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¿Quieres que te muestre otro género de esta contienda llena de mil
peligros? Ve, pues, y atiende a las fiestas públicas en que se
acostumbran hacer las elecciones de los prelados de la Iglesia y verás
al sacerdote acosado de tantas acusaciones, cuanto es el número de
aquéllos a quienes preside. Todos los que tienen parte en la
colación de esta dignidad se dividen en esta ocasión en muchos
partidos, sin que alguno pueda ver aquel congreso de presbíteros, ni
concordes entre sí, ni con aquél que ha obtenido el obispado; sino
que cada uno forma su partido, queriendo uno a este y el otro al otro.
La causa de esto es el que no miran todos a una cosa, que es a la que
sólo debían mirar, esto es, a la virtud del ánimo; sino que se
mezclan otros motivos, por los que se confiere esta dignidad. Como
por ejemplo: uno dice, elíjase éste, porque es de ilustre
nacimiento; el otro, porque posee inmensas riquezas, y no tendrá
necesidad para mantenerse de las rentas de la Iglesia; otro, porque
del partido de los enemigos ha pasado al nuestro. Quién procura
adelantar su amigo a los otros, quien al pariente, quien al lisonjero
y ninguno quiere atender al que es idóneo, ni hacer la prueba de la
virtud del ánimo.
Ahora, estoy yo tan lejos de creer, que son estas causas suficientes
para la prueba de los sacerdotes, que ni aun si se encontrara alguno
adornado de una gran piedad, que sin duda no conduce poco para este
ministerio, ni aun a este me atrevería a elegir inconsideradamente por
solo este título, si no juntaba a la piedad una prudencia consumada.
Porque yo he conocido a muchos, que habiéndose macerado, y afligido
con ayunos, mientras han podido permanecer en la soledad y atender a
sus cosas solamente, merecieron la divina aceptación y añadieron cada
día a aquella filosofía una porción no pequeña; pero después que
entraron a gobernar un pueblo y se vieron obligados a corregir las
ignorancias del vulgo, los unos no pudieron, ni aun a los principios,
mantenerse en el ministerio, y los otros obligados a permanecer en
él, luego que abandonaron aquella primera diligencia y austeridad,
ocasionaron a sí mismos un gravísimo daño y a los otros no sirvieron
de algún provecho.
Pero ni aunque uno hubiera permanecido toda la vida en el ínfimo grado
de este ministerio, y hubiera llegado así a la última vejez, no
promoveríamos a éste inconsideradamente a un grado más alto por
respeto de sus años. ¿Pues qué, si pasada ya toda esta edad,
permanece aún menos apto? Ni yo digo esto, pretendiendo defraudar
las canas del honor que les es debido, ni tampoco establecer una ley
por la que enteramente sean removidos de este ministerio los que vienen
del orden solitario, habiendo habido muchos venidos de él, que
resplandecieron en esta dignidad; lo que intento demostrar, es que si
ni la piedad por sí sola, ni una larga vejez son suficientes para
hacer digno del sacerdocio al que las posee, mucho menos podrán los
motivos que dejamos dichos.
Pero no faltan algunos que proponen otros más absurdos: unos son
alistados en el orden clerical para evitar que se inclinen al partido de
los contrarios; y otros por su misma iniquidad, para que olvidados,
no ocasionen mayores males. ¿Puede darse cosa más inicua que ésta,
que unos hombres malvados y llenos de mil vicios sean honrados por
aquellas mismas cosas por las cuales deberían ser castigados, y que
por las que ni aun podrían atravesar los umbrales de la Iglesia, por
estas mismas suban a la dignidad sacerdotal? ¿Y buscamos aún, dime
por tu vida, cuál sea la causa de la divina indignación, cuando
confiamos las cosas más santas, y más tremendas a hombres inicuos, y
de ningún valor, para que todas las trastornen? Porque cuando han
llegado a la administración de cosas, que de ningún modo conviene a
unos, o son muy superiores a las fuerzas de los otros, hacen que la
Iglesia en nada difiera del Euripo.
Yo, a la verdad, me reía antes de los príncipes seculares porque
hacen la distribución de los empleos, no en atención a la virtud y
dotes del ánimo, sino a proporción de las riquezas, del número de
los años, o patrocinio de los hombres; pero después que he oído
haberse introducido también en nuestras cosas el mismo modo
irracional, no he tenido ya por tan grande este desorden. ¿Qué
maravilla, pues, que se vean cometer estos errores por unos hombres
entregados a los placeres de la vida, amigos de reputación para con la
muchedumbre, y que todo lo hacen con el fin de amontonar riquezas?
