CAPÍTULO III

Pero por lo que respecta a las enfermedades de los hombres, no es fácil al principio que un hombre las conozca:

"Porque ninguno conoce las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está dentro de él".

I Cor 2, 11

¿Cómo, pues, podrá uno aplicar el remedio a una enfermedad, cuya condición no conoce, y que muchas veces, ni aun puede saber si está enfermo aquél a quien lo aplica? Aun cuando el mal se manifiesta, no es por eso menor la dificultad. Porque no se pueden curar todos los hombres con la misma facilidad con que cura el Pastor las ovejas. Se puede muy bien atar aquí, apartar del pasto, usar del hierro y del cauterio; pero la libertad de recibir la curación está no en quien aplica la medicina, sino en el enfermo. Conociendo esto aquel varón admirable, decía a los de Corinto:

"Nosotros no dominamos vuestra fe, sino que somos cooperadores de vuestro gozo".

II Cor 1, 23

Principalmente a los cristianos, es a quienes entre todos es menos permitido el corregir con la fuerza las caídas de los pecadores. Los jueces externos, cuando cogen a los delincuentes que han faltado contra las leyes, ejercitan su gran poder, y por fuerza los obligan a mudar de costumbres. Pero en nuestro caso, las persuasiones, y no la fuerza son las que han de mejorar a este hombre. Porque ni las leyes nos han dado facultad tan grande para reprimir a los delincuentes; y aunque nos la hubieran dado, no tendríamos ocasión en que emplear esta autoridad; porque Dios corona a aquéllos que se abstienen del pecado por elección, y no por necesidad.

De aquí es que se necesita una gran habilidad para que los que están enfermos puedan ser persuadidos a que voluntariamente se sujeten a la curación de los sacerdotes; y no solamente esto, sino que conozcan la gracia que reciben en curarlos. Y si alguno, estando atado, él mismo se golpea, (pues está en su mano el hacerlo) hará el mal más incurable; y si no hiciere caso de las palabras que cortan a semejanza de cuchillo, con este desprecio añadirá otra herida, y la ocasión de la cura vendrá a ser materia de enfermedad más difícil; pues no hay alguno que le obligue, ni que pueda contra su voluntad curarle.




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