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Pero se añade otra, que no es menor. ¿Cuál es ésta? Es
necesario que el sacerdote sea vigilante, perspicaz, y que por
todas partes tenga innumerables ojos, como aquél que no vive para sí
solo, sino también para tan gran muchedumbre. Ahora bien, tú mismo
confesarás que yo soy perezoso, omiso, y que apenas basto para
procurar mi salud; aunque por el amor que me tienes procuras, más que
todos, ocultar mis defectos. No me tienes que alegar aquí el ayuno,
las vigilias, el dormir sobre la tierra desnuda, ni otras austeridades
y maceraciones del cuerpo porque sabes muy bien cuán lejos estoy yo de
todas estas virtudes; y aunque con diligencia las practicara, ni aun
así por esta lentitud me podrían aprovechar cosa alguna para este
ministerio. No hay duda que podrían ser muy útiles a un hombre, que
metido en su aposento, atendiese y cuidase solamente de sus cosas;
pero respecto de aquél que está dividido para atender a tan gran
muchedumbre, y que tiene sus particulares cuidados sobre cada uno de
sus súbditos, ¿qué utilidad de alguna consideración pueden traer
para el provecho de estos, si no tiene un ánimo muy fuerte y varonil?
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