|
Finalmente, volviendo algún tanto sobre sí de aquella turbación de
ánimo dijo: Ya que tú enteramente has abandonado mis intereses, y
que tan poco caso haces de mí, sin que yo pueda entender el motivo,
debías, a lo menos, atender a tu reputación. Tú al presente has
abierto la boca a todos, y todos a una voz dicen, que llevado del amor
de una gloria vana, has rehusado este ministerio; no hay alguno que te
libre de este cargo. Yo no me atrevo a presentarme en público:
tantos son los que vienen a encontrarme, y los que cada día me
acusan. Luego que llegan a descubrirme en cualquier parte de la
ciudad, tomándome separadamente los que tienen alguna familiaridad con
nosotros, cargan sobre mí la mayor parte de esta culpa. "Sabiendo,
me dicen, el ánimo de éste, (pues te eran patentes sus secretos)
no convenía que nos lo hubieses ocultado, sino que debías haberlo
comunicado con nosotros; pues no nos hubiera faltado modo de cogerle en
sus mismas redes".
Yo por mi parte no me atrevo, antes me avergüenzo de responderles,
que he ignorado la resolución, que tú ya mucho antes habías tomado,
para que no crean que es pura ficción nuestra amistad. Pues aunque
ello sea así, como verdaderamente lo es, lo que tú mismo no podrás
negar, por lo que acabas de hacer conmigo; con todo, es bueno que se
oculten nuestras faltas a los de afuera, que tienen de nosotros un
mediano concepto. Yo no tengo cara para descubrirles la verdad del
hecho, ni el estado de nuestras cosas; por lo que no me queda otro
recurso, sino callar, fijar la vista en el suelo, y evitar,
retirándome, el encuentro con los que me pueden preguntar. Y aun en
el caso de que pueda librarme de la primera acusación, con todo es
necesario que me convenzan de embustero. ¿Cómo podrán darme
crédito, cuando me oigan decir, que tú has puesto a Basilio en el
número de aquéllos a quienes conviene ocultar tus cosas?
Pero sobre esto no quiero alargarme más, porque tú así lo has
querido. Paso a otras cosas, que de ningún modo podremos sufrir sin
vergüenza, porque unos te acusan de arrogante, otros de
vanaglorioso, y los que no son tan moderados en la censura, nos culpan
de uno y otro; y añaden al mismo tiempo injurias contra los que nos
han hecho este honor, diciendo que les está muy bien, aunque por
nuestra causa tuvieran más que sufrir: porque habiendo despreciado a
tales, y a tantos varones, han promovido de repente a una dignidad de
tanto honor, que ni aun por sueños la hubieran podido esperar, a unos
jovencillos, que no hace dos días que se hallaban envueltos en los
cuidados de la vida, porque de poco tiempo a esta parte comenzaron a
arrugar la frente, a vestir de negro, y a fingir tristeza en su
semblante. Y que los que se han ejercitado en la vida ascética desde
sus primeros años hasta la edad más decrépita, se ven obligados a
obedecer, y a que los manden sus mismos hijos, que ignoran las leyes
con que se debe administrar este empleo. Éstas y otras muchas cosas
oigo continuamente de los que se acercan a mí. Ahora yo no sé qué
he de responder a todos estos cargos: por lo que te ruego me sugieras
alguna cosa. Pues yo no me puedo persuadir que, temerariamente y sin
consejo hayas hecho esta fuga, y querido granjearte una enemistad tan
grande con varones tan esclarecidos; sino que esto lo has hecho con
toda reflexión y movido de alguna razón particular; por lo que
conjeturo que tú las tendrás muy prontas para la defensa. Dime,
pues, ¿qué excusa justa podremos dar a los que nos acusan?
