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Ninguna cosa, pues, impide tanto la pureza del ánimo, ni embota la
perspicacia del entendimiento como una ira desordenada y que se
transporta con gran ímpetu. Porque ésta, dice la Escritura,
pierde a los prudentes.
Del mismo modo que en una batalla dada de parte de noche, ofuscada la
vista del alma, no sabe distinguir los amigos de los enemigos, ni a
los que tienen honor de los que no lo tienen, sino que los trata a
todos sin diferencia alguna; y aunque deba recibir algún mal, todo lo
sufre fácilmente por saciar el placer del ánimo. Es el ardor de la
ira un cierto placer que tiraniza al alma con más rigor que el mismo
deleite, turbando enteramente toda la tranquilidad de su
constitución; porque con facilidad la levanta a la soberbia y la
excita a enemistades fuera de propósito y a un odio inconsiderado; y
con frecuencia la dispone a hacer ofensas temerariamente, y sin
juicio, y la obliga a ejecutar, y decir otras cosas semejantes;
siendo, entretanto, el alma arrastrada de la furia de la pasión, sin
tener donde, apoyando su fuerza, pueda resistir a un ímpetu tan
fuerte.
Basilio: No puedo sufrirte ya más tiempo que hables con tal
disimulo. ¿Quién es, pues, dime, el que ignora, cuán ajeno
estás de semejante enfermedad?
¿Qué quieres, respondí yo, ¡oh feliz varón! ponerme cerca de la
llama, e irritar una fiera que se está quieta? ¿Ignoras, acaso,
que no me ha sucedido esto por virtud propia, sino por el amor que
tengo a la quietud, y a la soledad? El que se siente tocado de este
achaque podrá librarse de aquel incendio, permaneciendo en soledad y
frecuentando el trato de uno u otro amigo solamente; pero no si se mete
en un abismo de tantos cuidados. En este caso, no sólo arrastra a
sí mismo al precipicio de la perdición, sino a otros muchos también
en su compañía y los hace que atiendan menos a cultivar la
mansedumbre.
Sucede, pues, naturalmente, que el vulgo de los que deben obedecer,
se miren frecuentemente como en un ejemplar original en las costumbres
de los que los gobiernan, procurando asemejarse a ellos. ¿Cómo
podrá uno que padece tumores, hacer cesar las inflamaciones en los
súbditos? ¿y cuál será en un pueblo, el que deseará moderar
prontamente los ímpetus de la ira, viendo al superior iracundo?
Porque no es posible, no, que estén ocultos los defectos de los
sacerdotes; antes bien, aun los más pequeños, se hacen públicos
prontamente. El atleta puede a la verdad ocultarse, aunque sea muy
débil, mientras se está quieto en casa sin entrar en lucha con
alguno; pero cuando despojándose desciende al combate, fácilmente se
descubre lo que es. Igualmente, pues, aquellos hombres que pasan una
vida privada y libre de negocios, tienen en la soledad un velo que
cubre sus defectos; pero si se presentan en público, se ven obligados
a despojarse de la soledad que les servía como vestido y a manifestar a
todos desnudas sus almas, por los movimientos externos.
Así como sus buenas acciones son a muchos de gran utilidad,
convidándolos a una igual imitación, así también sus delitos los
hacen más perezosos en la práctica de la virtud y los disponen a que
se entorpezcan en las fatigas de las buenas obras. De todo lo cual
resulta ser necesario que por todas partes brille la hermosura de su
alma para que pueda alegrar e iluminar las de aquéllos que los miran.
Porque los pecados de la gente ínfima, hechos como a lo oscuro,
sirven de ruina solamente a los que los cometen; pero el de un hombre
de consideración, y conocido de muchos, trae un daño común a
todos, haciendo que los que han caído, sean más remisos en los
sudores de las cosas buenas, y excitan a soberbia a los que quieren
atender a sí mismos.
Fuera de esto, las caídas de la gente ínfima, aunque lleguen a
publicarse, a ninguno ocasionan una herida tan profunda; pero los que
se hallan puestos en lo alto de este grado, están, en primer lugar,
patentes a todos, y después, aunque sean muy tenues las cosas en que
falten, se descubren estas muy grandes a los otros; porque no miden el
pecado por la grandeza del hecho, sino por la dignidad de aquél que lo
ha cometido. Se necesita, pues, que el sacerdote esté pertrechado
de un gran cuidado y de una perpetua vigilancia sobre su vida, como de
unas armas de diamante, y que vele con la mayor atención, para que no
haya alguno, que encontrando algún lado descubierto y abandonado le de
una herida mortal. Porque todos le cercan dispuestos a herirle y
derribarle; y no sólo toda suerte de enemigos, sino muchos también
de aquéllos que se le venden por amigos.
