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¿Qué es, pues, lo que aquí se puede hacer? Si te portas con
demasiada blandura con aquél que necesita de mucho rigor, y no dieres
el corte profundo a quien tiene necesidad de esto, cortarás una parte
de la herida, y dejarás otra: y si dieres sin misericordia un corte
justo, sucederá muchas veces, que exasperado aquél de dolor,
arrojándolo todo desconsideradamente, la medicina y la ligadura, se
precipitará a sí mismo, haciendo pedazos el yugo y rompiendo las
ataduras.
Pudiera contarte aquí muchos$que llegaron a los últimos males por
haberles aplicado las penas que merecían sus delitos; porque no se
debe aplicar sin consejo el castigo a proporción de las culpas, sino
que es necesario explorar primero el ánimo de los que pecan, no sea
que queriendo reparar lo que está roto, lo hagas más irreparable, y
queriendo levantar lo caído des ocasión a otra mayor caída.
Los que son débiles, y relajados, y que por la mayor parte se hallan
entregados a los placeres del mundo, y que pueden blasonar no poco por
su nobleza y poder, reduciéndolos blandamente, y poco a poco, a que
reconozcan sus pecados, podrán, ya que no en todo, a lo menos en
parte, librarse de los males que los aprisionan; pero si alguno sin
medida aplicare la corrección, los privará aun de aquella menor
enmienda.
El ánimo, pues, cuando una vez ha sido obligado a pasar los límites
de la vergüenza, cae en la indolencia, y después no cede a razones
suaves, ni se dobla por amenazas, o mueve con los beneficios, sino
que viene a hacerse peor que aquella ciudad, a quien reprobando el
profeta, decía:
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"Te has hecho semejante a una ramera; has
perdido con todos la vergüenza".
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De aquí es, que el pastor necesita de mucha prudencia y de mil ojos
para considerar por todas partes el estado de un alma; porque así como
muchos se inquietan hasta el extremo de una locura, y caen en una
desesperación de su salud, por no poder sufrir los remedios ásperos;
así también hay otros que, por no haber pagado el castigo
correspondiente a sus delitos, se entregan al desprecio y descuido, y
se hacen mucho peores, y son como llevados por la mano a cometer
mayores excesos. Conviene, pues, no dejar cosa alguna de estas sin
examen. Después de haberlas considerado todas con la mayor
atención, ha de aplicar todo cuanto esté de su parte el Sacerdote,
para que su cuidado no le salga inútil. Y no solamente para esto,
sino para reunir los miembros que están separados de la Iglesia,
conocerá cualquiera que tiene mucho que hacer; porque un pastor de
ovejas tiene su rebaño, que le sigue por cualquier parte que lo
guíe: y si algunas se extraviaren del camino recto, y dejados los
pastos buenos, se apacientan en lugares estériles y escabrosos, le
basta gritar con fuerza para reducir de nuevo, y hacer volver al
rebaño la que se había separado. Pero si un hombre se apartare de la
verdadera creencia necesita el pastor de mucha industria, constancia y
paciencia; porque no podemos traerle por fuerza, ni obligarle con el
temor, sino que es necesario con persuasiones hacer que vuelva a la
verdad, de donde desde el principio se había extraviado. Se
requiere, por tanto, un ánimo generoso para no desfallecer, ni
desesperar de la salud de los que andan perdidos; de suerte, que
continuamente vayan rumiando y diciendo aquéllo:
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"Mira no sea
que Dios les de arrepentimiento, para que conozcan la verdad, y
queden libres de los lazos del demonio".
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Por esto mismo, hablando el
Señor con sus discípulos, les dijo:
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"¿Quién es el siervo
fiel, y prudente?"
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Porque aquél que atiende a perfeccionarse a sí mismo, reduce
solamente a sí toda la utilidad; pero el provecho del ministerio
pastoral se extiende a todo el pueblo. Y aquél que distribuye el
dinero a los necesitados, y que por otra parte defiende a los que
padecen injustamente, en la realidad no deja de aprovechar a sus
prójimos, pero tanto menos que un sacerdote, cuanta es la distancia
que hay entre el cuerpo y el alma. Justamente dijo el Señor, que el
cuidado de su rebaño es una señal de amor hacia él.
¿Pues qué, tú no amas a Cristo? dijo Basilio.
Juan: Yo le amo, y nunca dejaré de amarlo; pero temo enojar al
mismo que amo.
Basilio: ¿Y qué enigma más oscuro que éste? porque si Cristo ha
ordenado que apaciente sus ovejas aquél que le ama, ¿cómo dices que
tú no las apacientas, porque amas al mismo que manda esto?
Juan: No es enigma, respondí, este modo de hablar, sino muy
claro, y sencillo. Porque si yo, hallándome con las fuerzas
suficientes que Cristo pide para administrar este cargo, con todo lo
rehusase, podías, en tal caso, dudar de lo que digo; pero
haciéndome inútil para tal ministerio la debilidad de mi ánimo,
¿qué duda puede quedar de mis palabras? Temo, pues, no suceda,
que recibiendo el rebaño de Cristo, grueso, y bien alimentado, por
mi falta de experiencia lo eche a perder, irritando contra mí a un
Dios, que lo ama con tanto extremo, que se dio a sí mismo por precio
de su salud, y redención.