Cuando aquéllos que fingen vivir libres de todo esto, no se hallan
más bien dispuestos, sino que altercando por las cosas celestiales,
como si se deliberase sobre algunas yugadas de tierra u otra cosa
semejante, eligiendo temerariamente a hombres de ninguna
consideración, los ponen en el gobierno de unas cosas por las que el
Unigénito Hijo de Dios no rehusó evacuar su gloria,
hacerse hombre, tomar la forma de siervo, ser afeado con
salivas, ser azotado y sufrir, según la carne, una muerte
ignominiosa.
Y no paran en esto, sino que añaden otros absurdos mucho mayores:
porque no solamente admiten a los indignos, si no que excluyen a los
que son útiles. Y como si se debiese arruinar por las dos partes la
firmeza de la Iglesia, o como si no bastase la primera causa para
irritar la divina indignación, así añaden esta segunda, que no es
menos grave. Porque yo juzgo ser igualmente malo el tener apartadas a
las personas útiles, que el introducir a las inútiles. Y esto se
hace para que el rebaño de Cristo no pueda por parte alguna hallar
algún consuelo, ni aun siquiera respirar.
¿No son estas cosas dignas de mil rayos? ¿No merecen un infierno
mucho más terrible que el que nos está amenazado? ¿Y con todo,
sufre y tolera estos males aquél que no quiere la muerte del pecador,
sino que se convierta y viva? ¿Quién podrá admirar bastante
su bondad y amor para con los hombres? ¿Cómo no quedará pasmado de
su misericordia? Las personas dedicadas a Cristo destruyen la heredad
de Cristo mucho más aun que sus mismos contrarios y enemigos. Y el
buen Señor usa aún de clemencia y convida al arrepentimiento.
Gloria a ti, ¡oh Señor! gloria a ti. ¡Qué abismo de amor para
con el hombre hay en ti! ¡qué inmensidad de paciencia! Aquéllos
que por tu nombre, de hombres viles y oscuros llegaron a los honores y
se hicieron respetables y visibles, se sirven de este honor contra el
mismo que los honró. Tienen atrevimiento de ejecutar las cosas más
indignas, desacreditan las cosas santas, dejando a un lado y
excluyendo a los buenos, para que los malvados puedan sin estorbo, y
con la mayor seguridad trastornarlo todo a su placer.
Y si quieres saber las causas de este mal, las encontrarás semejantes
a las primeras; pero que tienen por raíz, o digámoslo así, por
única madre, a la envidia. Estas, a la verdad, no son de una misma
suerte, sino que difieren entre sí; porque uno dice se deseche
aquél, porque es joven; el otro, porque no sabe adular; otro,
porque ha ofendido a fulano; el uno, porque fulano no se disguwte,
viendo reprobado el que él ha propuesto, y elegido éste; el otro,
porque es moderado y de costumbres apacibles; el otro, porque es
terrible a los que obran mal; y otro por otras causas semejantes,
porque no les faltan pretextos, cuantos quieran. Y aun, cuando no
tengan otro, traen el de que son en gran número los sacerdotes, y que
no conviene conferir esta dignidad inconsideradamente, sino poco a
poco, y por sus grados. Tampoco les falta modo de hallar otros
motivos, cuantos quisieren.
Ahora, yo aquí blandamente quiero preguntarte: ¿Qué hará el
Obispo, combatiendo con tantos vientos? ¿Cómo podrá mantenerse
fuerte contra olas tan furiosas? ¿Cómo rechazará todos estos
ataques? Porque si dispone la cosa ajustado a las reglas de la recta
razón, todos se vuelven enemigos y contrarios suyos, y también de
los que han sido elegidos. Todo lo hacen con el fin de mantener su
tesón contra él, excitando sediciones cada día e imponiendo mil
cosas injuriosas a los que han sido elegidos, hasta conseguir
excluirlos o introducir a los suyos. Sucede aquí casi lo mismo, que
como cuando un piloto de un navío lleva navegando en su compañía
piratas que continuamente, y a cada hora, ponen asechanzas a su vida,
a la de los marineros y a la de los pasajeros. Porque si recibiendo
gente que no debía admitir, hace más caso de su favor que de la
propia salud, tendrá, en lugar de aquéllos, a Dios por enemigo.
¿Qué cosa puede haber más terrible que esta? y le darán que hacer
mucho más aun que antes, ayudándose todos mutuamente y haciéndose
con la unión mucho más fuertes. Porque así como cuando soplan de
partes contrarias vientos furiosos, el mar que hasta entonces
permanecía tranquilo, en un punto se embravece y se encrespa,
sumergiendo a los navegantes; del mismo modo la tranquilidad de la
Iglesia, recibiendo en sí hombres pestilenciales, se llena de
tempestades y de naufragios.
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