|
Ten buen ánimo, le dije yo, porque no sólo estoy dispuesto a darte
cuenta de estas cosas, sino que procuraré defenderme, en cuanto
pueda, de todas aquéllas de que tú has querido dejarme libre. Y si
lo quieres así, de la defensa de estas daré principio a mis razones;
pues sería un hombre muy necio, y sin consideración, si haciendo
caso de la opinión de los extraños, y no omitiendo diligencia para
que dejasen de acusarme, no pudiera también persuadir de que en nada
he ofendido al que entre todos estimo, y que conmigo usa tal respeto,
que ni aun quiere acusarme de las ofensas que dice haber recibido de
mí; y que descuidando enteramente sus intereses, sólo atiende a los
míos; y al mismo tiempo, si se viese que yo he tenido con él más
descuido, que el cuidado que él ha manifestado de mí.
¿Qué es, pues, en lo que yo te he ofendido? porque he determinado
entrar desde aquí en el piélago de mi defensa. ¿Es acaso porque te
he engañado, y te he ocultado mi determinación?
Pero esto lo he hecho atendiendo a tu utilidad, que has sido el
engañado, y a la de aquéllos en cuyas manos te he puesto,
engañándote. Y si, universalmente hablando, es malo todo engaño,
y no es permitido usar de él alguna vez para una cosa útil, yo estoy
pronto a sufrir la pena que tú quisieres darme; o mejor diré (pues
no tendrás valor para tomar satisfacción de mí), yo mismo me
condenaré a aquellas penas a que condenan los Jueces a los
malhechores, cuando sus acusadores los convencen de algún delito.
Pero si éste no es siempre dañoso, sino que viene a ser bueno o
malo, según el fin e intención de quien lo usa; dejando a un lado el
que yo te haya engañado, me has de probar que lo haya hecho con fin
malo. Y si nada de esto hay, justa cosa será, que los que pretenden
parecer rectos en sus juicios no solamente no muevan acusaciones y
cargos, sino que alaben al que usa semejantes artificios. Es tan
grande la utilidad que resulta de un engaño de estos, hecho a tiempo,
y con rectitud de intención, que muchos, por no haberlo usado,
frecuentemente han pagado la pena.
Y si quieres buscar con diligencia los capitanes que han florecido en
todos los siglos, hallarás que la mayor parte de sus trofeos son
frutos de un ardid, y que han merecido mayor alabanza que los que
vencieron en campo abierto. Pues éstos dan fin a las guerras con
mayor dispendio de hombres y de dinero; de modo que no les queda alguna
utilidad de la victoria, padeciendo los vencedores no menor pérdida
que los vencidos, destruida la gente y agotados los erarios. Fuera de
esto, los vencidos no los dejan disfrutar enteramente de la gloria de
la victoria, no siendo pequeña la parte que toca a los que cayeron en
el campo; porque quedando vencedores en los ánimos, sólo fueron
vencidos en los cuerpos; de suerte, que si hubiera estado en su mano
el no ser muertos, y la muerte que sobrevino no los hubiera hecho cesar
de su ardor, de ningún modo hubieran desistido de él.
Pero aquél que ha podido vencer por alguna astucia, no solamente
envuelve a sus enemigos en la miseria, sino que los expone a la risa
del mundo. Pero así como en el primer caso no llevan los unos y los
otros iguales alabanzas por su fortaleza, así tampoco aquí por su
prudencia, sino que todo el premio es de los vencedores; y lo que no
es menos apreciable que lo dicho, conservan entero a sus ciudades todo
el gusto que resulta de la victoria. Ni pueden compararse de algún
modo la abundancia de dineros, o el número de los cuerpos con la
prudencia del ánimo; porque aquéllos, al paso que sin cesar se
consumen en la guerra, se apuran, y faltan a sus poseedores; pero
esta, cuanto más se ejercita, tanto más se aumenta naturalmente.
Y no solamente en la guerra, sino también en la paz se encontrará
muy necesario, y conveniente el uso de los engaños: lo es en los
negocios públicos, y en los domésticos; al marido respecto de la
mujer, a la mujer respecto del marido; al padre con su hijo, al amigo
con el amigo, y aun a los hijos con su mismo padre. La hija de
Saúl no hubiera podido librar de otra suerte a su marido de
las manos de Saúl, sino engañando a su padre. Ni el hermano de
ésta, que ya la había librado, viéndola en peligro
nuevamente, y queriéndola salvar, uso de otras armas, que de las que
se valió la mujer».
|
|