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Por lo que toca al cuidado de las vírgenes, es tanto mayor el temor,
cuanto es este un bien más precioso, y el rebaño más digno de un rey
que los otros; pero habiéndose introducido ahora en el coro de estas
santas una infinidad de gente llena de innumerables males, el trabajo
se hace más difícil. Pues así como no es lo mismo el pecado de una
doncella noble, que el de su sierva; así tampoco el de una virgen, y
el de una viuda: porque éstas tienen por una cosa indiferente el usar
de las burlas, el injuriarse mutuamente, el adular, el ser
descaradas, el dejarse ver por todas partes, y el andar vagueando por
la plaza; pero la virgen se ha impuesto mayores obligaciones: es
emuladora de la filosofía celestial, y hace profesión de representar
en la tierra el modo de vivir de los ángeles; y su propósito es,
hacer, vestida de esta carne, aquéllo que hacen las potestades
incorpóreas. No le conviene hacer frecuentes e inútiles salidas de
casa, ni se le permite emplearse en discursos vanos y fuera de
propósito, debiendo ignorar aun el nombre de las villanías y de la
adulación.
Por esto tiene necesidad de una guardia muy segura y de mayor
atención, porque el enemigo de la santidad está siempre alerta y les
pone asechanzas pronto a devorarlas, si acaso desliza alguna, o cae.
Además muchos hombres procuran seducirlas, juntándose a todos estos
el furor de la naturaleza, y por decirlo en una palabra, tiene que
estar preparada a sostener dos guerras; una que la asalta
exteriormente, y otra que la turba por la parte interior.
Por esto, grande debe de ser el temor de quien tiene sobre sí este
cuidado, esperándole mayor peligro y dolor si acaeciese (lo que
jamás suceda) alguna cosa que no se quiere:
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"porque si una
hija escondida, ocasiona vigilia a un padre, y el cuidado que tiene de
ella, aparta el sueño de sus ojos";
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siendo tan grande su temor, o
de que sea estéril, o de que se le pase la edad de poderse casar, o
de que pueda ser odiada de su marido: ¿qué padecerá aquél, que no
tiene el pensamiento puesto sobre alguna de estas cosas, sino de otras
mucho mayores? Porque aquí no se trata del desprecio de un marido,
sino del que se hace al mismo Cristo: ni la esterilidad se reduce
solamente a oprobios, sino que el mal va a terminar en la perdición
del alma.
dice la Escritura,
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"que no
da buen fruto, es cortado, y se arroja al fuego."
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Y a la que es
aborrecida por el esposo, no basta tomar libelo de repudio, y
retirarse; si no que le dan por pena del odio un eterno castigo.
Y el padre natural tiene muchas cosas, que le hacen fácil la custodia
de la hija; porque la madre, la ama, la multitud de los criados, y
la seguridad de la casa, sirven al padre de socorro para guardar más
fácilmente la virgen. Ni se le permite salir en público de
continuo, ni cuando sale tiene necesidad de hacerse ver de todos los
que la encuentran; siendo cierto, que no menos la oscuridad de la
tarde, que los muros de la casa, pueden ocultar a la que no quiere
dejarse ver. Fuera de que no tiene pretexto alguno, por el que esté
obligada a comparecer delante de los hombres. Porque ni el pensamiento
de las cosas necesarias, ni los ultrajes de los hombres injuriosos, ni
alguna otra causa semejante, la pone en necesidad de tal encuentro,
sirviéndole el padre por todos. A ella sólo le queda un cuidado,
que es no hacer ni decir cosa que sea indigna de su persona, ni de la
honestidad que le conviene.
