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Todas las cosas que acabo de decir pueden fácilmente practicar muchos
de aquéllos que son súbditos, y no solamente los hombres, sino
también las mujeres; pero cuando se trata de gobernar la Iglesia, y
de tomar a su cargo el cuidado de tantas almas, sepárese de la
grandeza de este ministerio todo el sexo de aquéllas, y la mayor parte
de los hombres, y sean presentados aquéllos que sobresalen entre todos
con exceso, y que son tanto más altos que los otros en la virtud del
ánimo, cuanto lo era Saúl sobre toda la nación de los hebreos en la
altura del cuerpo, y aun mucho más. Ni se busque aquí solamente la
medida de la estatura, sino que cuanta es la diferencia que hay de los
brutos a las criaturas racionales, otra tanta distancia ha de haber
entre el pastor y las ovejas, por no decir, que ha de ser aun mayor,
pues el peligro es de cosas mucho mayores. Porque aquél que perdió
las ovejas, o porque las cogieron los lobos, o asaltaron los
ladrones, o las sorprendió la peste, o alguna otra desgracia de
estas, podrá tal vez esperar algún disimulo del dueño del ganado; y
cuando éste quiera pedirle satisfacción, el daño se recompensa con
dinero. Pero aquél a quien están confiados los hombres, que son el
rebaño racional de Cristo, padece en primer lugar el daño, no en el
dinero, sino en su misma alma por la pérdida de las ovejas.
Le queda demás de esto una contienda mayor y más difícil: no son
lobos a los que ha de hacer frente, ni tiene que recelarse de
ladrones, ni que procurar apartar el contagio del rebaño. ¿Pues con
quién tiene esta guerra? ¿Con quién debe pelear? Oye al
bienaventurado Pablo, que dice:
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"Nosotros no tenemos guerra
con la sangre, y con la carne, sino con los principados, y con las
potestades; con los mundanos rectores de las tinieblas de este siglo,
contra las espirituales malicias en las partes celestiales".
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¿No has
visto la terrible muchedumbre de enemigos, los atroces escuadrones, no
armados de hierro, sino que en lugar de toda la armadura, tienen
bastante con su propia naturaleza? ¿Quieres ver aún otro ejército
cruel y fiero que pone asechanzas a este rebaño? Este lo verás desde
la misma atalaya. El mismo que habló de aquellas cosas nos muestra
estos mismos enemigos, hablando de esta suerte:
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"Son
manifiestas las obras de la carne, las cuales son: la fornicación,
el adulterio, la impureza, la deshonestidad, la idolatría, los
maleficios, las enemistades, las riñas, los celos, las iras, las
contiendas, las detracciones, los chismes, las hinchazones de
ánimo, las sediciones, y otras muchas cosas".
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No las redujo todas
a número, sino que dejó que de estas se comprendiesen las demás.
Y por lo que toca al pastor de los irracionales, los que quieren
destruir el rebaño, si ven que huye el que lo cuida, no se detienen a
combatir con él, sino que se contentan con llevarse el ganado; pero
en nuestro caso, aun después de haber cogido todo el ganado, no dejan
al que lo apacienta, sino que lo acometen con mayor furia y toman mayor
ardor, no desistiendo de su empresa, hasta haberle derribado o quedar
ellos vencidos. Se junta a todo esto que las enfermedades de las
bestias se conocen fácilmente: ya sea hambre, ya peste, ya herida,
o cualquiera otra cosa que las infeste; lo que no sirve de poco alivio
para librarlas de los males que las molestan. Y aun se encuentra otra
mayor ventaja que esta, la que hace que se apresure la curación del
mal. ¿Y cuál es? Que los pastores, con gran potestad, obligan a
las ovejas a recibir la curación, cuando de buena voluntad no la
admiten: pues sin dificultad las atan cuando conviene aplicar el
fuego, o el hierro; y las tienen cerradas mucho tiempo, y las
conducen de un pasto a otro y alejan de las aguas, cuando todo esto les
es conducente. Del mismo modo sin el menor trabajo aplican todas las
otras cosas, que creen pueden conducir para su curación.
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