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Piensa, pues, cuál debe ser aquél que ha de resistir a tempestad
tan grande, y templar de modo tales cosas que no impidan la pública
utilidad. Porque es necesario que se muestre grave, pero sin fausto;
rígido, pero humano; entero, pero afable con todos, sin aceptación
de personas, pero oficioso; humilde, y no servil; de espíritu
vehemente, pero blando, para poder combatir fácilmente contra todas
estas cosas, y promover con toda libertad al que es idóneo, aun
cuando todos lo resistan; y con la misma, no admitir al que no es
tal, aunque todos juntos conspiren a que se admita, y no atender a
otra cosa, que a la edificación de la Iglesia, y no hacer nada por
odio, o por favor.
¿Te parece que con razón hemos rehusado este ministerio? Pues aún
no te lo he expuesto todo, porque tengo otras muchas cosas que
decirte. Pretendo que no te sea molesto el sufrir a un amigo sincero y
fiel, que quiere persuadirte se halla fuera de todos aquellos cargos
que le hacías. Esto te será muy útil, no sólo para nuestra
defensa, sino también para cuando llegares, como sucederá
brevemente, a la administración de este empleo; porque es necesario,
que el que ha de pisar este camino de vida, no ponga las manos sobre
tal ministerio, sin haberlo primero examinado todo con la mayor
madurez. ¿Y por qué esto? porque ya que no sea otra cosa,
hallándose informado de todo, tendrá la ventaja de que nada se le
hará nuevo cuando ocurrieren estas cosas.
¿Quieres, pues, que vengamos a tratar primero de la presidencia de
las viudas, o del cuidado de las vírgenes, o de la dificultad de la
parte judiciaria? porque sobre cada una de estas se pide diverso
cuidado, y mayor temor aun que cuidado. Y para dar principio de
aquéllo, que entre todo parece lo más fácil, el cuidado de las
viudas parece que no trae otro pensamiento a los que están encargados
de ellas, que el consumo del dinero. Pero no es así, sino que se
requiere también aquí mucha diligencia, cuando se llegare al caso de
ponerlas en lista; porque de elegirlas sin consideración, y como
vienen, se han originado males infinitos, habiendo entre éstas,
quienes han corrompido las familias, han causado divisiones en los
matrimonios, y frecuentemente han sido cogidas en hurtos y en otras
feas ganancias, y han practicado otros tratos poco decentes. Ahora
bien, el alimentar con dinero de la Iglesia semejantes mujeres, atrae
sobre sí el castigo de la parte de Dios, y de parte de los hombres,
el que sea en gran manera blasfemado, y desalienta a aquéllos que
están bien dispuestos para hacer bien. Porque, ¿quién querrá,
que el dinero que ha mandado se ofrezca a Cristo, se emplee, y
consuma con aquéllos que afean y calumnian el nombre de Cristo? Por
esto es necesario un diligente examen, para que no consuman la mesa de
las que se hallan imposibilitadas, no solamente las que dejamos
dichas, sino también aquéllas, que pueden sustentarse con el trabajo
de sus manos.
Después de este diligente examen, se sigue otro cuidado no pequeño;
esto es, que los alimentos nunca falten, sino que corran
abundantemente como de una fuente. Es un mal en cierta manera
insaciable la pobreza involuntaria, lleno de quejas, y de
desagradecimiento; y se requiere mucha prudencia, mucha atención para
cerrarle la boca, quitándole todo motivo de queja.
Muchos hay, que cuando ven a alguno superior a todo interés, sin
otro examen lo califican por idóneo para este empleo. Pero yo juzgo
que no le basta por sí sola, esta superioridad de ánimo; bien, que
es necesario ver, si tiene ésta antes que las otras; porque sin ella
sería un disipador, y no un tutor, un lobo en vez de pastor; o si
juntamente con ésta, posee también otra. Esta es la que a los
hombres ocasiona todos los bienes; quiero decir, la paciencia, que
conduce el ánimo y lo guía como a un puerto tranquilo. Las viudas
son una casta de gente, que por su pobreza, por su edad y por su sexo
usan de una libertad de hablar (porque es mejor decirlo así) sin
medida: gritan sin venir al caso y se quejan fuera de propósito,
lamentándose sobre aquellas mismas cosas de que deberían mostrar
agradecimiento, y reprendiendo lo mismo que deberían alabar. Y a
todo esto conviene, que el que las tiene a su cargo, no se mueva por
sus rumores intempestivos, ni por sus quejas sin razón. En atención
a su infelicidad, es justo que sea compadecido este género de
personas, y que de ningún modo sean injuriadas; porque el insultar
sus calamidades, y añadir la injuria al trabajo que tienen por su
pobreza, sería tocar en lo último de la crueldad.
