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Ni tampoco podría acusar al sacerdocio de estos males: no sería yo
tan desatinado. Porque todos aquéllos que tienen juicio, no culpan
del homicidio al puñal, ni al vino de la embriaguez, ni a la fuerza
de la injuria, ni a la fortaleza de un atrevimiento inconsiderado,
sino a los que abusan de los dones que recibieron de Dios: a éstos
son a quienes castigan; porque el sacerdocio justamente nos acusará,
que no le tratamos con rectitud. No es este causa de los males que
dejamos dichos, sino nosotros, que en cuanto está de nuestra parte,
lo afeamos con tantas manchas, confiándolo a cualquier persona.
Estos, pues, sin entrar primero en el conocimiento de sus propias
almas, y sin atender a la gravedad del negocio, reciben alegremente lo
que se les da; pero cuando llegan a la práctica, deslumbrados de su
poca experiencia, envuelven en mil males a los pueblos que les han sido
confiados. Esto, pues, esto es lo que ha faltado poco para sucederme
a mí, si Dios prontamente no me hubiera preservado de tales
peligros, mirando por su Iglesia, y por mi alma. ¿De dónde,
dime, juzgas que nacen tan grandes inquietudes en las Iglesias? yo
creo que no proceden de otra parte, sino de hacerse sin consejo, y sin
reparo las elecciones de los prelados; porque es necesario que sea muy
robusta la cabeza, para que pueda regir, y poner en orden los malos
vapores que suben de la parte inferior de lo restante del cuerpo; pero
sí por sí misma es débil, y enferma, y que no puede desechar
aquellos insultos de que se engendran las enfermedades, se debilita de
día en día más y más, y juntamente consigo pierde lo restante del
cuerpo: para que no sucediese esto al presente, me ha conservado Dios
en el orden de los pies, que por suerte me tocó desde el principio.
Otras muchas cosas hay, ¡oh Basilio! otras muchas cosas hay además
de las dichas, que deben hallarse en el sacerdote, y que nosotros no
tenemos; y la primera de todas es, que ha de tener el alma enteramente
pura del deseo de este grado; porque si se inclina con un afecto
desordenado a semejante dignidad, después de haberla conseguido,
enciende una llama mucho más vehemente; y dejándose llevar por la
fuerza, a trueque de hacérsela estable, se ve obligado a incurrir en
infinitos males, ya siguiendo la adulación, ya sufriendo cosas
indignas y serviles, ya derramando y consumiendo mucho dinero. Y
porque no parezca tal vez a algunos que cuento cosas increíbles, paso
ahora en silencio, que muchos peleando por esta dignidad, han cubierto
de cadáveres las Iglesias y han dejado desiertas las ciudades.
Debía, pues, según yo pienso, mirarse con tanta religión este
ministerio que debía rehusarse al principio como carga; y después de
hallarse en ella, no esperar los juicios de los otros, si acaeciese
incurrir en algún delito que mereciese la deposición, sino
previniéndolo, eximirse por sí mismo de esta dignidad; porque así
es probable, que se inclinaría Dios a misericordia. Pero el retener
con obstinación esta dignidad contra lo conveniente, es privarse de
todo perdón, es irritar más la ira de Dios, añadiendo al primer
pecado otro mayor; pero no, no habrá alguno tan obstinado. Porque
mala cosa es sin duda, mala, el apetecer esta dignidad. Ni yo me
opongo, diciendo esto, a lo que escribe San Pablo; antes entiendo,
que voy enteramente conforme con sus palabras. ¿Qué es, pues, lo
que dice?
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"Si alguno desea el obispado, desea una
buena obra".
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No digo que es malo el desear la obra, sino el apetecer
la autoridad, la dominación.
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