Pero aquí son muchas las cosas, que hacen al padre espiritual
difícil, o tal vez imposible la custodia; porque ni puede tenerla
consigo dentro de casa, por no serle decente, ni sin peligro semejante
cohabitación. Y aun cuando de aquí no sintiesen daño, y guardasen
constantemente una sincera santidad, deberían, no obstante, dar
cuenta de aquellas almas que habían escandalizado del mismo modo que si
entre sí hubieran pecado. Ahora, siendo esto imposible, no se
pueden fácilmente conocer los movimientos del alma, ni cercenar las
cosas que brotan superfluamente, ni cultivar mejor las que están en
buen orden, y proporción, reduciéndolas a mejor estado: ni es
fácil tampoco indagar las salidas de casa; porque la pobreza y el
desamparo en que se halla, no le permiten inquirir sutilmente la
honestidad que le conviene. Estando obligada a hacer por sí todas las
cosas, tiene con esto muchos pretextos de salir de casa, si no quiere
vivir honestamente. Y es necesario, que el que la manda, esté
continuamente dentro de ella, y corte estas ocasiones, atendiendo a
proveerlas de todo lo necesario, y de una mujer, que la sirva en estas
cosas. Es necesario tenerla lejos de los funerales y de las vigilias
nocturnas; porque sabe aquella astutísima serpiente, sabe sembrar su
veneno por medio aun de las obras buenas. Y se necesita, que la
virgen por todas partes esté cercada de un muro y que salga pocas veces
de casa en todo el año, y solamente cuando la obliguen motivos
inevitables y forzosos.
Y si alguno dijere que ninguna de estas cosas es obra que debe tratar
el obispo, sepa que en cada una de ellas, los cuidados y las culpas
recaerán sobre él. Es, pues, mejor, que manejándolo por si
todo, se libre de los cargos, que es necesario vengan sobre él por
los delitos de los otros; y que dejada a otros la administración,
tenga que temer dar cuenta de lo que otros hicieron.
Fuera de esto, el que todo lo maneja por sí, fácilmente ejecuta
todas las cosas; pero el que es obligado a hacer esto, a fuerza de
persuadir los pareceres de todos, no consigue el quedar libre de dar
por sí tanto alivio, cuantas son las inquietudes y turbaciones que le
ocasionan los que se le atraviesan y contrastan sus sentimientos.
No podría yo reducir a número todos los cuidados que se requieren
sobre las vírgenes; porque aun cuando debe hacerse la elección de
ellas, el que tiene a su cargo este ministerio no tiene que atender a
un negocio de poca consideración.
La parte que pertenece a los juicios encierra infinitas molestias, un
grandísimo trabajo y tantas dificultades, cuantas no sostienen los
jueces seculares; porque el hallar lo justo no es pequeña dificultad;
y aun después de hallado, es difícil el no violarlo. Y no solamente
aquí se encuentra trabajo y dificultad, sino un peligro no pequeño;
porque algunos de los más enfermos, después de haberse enredado en
pleitos y negocios, hicieron naufragio en la fe por no tener quien los
socorriese. Muchos también de los que recibieron alguna injuria
aborrecen a los que no les dan auxilio, del mismo modo que a los que
los injuriaron; ni quieren hacerse cargo del desorden de las cosas, ni
de la dificultad de los tiempos, ni de la cortapisa que tiene la
potestad sacerdotal, ni de otra semejante, sino que son jueces
inexorables, y que no entienden de otra defensa, sino de verse libres
de los males de que se hallan oprimidos; y aquél que no puede ponerlos
en libertad, aunque exponga mil motivos, de ningún modo podrá
escapar de que le condenen.
Pero supuesto que he hecho mención de lo que es patrocinio, espera te
declararé otra causa que hay de quejas; porque si el que posee un
obispado no va rodando cada día por todas las casas, más aun que los
que no tienen otra ocupación, se le originarán de aquí disgustos
increíbles. Y no sólo sucede esto con los que están enfermos, sino
también con los sanos, deseando ser visitados por el obispo,
inducidos, no de algún motivo de religión, sino que por la mayor
parte pretenden esto por honor y por dignidad. Si alguna vez sucede
que lo haga con más frecuencia con alguno de los más ricos y poderosos
por pedirlo así alguna necesidad urgente en utilidad del común de la
Iglesia, sin otra reflexión se le apropia la reputación de lisonjero
y adulador.