Basilio: ¿Te burlas cuando dices esto? porque si hablas de veras,
yo no sé verdaderamente con qué otras razones podrías probar mejor
ser justo mi sentimiento que con las que has procurado apartar de mí
esta tristeza; porque yo, aunque desde el principio he visto muy bien
que he sido engañado, y vendido por ti; pero ahora que has querido
dar satisfacción a mis cargos, conozco y entiendo mucho más
claramente en qué abismo de males me has metido; porque si tú has
huido de este ministerio por el conocimiento que tenías de que tu
ánimo no podría sufrir el peso de este cargo, debías haberme librado
de él a mi el primero; y esto, aun en el caso de haber yo manifestado
mucho deseo de alcanzarlo, y no en el de haber puesto en tus manos
todas mis deliberaciones. Pero ahora veo, que atendiendo solo a tu
comodidad, has olvidado enteramente la mía. ¡Y ojalá fuera sólo
haberla olvidado; así me daría por contento! Pero me has puesto
asechanzas, para que con mayor facilidad me pudiesen coger los que
quisieran hacerlo.
Ni tienes que recurrir a la disculpa de haber sido engañado del
concepto de muchos, por el cual quedaste persuadido de algunas grandes
y admirables prerrogativas que en mí hayan hallado; porque yo no puedo
entrar en el número de los que pueden ser admirados o llamarse
ilustres; y aunque todo esto fuera así, debía prevalecer en tu
estimación la verdad a la opinión del vulgo. Si yo nunca te hubiera
dado pruebas de lo mismo, por mi trato, podía quedarte algún
pretexto razonable para haber sentenciado, siguiendo la opinión del
vulgo; pero si ninguno ha sabido tan bien todas mis cosas, antes bien
tenías conocido mi ánimo, mejor aun que los mismos que me
engendraron, y criaron, ¿qué razón probable podrás dar, con que
puedas persuadir a los que te oigan, que tú involuntariamente me has
puesto en este peligro? Pero dejemos a un lado todo esto, porque yo
no intento obligarte a responder sobre ello. Dime solamente, ¿qué
excusa hemos de dar a los que nos culpan?
Yo no pasaré antes, le respondí, a hablar de estas cosas, sin que
primero dé satisfacción a las que pertenecen a ti, aunque tú mil
veces quieras librarme de responder a tus cargos.
Tú dices, que por la ignorancia podía tener algún perdón, y aun
quedar libre de todo cargo, si ignorante de tus cosas, te hubiera
reducido a estos términos; pero que por haberte entregado, no
ignorante, sino bien informado de todas ellas, no me queda algún
pretexto razonable con qué defenderme justamente. Pues yo digo todo
lo contrario. ¿Y por qué? porque semejantes cosas necesitan de
mucha consideración; y aquél, que debe dar un sujeto idóneo para el
sacerdocio, no ha de atender sólo a la fama, y opinión del pueblo,
sino que juntamente con ella, se debe, sobre todo, informar del modo
de portarse de aquel sujeto.
Diciendo el bienaventurado San Pablo:
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"Conviene que tenga
también un buen testimonio de aquéllos que son de fuera",
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no quita
el diligente, y cuidadoso examen, ni lo pone como principal indicio de
semejante pesquisa; porque habiendo apuntado antes otras muchas
circunstancias, añade por último ésta, manifestando que no le debe
bastar ésta sola para tales elecciones, sino que necesita acompañarla
con las otras; porque sucede, no pocas veces, ser falsa la opinión
del vulgo. Pero cuando han precedido unas pruebas diligentes, no
queda que temer para lo sucesivo algún peligro por aquélla. De aquí
es, que después de otras muchas calidades, añade el testimonio de
los extraños; porque no dijo simplemente, conviene que tenga un buen
testimonio, sino que insertó la voz, también, queriendo
significar, que antes de la opinión de los extraños, se debe hacer
una inquisición diligente de su persona. Justamente, pues, por
esto; esto es, por saber yo todas tus cosas, mejor aun que los mismos
que te engendraron, como tú mismo has confesado, sería justo que yo
quedase libre de toda culpa.
Basilio: Justamente por esto, dijo Basilio, no podrás ser
absuelto si alguno quisiere acusarte. ¿No te acuerdas, y no me has
oído decir frecuentemente, y por las mismas obras has podido conocer
cuán poca es la fortaleza que se halla en mi alma? ¿No me has
burlado continuamente como a hombre de poco espíritu, porque yo,
fácilmente, al menor contratiempo perdía el ánimo? Juan. Bien me
acuerdo, respondí yo, haberte oído muchas veces semejantes
discursos, ni yo lo negaría: pero si alguna vez me he burlado de ti,
ha sido por chanza, y no seriamente.
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