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Y no te admires si juntamente con tan gran tolerancia, pido en el alma
otra prueba de valor. Vemos, a la verdad, que muchos, sin
dificultad desprecian los manjares, las bebidas, la cama blanda, y
particularmente, aquéllos que tienen una naturaleza un poco agreste y
que se han criado así desde sus primeros años; y a otros muchos
también, a quienes por la disposición del cuerpo y por la costumbre
es fácil y llevadera la aspereza que se encuentra en estos trabajos.
Pero el sufrir una injuria, un daño, una palabra molesta, los
dicterios de los inferiores, vengan, o no vengan al caso, las quejas
vanas e inconsideradas, tanto de los superiores como de los súbditos,
no es de muchos sino de uno u otro. Y verás, que aquéllos que se
manifiestan fuertes en aquellas cosas padecen en éstas tales vahidos
que se enfurecen mucho más aun que las bestias más feroces. A este
género de sujetos, los tendremos principalmente apartados del
sacerdocio.
Porque de que un obispo no sea inclinado a la abstinencia de las
viandas, ni a caminar descalzo, no por esto dañará al común de la
Iglesia; pero una ira desordenada, ocasiona grandes males al que es
poseído de ella, y a los prójimos. Contra los que no ejercitan
aquellas cosas, no hay amenaza alguna de parte de Dios; pero a los
que inconsideradamente se dejan llevar de la ira, se les amenaza con el
infierno, y con el fuego del infierno.
Así el que ama la vanagloria cuando llega a tener la dominación de
muchos suministra al fuego mayor materia; y del mismo modo, el que ni
consigo mismo, ni en una conversación de pocos puede dominar la ira,
fácilmente se deja transportar por ella; y si llega el caso de que se
le fía el gobierno de todo un pueblo, como una bestia fiera acosada
por todas partes de innumerables personas, no podrá jamás vivir en
quietud y ocasionará males infinitos a los que están confiados a su
fe.
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