CAPÍTULO XII

Pero se añade otra, que no es menor. ¿Cuál es ésta? Es necesario que el sacerdote sea vigilante, perspicaz, y que por todas partes tenga innumerables ojos, como aquél que no vive para sí solo, sino también para tan gran muchedumbre. Ahora bien, tú mismo confesarás que yo soy perezoso, omiso, y que apenas basto para procurar mi salud; aunque por el amor que me tienes procuras, más que todos, ocultar mis defectos. No me tienes que alegar aquí el ayuno, las vigilias, el dormir sobre la tierra desnuda, ni otras austeridades y maceraciones del cuerpo porque sabes muy bien cuán lejos estoy yo de todas estas virtudes; y aunque con diligencia las practicara, ni aun así por esta lentitud me podrían aprovechar cosa alguna para este ministerio. No hay duda que podrían ser muy útiles a un hombre, que metido en su aposento, atendiese y cuidase solamente de sus cosas; pero respecto de aquél que está dividido para atender a tan gran muchedumbre, y que tiene sus particulares cuidados sobre cada uno de sus súbditos, ¿qué utilidad de alguna consideración pueden traer para el provecho de estos, si no tiene un ánimo muy fuerte y varonil?




[ Capítulo Anterior ]
[ Retorna al Indice ]
[ Capítulo Seguiente ]