Por esto un varón muy sabio, que atiende a la condición y soberbia
de la naturaleza humana, y tiene bien conocida la índole de la
pobreza, capaz de acobardar el ánimo más generoso e inducirlo a
despojarse de la vergüenza y arrojarlo a pedir muchas veces unas mismas
cosas; para que ninguno que se ve acosado de los pobres, se mueva a
ira, y quien debe socorrerlos, irritado de verse continuamente
envestido de ellos, no se haga su enemigo; lo invita a ser apacible y
de fácil entrada a los necesitados, diciendo:
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"Inclina de
buena gana tus orejas al pobre y respóndele con mansedumbre palabras de
paz".
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Dejando a un lado a aquél que puede ser ocasión de
impaciencia, (porque, ¿qué se puede decir a un infeliz, que yace
en la miseria?) habla sólo con el que puede soportar su enfermedad,
exhortándole, a que antes de darle nada, lo alivie con el agrado de
su semblante y con la mansedumbre de las palabras.
Si hubiere, pues, alguno que no usurpe lo que está destinado para el
sustento de las viudas; pero que las injurie y se irrite contra ellas,
cargándolas de afrentas; no solamente no alivia con su liberalidad la
tristeza que nace de la miseria, sino que con las injurias hace el mal
mucho mayor.
Pues por la necesidad en que las pone la falta de alimento, se ven
ciertamente en la precisión de ser muy descocadas; pero con todo,
sienten semejante violencia. Cuando, por temor del hambre se ven
obligadas a mendigar; y por mendigar, a ser descaradas; y por ser
así, a dejarse cargar de mil villanías, se apodera de su ánimo una
violenta melancolía, y que de mil diversos modos las cubre de una gran
oscuridad. Es, pues, necesario que el que tiene a su cargo el
cuidado de éstas, esté dotado de un espíritu tan elevado, que no
solamente no aumente trabajo a su ánimo con la indignación y enojo;
sino que por medio de sus exhortaciones y consuelos mitigue la mayor
parte del dolor que tienen en su desdicha.
Porque así como aquél que es ultrajado, aunque sea socorrido
largamente, no siente la utilidad del dinero, por la herida que le
causó el ultraje; así aquél, que tratares con humanidad y
blandura, si juntamente con el consuelo recibe alguna dádiva, se
alegra y se regocija, y lo cuenta por don doblado, en atención al
buen modo con que se le ha dado. Ni yo digo esto por propia
autoridad, sino por la de aquél, que ha dado las advertencias que
quedan dichas:
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"Hijo mío, dice él, no quieras poner
ultraje en los beneficios, ni en algún don la aspereza de palabras.
¿No es verdad, que el rocío hace pasar el ardor? pues así son
mejores las palabras que el don. Mira como las palabras son un bien
mayor, que el mismo don; y uno y otro se halla en un hombre dotado de
gracia".
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El que está destinado para estas cosas ha de ser adornado, no sólo
de suavidad de costumbres, y de paciencia, sino que ha de hacer al
mismo tiempo de sabio ecónomo; porque si le falta esta cualidad,
quedarán expuestos al mismo desfalco los caudales de los pobres. Hubo
uno, a quien estaba encargado este ministerio; el cual, habiendo
juntado una gruesa suma de dinero, en la realidad no lo gastó consigo
mismo, ni tampoco con los pobres, a excepción de una pequeña
cantidad, sino que ocultaba la mayor parte, enterrándola; hasta que
sobreviniendo un contratiempo, puso todo aquel dinero en manos de los
enemigos. Se necesita, pues, de una grande providencia, para que ni
sobren, ni tampoco hagan falta las facultades de la Iglesia. Es,
pues, necesario, que todas las rentas se repartan prontamente entre
los pobres y conviene tener depositados los tesoros de la Iglesia en la
buena voluntad de los súbditos.
Y por lo que toca al hospedar los peregrinos y a las curaciones de los
enfermos, ¿cuánto consumo de dinero crees tú que pide esto, y
cuánta diligencia y prudencia en quien tiene el cuidado? porque aquí
el gasto no es inferior al que queda dicho, y muchas veces es mayor; y
se necesita, que el que preside, sea un provisor adornado a un tiempo
de piedad, y de prudencia para disponer a los que tienen facultades a
que ofrezcan a porfía, y sin pena, lo que poseen, cuidando de no
ofender los ánimos de los bienhechores, al paso que solicita proveer
al alivio de los enfermos. Se necesita, pues, que manifieste en esta
ocasión una magnanimidad y atención mucho mayor; porque los enfermos
son en cierto modo una cosa llena de fastidio, y sin acción. Y si
por todas partes no se aplica una gran diligencia y cuidado; basta un
descuido, aun en lo mínimo, para ocasionar gravísimos males a los
enfermos.
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