CAPÍTULO XIV

Ninguna cosa, pues, impide tanto la pureza del ánimo, ni embota la perspicacia del entendimiento como una ira desordenada y que se transporta con gran ímpetu. Porque ésta, dice la Escritura, pierde a los prudentes.

Del mismo modo que en una batalla dada de parte de noche, ofuscada la vista del alma, no sabe distinguir los amigos de los enemigos, ni a los que tienen honor de los que no lo tienen, sino que los trata a todos sin diferencia alguna; y aunque deba recibir algún mal, todo lo sufre fácilmente por saciar el placer del ánimo. Es el ardor de la ira un cierto placer que tiraniza al alma con más rigor que el mismo deleite, turbando enteramente toda la tranquilidad de su constitución; porque con facilidad la levanta a la soberbia y la excita a enemistades fuera de propósito y a un odio inconsiderado; y con frecuencia la dispone a hacer ofensas temerariamente, y sin juicio, y la obliga a ejecutar, y decir otras cosas semejantes; siendo, entretanto, el alma arrastrada de la furia de la pasión, sin tener donde, apoyando su fuerza, pueda resistir a un ímpetu tan fuerte.

Basilio: No puedo sufrirte ya más tiempo que hables con tal disimulo. ¿Quién es, pues, dime, el que ignora, cuán ajeno estás de semejante enfermedad?

¿Qué quieres, respondí yo, ¡oh feliz varón! ponerme cerca de la llama, e irritar una fiera que se está quieta? ¿Ignoras, acaso, que no me ha sucedido esto por virtud propia, sino por el amor que tengo a la quietud, y a la soledad? El que se siente tocado de este achaque podrá librarse de aquel incendio, permaneciendo en soledad y frecuentando el trato de uno u otro amigo solamente; pero no si se mete en un abismo de tantos cuidados. En este caso, no sólo arrastra a sí mismo al precipicio de la perdición, sino a otros muchos también en su compañía y los hace que atiendan menos a cultivar la mansedumbre.

Sucede, pues, naturalmente, que el vulgo de los que deben obedecer, se miren frecuentemente como en un ejemplar original en las costumbres de los que los gobiernan, procurando asemejarse a ellos. ¿Cómo podrá uno que padece tumores, hacer cesar las inflamaciones en los súbditos? ¿y cuál será en un pueblo, el que deseará moderar prontamente los ímpetus de la ira, viendo al superior iracundo? Porque no es posible, no, que estén ocultos los defectos de los sacerdotes; antes bien, aun los más pequeños, se hacen públicos prontamente. El atleta puede a la verdad ocultarse, aunque sea muy débil, mientras se está quieto en casa sin entrar en lucha con alguno; pero cuando despojándose desciende al combate, fácilmente se descubre lo que es. Igualmente, pues, aquellos hombres que pasan una vida privada y libre de negocios, tienen en la soledad un velo que cubre sus defectos; pero si se presentan en público, se ven obligados a despojarse de la soledad que les servía como vestido y a manifestar a todos desnudas sus almas, por los movimientos externos.

Así como sus buenas acciones son a muchos de gran utilidad, convidándolos a una igual imitación, así también sus delitos los hacen más perezosos en la práctica de la virtud y los disponen a que se entorpezcan en las fatigas de las buenas obras. De todo lo cual resulta ser necesario que por todas partes brille la hermosura de su alma para que pueda alegrar e iluminar las de aquéllos que los miran. Porque los pecados de la gente ínfima, hechos como a lo oscuro, sirven de ruina solamente a los que los cometen; pero el de un hombre de consideración, y conocido de muchos, trae un daño común a todos, haciendo que los que han caído, sean más remisos en los sudores de las cosas buenas, y excitan a soberbia a los que quieren atender a sí mismos.

Fuera de esto, las caídas de la gente ínfima, aunque lleguen a publicarse, a ninguno ocasionan una herida tan profunda; pero los que se hallan puestos en lo alto de este grado, están, en primer lugar, patentes a todos, y después, aunque sean muy tenues las cosas en que falten, se descubren estas muy grandes a los otros; porque no miden el pecado por la grandeza del hecho, sino por la dignidad de aquél que lo ha cometido. Se necesita, pues, que el sacerdote esté pertrechado de un gran cuidado y de una perpetua vigilancia sobre su vida, como de unas armas de diamante, y que vele con la mayor atención, para que no haya alguno, que encontrando algún lado descubierto y abandonado le de una herida mortal. Porque todos le cercan dispuestos a herirle y derribarle; y no sólo toda suerte de enemigos, sino muchos también de aquéllos que se le venden por amigos.