Es por tanto necesario que sean elegidas tales almas, como en otro
tiempo manifestó la gracia de Dios fueron los cuerpos de aquellos
santos en el horno de Babilonia. No es el sarmiento, ni la
pez, o la estopa alimento de este fuego, sino otro mucho más nocivo.
Porque no es lo que tienen debajo, aquel fuego sensible; sino que es
la llama de la envidia, la que los cerca, y la que consumiéndolo
todo, se levanta por todas partes y los asalta escudriñando su vida
con más diligencia, que hizo entonces el fuego con los cuerpos de
aquellos niños. Luego que encuentra una pequeña porción de estopa,
inmediatamente se pega; y no sólo consume aquella parte débil y
viciada, sino que abrasa y oscurece con aquel humo toda la restante
estructura, aunque fuera más resplandeciente que los rayos del sol.
Siempre que la vida del sacerdote estuviere por todas partes bien
compuesta, no podrá ser cogida por asechanzas; pero si tuviere el
menor descuido, por pequeño que sea, (como es creíble que sucederá
a un hombre que pasa este mar de la vida lleno de tantos extravíos)
nada le aprovechan todas las otras buenas acciones para poder librarse
de las lenguas de sus acusadores: por el contrario, aquella pequeña
falta basta para oscurecer todo lo restante.
Todos quieren juzgar al sacerdote, no como a hombre vestido de carne,
y a quien ha tocado una naturaleza de hombre, sino como a un ángel
libre de toda otra enfermedad.
Así como todos temen y lisonjean a un tirano mientras se mantiene en
el dominio, porque no pueden derribarle de aquel puesto pero cuando ven
que sus intereses toman otro semblante contrario, dejada la máscara de
aquel fingido honor, los que poco antes se manifestaban sus amigos, se
le convierten de repente en contrarios y enemigos declarados, y
registrando cuál es el lado que tiene más flaco, le embisten y privan
del Imperio. Así con los sacerdotes, aquéllos que poco antes, y
cuando se hallaba sobre el candelero, le honraban y respetaban; luego
que encuentran un mínimo pretexto, se preparan fuertemente para
derribarlo, no sólo como a tirano, sino como a una cosa peor aun que
tirano. Y así como aquél teme principalmente a los que le hacen
guardia a sus costados; así éste teme también, más que a todos, a
los que le sirven en el ministerio; porque ningún otro desea tanto su
dignidad, ni sabe sus cosas tan bien como estos: estando a su lado,
si sucede alguna cosa de éstas, la saben antes que los otros, y
pueden fácilmente ser creídos; aunque sea calumniándolos, y
haciendo grandes las cosas de poco cuerpo, pueden cogerle sorprendido
con este engaño. Así se verifica en sentido contrario el dicho del
Apóstol:
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"Si padece algún miembro, se alegran todos los
miembros; y si es honrado un miembro, padecen todos los miembros";
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a no ser que alguno de señalada piedad pueda mantenerse fuerte contra
todas estas cosas.
¿Y es posible que nos envíes a una guerra tan grande? ¿Has
juzgado, acaso que mi ánimo bastará para mantener una batalla tan
varia y de tan diferentes especies? ¿De dónde y de quién lo
supiste? Porque si Dios te lo ha revelado, muéstrame el oráculo y
obedezco; y si no puedes mostrármelo, sino que das tu voto siguiendo
el concepto de los hombres, aparta tu ánimo de semejante error;
porque por lo que toca a nuestras cosas, es justo que sigamos antes
nuestro juicio que el de los otros:
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"Pues ninguno conoce las
cosas de un hombre, sino el espíritu que está dentro de él".
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Que
nosotros nos hubiéramos hecho ridículos a nosotros mismos, y a los
que nos hubieran elegido, en el caso de haber aceptado esta dignidad,
y que con gran daño hubiéramos tenido que volvernos a este estado de
vida, en que al presente nos hallamos, ya que no antes, a lo menos al
presente, creo que quedarás persuadido por estos discursos. Porque
no solamente la envidia, sino otra cosa más terrible aun que la
envidia, suele armar a muchos contra aquél que la tiene. Porque así
como los hijos codiciosos de dinero no pueden sufrir la larga vejez de
sus padres; así algunos de estos tales, cuando ven que el sacerdocio
dura mucho tiempo, ya que el matarlo no porque esto sería una
iniquidad, procuran derribarlo de aquel grado, deseando todos entrar
en su lugar, y esperando cada uno, que recaerá en él el ministerio.
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