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Porque si alguno considerase atentamente lo que en sí es, el que un
hombre envuelto aún en la carne y en la sangre, pueda acercarse a
aquella feliz e inmortal naturaleza; se vería bien entonces, cuán
grande es el honor que ha hecho a los sacerdotes la gracia del
Espíritu Santo. Por medio, pues, de éstos se ejercen estas cosas
y otras también nada inferiores, y que tocan a nuestra dignidad y a
nuestra salud. Los que habitan en la tierra, y hacen en ella su
mansión, tienen el encargo de administrar las cosas celestiales y han
recibido una potestad que no concedió Dios a los ángeles ni a los
arcángeles; porque no fue a estos a quienes se dijo:
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"Lo que
atáreis sobre la tierra, quedará también atado en el cielo, y lo
que desatáreis, quedará desatado".
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Los que dominan en la tierra
tienen también la potestad de atar, pero solamente los cuerpos; mas
la atadura de que hablamos, toca a la misma alma y penetra los cielos;
y las cosas que hicieren acá en la tierra los sacerdotes, las ratifica
Dios allá en el cielo, y el Señor confirma la sentencia de sus
siervos.
¿Y qué otra cosa les ha dado, sino toda la potestad
celestial?
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"De quien perdonáreis, dice, los pecados, le
son perdonados, y de quien los retuviereis, les son retenidos".
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¿Qué potestad puede darse mayor que ésta?
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"El Padre ha
dado al Hijo todo el juicio".
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Pero veo que toda esta potestad la ha
puesto el Hijo en manos de éstos. Como si hubieran sido ya
trasladados a los cielos, y levantándose sobre la humana naturaleza,
y libres de nuestras pasiones, así han sido ensalzados a tan gran
poder.
Fuera de esto, si un rey hiciese tal honra a uno de sus súbditos,
que a su voluntad encarcelase, o por el contrario librase de las
prisiones a todos los que quisiese, ¿no sería éste mirado como
feliz, y con respeto por todos? ¿Y el que ha recibido de Dios tanto
mayor potestad, cuanto es más precioso el cielo que la tierra, y las
almas que los cuerpos, podrá parecer a algunos que ha recibido una
honra de tan poca consideración, que pueda, ni aun pasarles por el
pensamiento, que a quien se confiaron estas cosas, pueda despreciar el
beneficio? ¡Oh, vaya fuera semejante locura!
Lo sería, sin duda, manifiesta el despreciar una dignidad tan
grande, sin la cual no podemos conseguir, ni la salud, ni los bienes
que nos están propuestos. Porque ninguno puede entrar en el
reino de los cielos, si no fuere reengendrado por el agua, y por el
espíritu. Y aquél que no come la carne del Señor, y no
bebe su sangre, es excluido de la vida eterna. Ni todas estas cosas
se hacen por medio de algún otro, sólo por aquellas santas manos;
quiero decir, por las del sacerdote, ¿Cómo, pues, podrá alguno,
sin estos, escapar del fuego del infierno, o llegar al logro de las
coronas que están reservadas?
Estos pues son a quienes están confiados los partos espirituales y
encomendados los hijos que nacen por el bautismo. Por estos nos
vestimos de Cristo y nos unimos con el Hijo de Dios haciéndonos
miembros de aquella bienaventurada cabeza; de modo que para nosotros
justamente han de ser mas respetables, no sólo que los potentados y
que los reyes, sino aun que los mismos padres; porque estos nos han
engendrado de la sangre y de la voluntad de la carne, pero aquéllos no
son autores del nacimiento de Dios y de aquella dichosa regeneración
de la verdadera libertad y de la adopción de hijos según la gracia.
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