Es por tanto necesario que sean elegidas tales almas, como en otro tiempo manifestó la gracia de Dios fueron los cuerpos de aquellos santos en el horno de Babilonia. No es el sarmiento, ni la pez, o la estopa alimento de este fuego, sino otro mucho más nocivo. Porque no es lo que tienen debajo, aquel fuego sensible; sino que es la llama de la envidia, la que los cerca, y la que consumiéndolo todo, se levanta por todas partes y los asalta escudriñando su vida con más diligencia, que hizo entonces el fuego con los cuerpos de aquellos niños. Luego que encuentra una pequeña porción de estopa, inmediatamente se pega; y no sólo consume aquella parte débil y viciada, sino que abrasa y oscurece con aquel humo toda la restante estructura, aunque fuera más resplandeciente que los rayos del sol.

Siempre que la vida del sacerdote estuviere por todas partes bien compuesta, no podrá ser cogida por asechanzas; pero si tuviere el menor descuido, por pequeño que sea, (como es creíble que sucederá a un hombre que pasa este mar de la vida lleno de tantos extravíos) nada le aprovechan todas las otras buenas acciones para poder librarse de las lenguas de sus acusadores: por el contrario, aquella pequeña falta basta para oscurecer todo lo restante.

Todos quieren juzgar al sacerdote, no como a hombre vestido de carne, y a quien ha tocado una naturaleza de hombre, sino como a un ángel libre de toda otra enfermedad.

Así como todos temen y lisonjean a un tirano mientras se mantiene en el dominio, porque no pueden derribarle de aquel puesto pero cuando ven que sus intereses toman otro semblante contrario, dejada la máscara de aquel fingido honor, los que poco antes se manifestaban sus amigos, se le convierten de repente en contrarios y enemigos declarados, y registrando cuál es el lado que tiene más flaco, le embisten y privan del Imperio. Así con los sacerdotes, aquéllos que poco antes, y cuando se hallaba sobre el candelero, le honraban y respetaban; luego que encuentran un mínimo pretexto, se preparan fuertemente para derribarlo, no sólo como a tirano, sino como a una cosa peor aun que tirano. Y así como aquél teme principalmente a los que le hacen guardia a sus costados; así éste teme también, más que a todos, a los que le sirven en el ministerio; porque ningún otro desea tanto su dignidad, ni sabe sus cosas tan bien como estos: estando a su lado, si sucede alguna cosa de éstas, la saben antes que los otros, y pueden fácilmente ser creídos; aunque sea calumniándolos, y haciendo grandes las cosas de poco cuerpo, pueden cogerle sorprendido con este engaño. Así se verifica en sentido contrario el dicho del Apóstol:

"Si padece algún miembro, se alegran todos los miembros; y si es honrado un miembro, padecen todos los miembros";

I Cor 12, 26

a no ser que alguno de señalada piedad pueda mantenerse fuerte contra todas estas cosas.

¿Y es posible que nos envíes a una guerra tan grande? ¿Has juzgado, acaso que mi ánimo bastará para mantener una batalla tan varia y de tan diferentes especies? ¿De dónde y de quién lo supiste? Porque si Dios te lo ha revelado, muéstrame el oráculo y obedezco; y si no puedes mostrármelo, sino que das tu voto siguiendo el concepto de los hombres, aparta tu ánimo de semejante error; porque por lo que toca a nuestras cosas, es justo que sigamos antes nuestro juicio que el de los otros:

"Pues ninguno conoce las cosas de un hombre, sino el espíritu que está dentro de él".

I Cor 2, 11

Que nosotros nos hubiéramos hecho ridículos a nosotros mismos, y a los que nos hubieran elegido, en el caso de haber aceptado esta dignidad, y que con gran daño hubiéramos tenido que volvernos a este estado de vida, en que al presente nos hallamos, ya que no antes, a lo menos al presente, creo que quedarás persuadido por estos discursos. Porque no solamente la envidia, sino otra cosa más terrible aun que la envidia, suele armar a muchos contra aquél que la tiene. Porque así como los hijos codiciosos de dinero no pueden sufrir la larga vejez de sus padres; así algunos de estos tales, cuando ven que el sacerdocio dura mucho tiempo, ya que el matarlo no porque esto sería una iniquidad, procuran derribarlo de aquel grado, deseando todos entrar en su lugar, y esperando cada uno, que recaerá en él el ministerio.




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