LIBRO III


CAPÍTULO I

Para probar que no hemos rehusado este honor con ánimo de injuriar a los que nos han honrado, ni pretendiendo por esto hacerles algún ultraje, pudiéramos alegar lo que dejamos dicho. Pero que tampoco lo hemos rehusado, arrebatados de alguna especie de soberbia, procuraré ahora, en cuanto me sea posible, hacerlo también patente; porque si se dejara a mi elección el aceptar un gobierno militar, o un reino, y yo abrazara este sentimiento, con razón podría alguno sospechar esto de mí; o en tal caso, ninguno me culparía de soberbia, sino que todos me tendrían por un loco.

Pero proponiéndoseme el sacerdocio, que es tanto más excelente que un reino, cuanta es la distancia que hay entre el espíritu, y la carne; ¿tendrá alguno el atrevimiento de acusarme de soberbia? ¿No es, pues, una cosa absurda, tratar, y acusar como a locos a los que desprecian cosas de poca monta, y a los que hacen esto con otras de mucho mayor consideración, absolviéndolos de locura, acusarlos de soberbia? Esto es lo mismo que tratar, no como a soberbio, sino como a hombre privado de sentido, a aquél que rehusara gobernar una torada, y que no quisiera ser vaquero; y que del que se negase a recibir el imperio de todo el mundo, y el mando de todos los ejércitos de la tierra, se asegurase, no que estaba loco, sino poseído de soberbia.

Pero no, no es esto así: los que hablan de este modo, se desacreditan más a sí mismos, que a nosotros; porque el pensar solamente que la naturaleza humana pueda despreciar tan gran dignidad, es un indicio suficiente de la opinión que tienen de ella, los que profirieron esto: porque si no la tuvieran por una cosa de poca consideración, y monta, de ningún modo les hubiera venido al pensamiento una sospecha semejante. ¿Cuál es, pues, la causa, de que ninguno jamás ha tenido el atrevimiento de formar semejante pensamiento sobre la naturaleza de los ángeles, y de decir, que hay un alma humana, que por soberbia no se dignaría de aspirar a la dignidad de aquella naturaleza? Son grandes las cosas que nos figuramos de aquellas potestades; y esto no nos permite creer, que pudiese el hombre pensar cosa mayor que aquel honor: por tanto, con más razón pudiera alguno acusar de soberbia a nuestros mismos acusadores; porque no podrían sospechar de los otros una cosa como ésta, si ellos primero no la despreciasen como de ningún valor.




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