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Pero por lo que respecta a las enfermedades de los hombres, no es
fácil al principio que un hombre las conozca:
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"Porque ninguno conoce las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que
está dentro de él".
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¿Cómo, pues, podrá uno aplicar el remedio
a una enfermedad, cuya condición no conoce, y que muchas veces, ni
aun puede saber si está enfermo aquél a quien lo aplica? Aun cuando
el mal se manifiesta, no es por eso menor la dificultad. Porque no se
pueden curar todos los hombres con la misma facilidad con que cura el
Pastor las ovejas. Se puede muy bien atar aquí, apartar del pasto,
usar del hierro y del cauterio; pero la libertad de recibir la
curación está no en quien aplica la medicina, sino en el enfermo.
Conociendo esto aquel varón admirable, decía a los de
Corinto:
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"Nosotros no dominamos vuestra fe, sino que somos
cooperadores de vuestro gozo".
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Principalmente a los cristianos, es a quienes entre todos es menos
permitido el corregir con la fuerza las caídas de los pecadores. Los
jueces externos, cuando cogen a los delincuentes que han faltado
contra las leyes, ejercitan su gran poder, y por fuerza los obligan a
mudar de costumbres. Pero en nuestro caso, las persuasiones, y no la
fuerza son las que han de mejorar a este hombre. Porque ni las leyes
nos han dado facultad tan grande para reprimir a los delincuentes; y
aunque nos la hubieran dado, no tendríamos ocasión en que emplear
esta autoridad; porque Dios corona a aquéllos que se abstienen del
pecado por elección, y no por necesidad.
De aquí es que se necesita una gran habilidad para que los que están
enfermos puedan ser persuadidos a que voluntariamente se sujeten a la
curación de los sacerdotes; y no solamente esto, sino que conozcan la
gracia que reciben en curarlos. Y si alguno, estando atado, él
mismo se golpea, (pues está en su mano el hacerlo) hará el mal más
incurable; y si no hiciere caso de las palabras que cortan a semejanza
de cuchillo, con este desprecio añadirá otra herida, y la ocasión
de la cura vendrá a ser materia de enfermedad más difícil; pues no
hay alguno que le obligue, ni que pueda contra su voluntad curarle.
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