|
Juan. Con que me volveré, dije, a los argumentos, y cumpliré
ahora lo que te tengo amenazado, manifestando, que tú más das a la
modestia, que a la verdad. Contaré un caso que sucedió poco hace
tiempo, para que ninguno tenga que sospechar que trayendo aquí cuentos
viejos, intento, por el mucho tiempo que ha pasado, oscurecer la
verdad; no permitiendo ésta, que yo añada alguna cosa aun a lo que
dijese sólo por gusto.
Cuando uno de nuestros confidentes fue, por calumnia, acusado de
ultraje y de soberbia, se vio en el último peligro; tú entonces,
sin que ninguno te llamase a la causa, y sin que te lo rogase el mismo
que había de peligrar, tú mismo te arrojaste en medio de los
peligros. El hecho fue de esta suerte.
Y para convencerte con tus mismas palabras, haré también aquí
memoria de lo que tú dijiste. Porque no faltando unos que
desaprobaban aquel ardor tuyo, y otros, que por el contrario lo
alabasen, y admirasen: «¿Qué otra cosa, pues, debo yo hacer?»
Dijiste a los que reprendían tu conducta; yo no sé amar de otra
suerte, sino es ofreciendo mi vida, cuando fuere necesario, para
salvar alguno de mis amigos. Repetiste, aunque con diferentes
palabras, pero en el mismo sentido, lo que Cristo dijo a sus
discípulos, queriendo señalar los términos de un perfecto
amor:
|
"Ninguno tiene, dijo, mayor caridad que ésta; que
es poner su propia vida por sus amigos".
|
|
Pues si no se puede
encontrar mayor que ésta, llegaste ya al término de ella, y por lo
que ejecutaste, y dijiste, has llegado ya a la cumbre. Este es el
motivo que he tenido para haberte vendido, y por esto he urdido aquel
engaño. ¿Quedas ahora persuadido, que ni por mala voluntad, ni por
querer ponerte en peligro, sino por saber que serías muy útil, te
hemos traído a este estadio?
Basilio: ¿Y piensas tú, dijo, que pueda ser bastante la fuerza
del amor para la corrección de lo prójimos?
Juan: Sin duda, respondí, que puede éste contribuir en mucha
parte para esto; y si quieres que yo produzca aquí también pruebas de
tu prudencia, pasemos a hablar de ésta, y manifestemos, que eres aun
más prudente que amante.
Basilio se sonrojó al oír estas razones, y cubierto su rostro de
vergüenza dijo: déjense ahora a un lado nuestras cosas, porque yo ya
desde el principio no te he pedido cuenta de ellas. Si tienes alguna
causa razonable con qué poder responder a los de fuera, de ésta te
oiría hablar con mucho gusto. Por lo que omitido este inútil
contraste, dime qué defensa podré yo alegar a los otros, tanto a los
que nos han hecho este honor, como a los que se compadecen de ellos,
como ultrajados por nosotros?
|
|