|
Este es aquel deseo, que juzgo yo se debe desterrar del ánimo con el
mayor cuidado, procurando no dar lugar desde el principio, a que quede
ocupado de este deseo, para poder obrar con libertad en todas las
cosas. Aquél que no se deja arrastrar de alguna ambición de
manifestarse brillante con esta potestad, tampoco teme el dejarla; y
no temiendo, puede obrar en todo con aquella libertad que conviene a
los cristianos. Pero los que están recelosos, y temen el ser
removidos, sufren una esclavitud amarga, y llena de muchos males, y
se ven obligados frecuentemente a ofender a Dios, y a los hombres.
Conviene, pues, que no tengamos un ánimo dispuesto de esta suerte;
sino que así como en las guerras vemos combatir con denuedo, y morir
con fortaleza a los soldados valerosos, del mismo modo los que entran
en este ministerio, deben estar dispuestos a ejercer los empleos del
sacerdocio y a dejar la dignidad como corresponde a hombres cristianos,
y que saben que semejante dejación no trae consigo menor corona que el
mismo ministerio; porque cuando uno sufre y padece un caso semejante,
por no incurrir en una cosa indecente e indigna de aquella dignidad,
atrae mayor castigo a los que injustamente le han depuesto, y para sí
consigue un premio más colmado. Dice la
Escritura:
|
"Vosotros sois bienaventurados, cuando os
ultrajaren, persiguieren y dijeren todo mal contra vosotros, mintiendo
por ocasión mía, alegraos, y regocijaos, porque vuestro premio es
grande en los cielos".
|
|
Y esto cuando sea depuesto por los de su mismo
orden, o por envidia, o por congraciarse con otros, o por odio, o
por otro motivo poco justo; pero cuando sucede sufrir esto de los
contrarios, creo que no se necesitan palabras para demostrar la
utilidad que les ocasionan con su malicia. Lo que conviene, pues,
observar por todas partes con la mayor atención es que no quede
escondida alguna centella de este deseo. No será toco de estimar que
los que desde el principio tienen pura el alma de esta pasión, puedan
librarse de ella cuando lleguen a este grado. Pero si alguno, aun
antes de conseguirle, alimenta dentro de sí esta cruel y terrible
fiera, no te podré explicar en qué incendio tan grande se arroja
después de haberlo conseguido. Nosotros, pues, (ni creas que por
modestia quiero en modo alguno disimularte la verdad) tenemos el alma
muy poseída de este deseo; y este es el motivo, que no nos ha
espantado menos que todos los otros, y que nos ha dado ocasión para
esta fuga. Porque así como los que aman los cuerpos mientras pueden
estar cerca de las personas amadas, sufren su pasión con mayor
impaciencia; pero cuando les sucede estar apartados, cuanto les es
posible, de los objetos de su cariño, destierran al mismo tiempo
aquella manía; del mismo modo los que apetecen este grado, cuando se
acercan a él se les hace un mal insoportable; pero cuando han depuesto
la esperanza, juntamente con ella han apartado de sí el deseo.
Esta, pues, es una causa no despreciable, la que aunque fuera sola,
bastaría por sí misma para tenernos lejos de esta dignidad.
|
|