LIBRO II


CAPÍTULO I

Pudiera detenerme a probar más largamente, que se puede usar para un fin honesto de la eficacia de la astucia; y que esta no debe llamarse engaño, sino una cierta admirable economía. Pero bastando lo expuesto hasta aquí para demostrarlo, sería una cosa molesta y enfadosa alargar superfluamente mi discurso. A ti sí que tocaría ahora el hacerme ver que yo no he usado de ésta, atendiendo únicamente a tu provecho.

A esto respondió Basilio: ¿Y qué utilidad me ha venido de esta tu economía, sabiduría, o como quieras llamarla? ¿Pretendes acaso persuadirme con esto, que no me has engañado?

Juan: Pues qué utilidad mayor, le dije yo, que practicar aquellas cosas que el mismo Cristo dijo ser las pruebas del amor hacia sí. Hablando, pues, al Príncipe de los Apóstoles, Pedro, le dijo, ¿me amas? Y habiendo éste confesado que sí, añade:

"Si tú me amas, apacienta mis ovejas".

Jo 21, 15

El Maestro pregunta al discípulo si lo amaba; no para saberlo: ¿qué necesidad tenía de esto, quien penetra los corazones de todos? sino para manifestarnos cuán grande es el cuidado que tiene de que se apacienten estos rebaños. Lo cual, siendo por sí tan claro, igualmente lo será también ser grande e inefable aquel premio que está reservado para los que trabajan en aquellas cosas que tanto aprecia Jesucristo.

Y si nosotros, cuando vemos que algunos miran con cariño a nuestros domésticos o bestias, contamos este cuidado como un testimonio del amor que nos tienen, aunque todas ellas sean cosas que se adquieren por dinero; el que no por dinero, ni por cosa semejante, sino que con su misma muerte compró este rebaño, dando por precio de él su misma sangre, ¿qué dones no tendrá preparados para los que se emplean en apacentarlo?

De aquí es que respondiendo el discípulo: «Tú sabes, Señor, que yo te amo», y poniendo por testigo de su amor al mismo que amaba, el Salvador no se paró aquí, sino que añadió la prueba del amor. No quería manifestar entonces, cuánto era lo que Pedro lo amaba; (porque esto ya se había conocido en muchos lances) sino que quiso, que Pedro, y todos nosotros supiésemos cuánto era lo que él amaba a su Iglesia, para que nos aplicásemos a esto con el mayor esmero.

¿Y cuál fue la causa de no haber perdonado Dios a su Hijo Unigénito, sino que aun siendo único lo entregó? Para reconciliar a aquéllos que eran sus enemigos, y formarse un Pueblo escogido. ¿Y por qué derramó su Sangre? para tener la posesión de aquellas ovejas que encomendó a Pedro y a todos sus sucesores.

Justamente decía Cristo:

"¿Quién es el siervo fiel y prudente a quien el Señor ha puesto para gobernar su casa?"

Mt. 24, 45

He aquí por segunda vez palabras de uno que duda; y el que hablaba, las profería sin dudar. Si no que como cuando preguntando a Pedro, si lo amaba, no lo preguntaba porque necesitase saber el amor del discípulo, sino porque quería manifestar el exceso de su amor: así en nuestro caso, cuando dice: ¿Quién es el siervo fiel, y prudente? no dijo esto porque ignorase quien es este siervo fiel y prudente, sino que quería manifestar lo raro del ministerio, y la grandeza de este grado. Observa ahora cuán grande es el premio: le pondrá en la administración de todos sus bienes. Querrás acaso porfiar aún que yo no he hecho bien en engañarte, debiendo de ser puesto en la administración de los bienes de Dios y practicar aquellas cosas, que practicando Pedro, afirmó el Señor, había de sobresalir entre los demás Apóstoles, diciéndole: Pedro, ¿me amas más que estos? apacienta mis ovejas. Podía muy bien hablarle de esta suerte: si me amas, ayuna, duerme sobre la tierra desnuda, vela sin cesar, asiste a los que padecen injustamente, sé Padre de los huérfanos y sirve de marido a la madre de estos. Ahora, pues, dejadas a un lado todas estas cosas, que es lo que dice: Apacienta mis ovejas.




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