De lo que tú me has ofendido no pido satisfacción, ni de que me has
engañado, ni de haberme vendido, ni tampoco del bien que has
disfrutado en el tiempo pasado. Yo por mi parte, por decirlo así,
he llevado y puesto mi alma en tus manos: tú has usado conmigo de la
misma cautela que pudieras con aquellos enemigos, de quienes debieras
guardarte. Si sabías que era útil este tu consejo, no debías
rehusar la utilidad que de él resultase; y si por el contrario lo
conocías nocivo, podías librar también del daño a quien siempre
decías estimar sobre los otros. Pero tú todo lo has dispuesto para
que yo cayese en el lazo. ¿Necesitabas tú usar de engaños y de
ficciones con aquél que ha acostumbrado decir y hacer todas sus cosas
sin recelarse de ti, y con la mayor sencillez? Pero de nada de esto,
como ya te he dicho, te acuso al presente, ni te doy en cara con la
soledad en que me has dejado, habiendo cortado aquellos ratos de
conversación, de que sacábamos tan gran utilidad, y
entretenimiento. Dejo todo esto, y lo sufro con silencio, y con
paciencia, no porque tú hayas faltado levemente contra mí; sino
porque desde aquel día en que comencé a frecuentar tu amistad, me
puse la ley de no ponerte en obligación de responder, ni defenderte de
aquellas cosas, en que quisieras causarme sentimiento. Que no ha sido
pequeño el que me has dado, tú mismo lo puedes conocer, si es que
tienes presentes los discursos que frecuentemente hacían de nosotros
los extraños, y los que pasaban también entre los dos. Éstos se
reducían, a que nos sería muy útil el permanecer unidos de
voluntades, y defendidos con una mutua amistad. Todos los otros
decían que la concordia de nuestros ánimos traería no pequeña
utilidad a otros muchos. Yo, por lo que toca a mí, estaba
persuadido, que de ningún modo podría ser útil a alguno; pero
decía que nos resultaría no poca ganancia de una tal concordia; esto
es, la dificultad con que nos podrían vencer los que intentasen
combatirnos. Yo no cesaba de traerte continuamente a la memoria estas
cosas; ser los tiempos trabajosos; crecido el número de los que nos
ponen asechanzas; haberse perdido la sinceridad en el amor, y haber
entrado en su lugar la peste de la envidia; caminar nosotros en medio
de los lazos y pasearnos sobre las almenas de las ciudades; ser
muchos, y de muchos lugares, los que estaban prevenidos para alegrarse
de nuestros males, si nos acaecía alguna cosa contraria; ninguno, o
muy pocos los que se compadeciesen de nosotros. Mira, pues, no sea
que nuestra desunión cause la risa de muchos, o algún mal mayor
todavía que la risa:
|
"Un hermano asistido por otro, es como una
ciudad fuerte, y como un reino bien pertrechado".
|
|
No quieras deshacer
la sinceridad de esta hermandad, ni romper esta firmeza.
Éstas y otras muchas cosas te decía yo continuamente, no sospechando
de ti una cosa semejante; sino que creyendo enteramente que tú me
tuvieses un ánimo sincero, yo por un exceso de amor, quería
curarte, aun estando sano; pero no reperaba, como he visto por
experiencia, que aplicaba medicinas a un enfermo. Y ni aun así,
¡miserable de mí! he adelantado cosa alguna, ni he sacado algún
fruto de esta tan exquisita providencia.
Porque tú, desechando enteramente todo esto, y no queriendo darle
entrada en tu ánimo, me has entregado a un mar inmenso, como un
navío sin lastre, y sin considerar la furia de las olas, que
necesariamente había de padecer. Y si en lo sucesivo acaeciere que
muevan contra mí una calumnia, o que me hagan alguna burla, afrenta,
o algún otro daño (pues es necesario que sucedan estas cosas muchas
veces) ¿a quién he de recurrir? ¿Con quién comunicaré yo mis
turbaciones de ánimo? ¿Quién querrá defenderme? ¿Quién podrá
contener a los que me den que sentir; o hará que no lo hagan en lo
sucesivo? ¿Quién me dará consuelo, o me preparará para sufrir con
paciencia las insolencias de otros? Ninguno por cierto, habiéndote
apartado tú tan lejos de esta tan peligrosa guerra, que no podrás
jamás oír, ni aun mis clamores. ¿Sabes tú, por ventura, el
grande mal que has hecho? ¿Conoces siquiera, después de haberme
herido, qué herida tan mortal es la que me has dado? Pero dejemos
estas cosas, (pues no es posible deshacer lo que ya está hecho, ni
hallar camino para lo que no le tiene) ¿qué diremos a los extraños?
¿qué responderemos a sus acusaciones?
|
|