acostumbrado decir y hacer todas sus cosas sin recelarse de ti, y con la mayor sencillez? Pero de nada de esto, como ya te he dicho, te acuso al presente, ni te doy en cara con la soledad en que me has dejado, habiendo cortado aquellos ratos de conversación, de que sacábamos tan gran utilidad, y entretenimiento. Dejo todo esto, y lo sufro con silencio, y con paciencia, no porque tú hayas faltado levemente contra mí; sino porque desde aquel día en que comencé a frecuentar tu amistad, me puse la ley de no ponerte en obligación de responder, ni defenderte de aquellas cosas, en que quisieras causarme sentimiento. Que no ha sido pequeño el que me has dado, tú mismo lo puedes conocer, si es que tienes presentes los discursos que frecuentemente hacían de nosotros los extraños, y los que pasaban también entre los dos. Éstos se reducían, a que nos sería muy útil el permanecer unidos de voluntades, y defendidos con una mutua amistad. Todos los otros decían que la concordia de nuestros ánimos traería no pequeña utilidad a otros muchos. Yo, por lo que toca a mí, estaba persuadido, que de ningún modo podría ser útil a alguno; pero decía que nos resultaría no poca ganancia de una tal concordia; esto es, la dificultad con que nos podrían vencer los que intentasen combatirnos. Yo no cesaba de traerte continuamente a la memoria estas cosas; ser los tiempos trabajosos; crecido el número de los que nos ponen asechanzas; haberse perdido la sinceridad en el amor, y haber entrado en su lugar la peste de la envidia; caminar nosotros en medio de los lazos y pasearnos sobre las almenas de las ciudades; ser muchos, y de muchos lugares, los que estaban prevenidos para alegrarse de nuestros males, si nos acaecía alguna cosa contraria; ninguno, o muy pocos los que se compadeciesen de nosotros. Mira, pues, no sea que nuestra desunión cause la risa de muchos, o algún mal mayor todavía que la risa:

"Un hermano asistido por otro, es como una ciudad fuerte, y como un reino bien pertrechado".

Pr 18

No quieras deshacer la sinceridad de esta hermandad, ni romper esta firmeza.

Éstas y otras muchas cosas te decía yo continuamente, no sospechando de ti una cosa semejante; sino que creyendo enteramente que tú me tuvieses un ánimo sincero, yo por un exceso de amor, quería curarte, aun estando sano; pero no reperaba, como he visto por experiencia, que aplicaba medicinas a un enfermo. Y ni aun así, ¡miserable de mí! he adelantado cosa alguna, ni he sacado algún fruto de esta tan exquisita providencia.

Porque tú, desechando enteramente todo esto, y no queriendo darle entrada en tu ánimo, me has entregado a un mar inmenso, como un navío sin lastre, y sin considerar la furia de las olas, que necesariamente había de padecer. Y si en lo sucesivo acaeciere que muevan contra mí una calumnia, o que me hagan alguna burla, afrenta, o algún otro daño (pues es necesario que sucedan estas cosas muchas veces) ¿a quién he de recurrir? ¿Con quién comunicaré yo mis turbaciones de ánimo? ¿Quién querrá defenderme? ¿Quién podrá contener a los que me den que sentir; o hará que no lo hagan en lo sucesivo? ¿Quién me dará consuelo, o me preparará para sufrir con paciencia las insolencias de otros? Ninguno por cierto, habiéndote apartado tú tan lejos de esta tan peligrosa guerra, que no podrás jamás oír, ni aun mis clamores. ¿Sabes tú, por ventura, el grande mal que has hecho? ¿Conoces siquiera, después de haberme herido, qué herida tan mortal es la que me has dado? Pero dejemos estas cosas, (pues no es posible deshacer lo que ya está hecho, ni hallar camino para lo que no le tiene) ¿qué diremos a los extraños? ¿qué responderemos a sus acusaciones?




[ Capítulo Anterior ]
[ Retorna al Indice ]
[ Capítulo Seguiente ]