¿Y qué hablo yo de patrocinios, y de visitas? solamente por las
salutaciones, cargan sobre él un tan grande peso de quejas, que
oprimido muchas veces, se ve abatido por la tristeza. Deben dar
cuenta aun de sus miradas; porque el vulgo examina con sutileza sus
acciones, aun las más sencillas, y consideran el tono de la voz y el
gesto del semblante, y miden la cantidad de la risa. A fulano, dice
alguno, se le ha sonreído y le ha saludado con un semblante alegre y
en voz alta; pero a mí, solamente de paso y por encima; y si estando
muchos sentados no vuelve la vista cuando habla a todas partes, reciben
esto los demás como un ultraje. ¿Quién, pues, que no tenga un
espíritu muy robusto, podrá resistir a tantos acusadores, ya sea
para quedar libre enteramente de sus cargos, o para poder
desembarazarse de ser culpado? Porque es necesario no tener
acusadores, mas si esto es imposible, conviene dar descargo a los
delitos que se le acumulan. Y si aun esto no es fácil porque algunos
encuentran su gusto en acusar temerariamente y sin consideración, se
necesita resistir generosamente a la tristeza de sus quejas.
El que es acusado justamente, soporta con facilidad al que le acusa;
porque no habiendo acusador más acervo que la misma conciencia, si
éste nos sorprende primero, que es el más terrible de todos,
sufrimos más fácilmente a los acusadores externos, en quienes se
halla mayor suavidad.
Pero aquél en quien no se halla conciencia de algún hecho malo,
cuando es acusado injustamente se deja llevar con prontitud por la ira,
y con facilidad pierde el ánimo, si por otra parte no está bien
preparado de antemano para soportar las manías del vulgo. Porque no
es posible, no, que deje de inquietarse aquél que es temerariamente
calumniado y condenado, y que no sienta en sí algún movimiento a la
vista de una cosa tan poco razonable.
¿Y quién podrá contar los dolores que padecen, cuando es necesario
separar a alguno del cuerpo de la Iglesia? ¡Ojalá el mal se quedase
sólo en dolor! pero al presente se experimenta una ruina no pequeña.
Hay, pues, que temer, no sea que castigado más de lo justo, no
padezca lo que dejó dicho San Pablo; esto es, "que quede anegado
de la abundancia del dolor".
Extremada diligencia se necesita aquí también, para que no se le
convierta en ocasión de mayor daño, lo que había de ser motivo de su
alivio: porque el médico que no hubiere cortado bien la herida,
tendrá parte en la ira que corresponde a cada uno de los pecados que
cometiere aquél, después de semejante curación. ¿Cuántos
castigos no puede temer, cuando se le pida cuenta, no solamente de los
pecados en que por sí mismo ha incurrido, sino cuando se vea puesto en
el último riesgo por lo que hicieron los otros? Y si tememos por la
cuenta que hemos de dar por nuestros propios pecados, como que no
podremos escapar de aquel fuego, ¿qué no podrá temer ha de sufrir,
aquél que tenga que defenderse de tantas cosas? En confirmación de
esta verdad, oye a San Pablo, o mejor diré, al mismo Cristo, que
hablaba en él: "Obedeced a vuestros superiores y estadles sujetos,
porque ellos velan sobre vuestras almas, como que han de dar cuenta de
ellas".
¿Te parece de poca consideración el temor que consigo lleva esta
amenaza? no es fácil decir cuan grande sea. Ahora bien, todas estas
cosas bastan para persuadir a los más tercos y obstinados que esta
huida la hemos hecho, no sorprendidos de algún motivo de soberbia o
vanagloria, sino solamente temiendo a nosotros mismos y atendiendo a la
suma gravedad del ministerio.
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