|
Pero nada de esto me toca a mí, dijo Basilio, pues yo no soy
enemigo oculto, ni declarado, ni de aquéllos que intentan ofender a
otro, sino todo lo contrario; pues he dejado siempre a tu arbitrio
todas mis cosas, habiendo seguido por aquel camino, por donde tú me
has mandado.
Juan: Por lo mismo, ¡oh varón bueno, y admirable!, con
prevención te he dicho que no solamente en la guerra y con los
enemigos, sino en la paz y con los más amigos, es bueno usar de la
astucia. Y en prueba de que ésta sea útil, no sólo a los que
engañan, sino también a los engañados, acércate a algunos de los
médicos, y pregúntales cómo curan a los enfermos, y te dirán que
no se contentan solamente con el arte sino que hay ocasiones, en que
valiéndose del engaño, y acompañando su socorro, restituyen por
este medio la salud a los enfermos. Cuando el hastío de éstos, y la
gravedad de la dolencia no dan lugar a los consejos de los médicos, es
necesario en tal caso ponerse la máscara del engaño para poder
ocultar, como sucede en una escena, la verdad del hecho.
Y si quieres, yo te contaré uno de los muchos que acostumbran usar.
Se vio uno en cierta ocasión acometido de calentura muy ardiente:
crecía el ardor y el enfermo rehusaba tomar todo aquello que pudiese
mitigar el fuego, y por el contrario apetecía, y hacía grandes
instancias, pidiendo a todos los que entraban a visitarle, que le
alargasen vino puro con abundancia y le diesen con qué saciar este
mortal deseo. No hay duda que si alguno hubiera condescendido con su
gusto, lejos de mitigarle el ardor, hubiera puesto fuera de sentido a
aquel desgraciado. Viéndose, pues, el arte perplejo, y no
encontrando algún otro medio, y quedando enteramente inútil, entró
en su lugar el engaño, y dio tales pruebas de su virtud, y eficacia,
como oirás ahora de mí. Tomando, pues, el médico una vasija de
tierra que acababa de salir del horno, y habiéndola puesto en una
buena cantidad de vino hasta empaparse, la sacó vacía, y llenándola
de agua, mandó que oscureciesen el cuarto donde yacía el enfermo,
poniendo muchas cortinas para que la luz no descubriese el artificio y
se la alargó para que bebiese, como si estuviera llena de vino puro.
El enfermo antes de tomarla en las manos, engañado luego del olor que
salía del vaso, no se detuvo a indagar curiosamente qué era lo que se
le había dado, sino que persuadido del olor, y deslumbrado por la
oscuridad, agitado del deseo, tragó con gran ansia lo que le habían
presentado, y saciándose, apagó en el punto aquel ardor, y evitó
el peligro que le amenazaba.
¿No ves la utilidad de un engaño? Y si quisiera alguno reducir a
número todas las astucias que usan los médicos, alargaría
infinitamente su discurso. Se hallará también, que no solamente los
que curan los cuerpos, sino también los que atienden a las
enfermedades del alma, han aplicado frecuentemente esta medicina. De
este modo redujo el apóstol San Pablo aquellos tantos millares
de judíos. Con este fin circuncidó a Timoteo, el mismo que
amenazó a los gálatas, que Cristo nada aprovecharía a los
que se circuncidasen. Por esto permanecía bajo el yugo de la Ley;
bien, que juzgaba demérito, después de la fe en
Jesucristo, la justificación que proviene de la Ley.
Grande es la fuerza de un engaño, como este no sea con fin dañado.
Ni se puede esto llamar engaño, sino una cierta economía, una
sabiduría, y arte propia, para buscar camino donde no le hay, y para
corregir los vicios del alma. Ni podré yo llamar homicida a
Phinees, aunque de un solo golpe mató a dos; ni tampoco a
Elías después de los cien soldados con sus oficiales, y
después de aquel abundante arroyo de sangre que hizo correr con
la muerte de aquéllos que se habían consagrado a los demonios. Si
esto concediéramos, y pretendiéramos examinar las cosas en sí
mismas, y desnudas del fin e intención de los que las ejecutaron,
podría cada uno, sin dificultad, condenar a Abraham de
parricidio, y del mismo modo acusará a su nieto y biznieto de
malicia y engaño. Pues aquél se usurpó la primogenitura y el
otro pasó al campo de los israelitas las riquezas de los
egipcios.
Pero no es esto así, no. No permita Dios semejante atrevimiento.
Pues no sólo no culpamos a estos tales, sino que por el contrario los
admiramos por semejantes hechos; pues ellos por los mismos merecieron
la aprobación divina. Será digno de ser llamado engañador, aquél
que use del engaño con fin torcido; pero no el que lo hace con buena
intención. Muchas veces es necesario usar de la astucia y por medio
de este artificio ocasionar grandísimo bien. Aquél, pues, que
camina sin esta cautela, ocasiona gravísimos daños a quien no ha
querido engañar.
|
|