|
Porque el sacerdocio se ejercita en la tierra, pero tiene la clase de
las cosas celestiales, y con razón; porque no ha sido algún hombre,
ni ángel, ni arcángel, ni alguna otra potestad creada, sino el
mismo Paráclito el que ha instituido este ministerio, y el que nos ha
persuadido, a que permaneciendo aun en la carne, concibiésemos en el
ánimo el ministerio de los ángeles.
De aquí resulta, que el sacerdote debe ser tan puro, como si
estuviera en los mismos cielos entre aquellas potestades. Terribles a
la verdad, y llenas de horror eran las cosas que precedieron el tiempo
de la gracia, como las campanillas, las granadas, las piedras
preciosas en el pecho, y en el humeral, la mitra, la cidaris, o
tiara, el vestido talar, la lámina de oro, el sancta sanctorum, y
la gran soledad que se observaba en lo interior de él. Pero
si alguno atentamente considerase las cosas del Nuevo Testamento,
hallará, que en su comparación son pequeñas aquéllas tan terribles
y llenas de horror, y que se verifica aquí lo que se dijo de la
ley:
|
"Que no ha sido glorificado el que lo ha sido en esta
parte por la gloria excelente".
|
|
Porque cuando tú ves al Señor sacrificado y humilde, y el sacerdote
que está orando sobre la víctima, y a todos teñidos de aquella
preciosa sangre; ¿por ventura crees hallarte aún en la tierra entre
los hombres, y no penetras inmediatamente sobre los cielos, y apartado
de tu alma todo pensamiento carnal, con un alma desnuda, y con un
pensamiento puro no registrar las cosas que hay en el cielo?
¡Oh maravilla! ¡oh benignidad de Dios para con los hombres!
¿Aquél que está sentado en el cielo juntamente con el Padre, en
aquella hora es manoseado de todos, y se da a sí mismo a todos los que
quieren, para que lo estrechen, y abracen? y esto lo hacen todos con
los ojos de la fe:
¿Te parecen, por ventura, dignas de desprecio estas cosas, o ser
tales, que alguno pueda levantarse contra ellas? ¿Quieres también
por otra maravilla conocer la excelencia de este sacrificio? Ponme
delante de los ojos a un Elías, y una innumerable muchedumbre
que le cerca, la víctima puesta sobre las piedras, y a todos los
otros en una gran quietud y silencio, y sólo al profete en oración:
después, en un punto, el fuego que se desprende de los cielos sobre
la víctima: maravillosas son estas cosas, y llenas de pasmo.
Pasa después de allí a las que se hacen al presente, y las
encontrarás, no sólo maravillosas, sino que exceden todo asombro.
Se presenta, pues, el sacerdote, no haciendo bajar fuego del cielo,
sino al Espíritu Santo; y permanece en oración, no para que
consuma las cosas propuestas una llama encendida en lo alto, sino para
que descendiendo la gracia sobre la víctima, por medio de ella se
enciendan los ánimos de todos, y queden más brillantes que la plata
purificada en el fuego. ¿Quién, pues, podrá despreciar este
tremendo misterio, si no es que sea enteramente furioso, o que
estuviere fuera de sí? ¿Ignoras, acaso, que el alma humana no
pudiera sufrir aquel fuego del sacrificio, sino que todos serían
enteramente destruidos sin un fuerte auxilio de la divina gracia?
|
|