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Los sacerdotes de los judíos tenían potestad de curar la lepra
del cuerpo, mejor diré, no de librar, sino de aprobar solamente a
los que estaban libres de ella. Y tú no ignoras con qué empeño era
apetecido entonces el estado sacerdotal. En cambio nuestros sacerdotes
han recibido la potestad de curar, no la lepra del cuerpo, sino la
inmundicia del alma; no de aprobar la que está limpia, sino de
limpiarla enteramente.
De modo que los que a estos desprecian, son mucho más execrables y
merecen mayor castigo que Dathan y quienes le
siguieron. Aunque aquéllos pretendían una dignidad que no les
correspondía, tenían de ella al mismo tiempo una opinión
maravillosa, lo que manifestaron con el mismo hecho de desearla tan
ardientemente. Éstos en cambio, en el tiempo en que el sacerdocio se
halla en un grado de tanto honor y ha tomado tan gran incremento, han
manifestado un atrevimiento mucho mayor que aquéllos, aunque de
diverso modo. Porque no es lo mismo, por lo que toca a razón de
desprecio, el desear un honor que no te conviene, o el despreciarlo;
sino que esto es tanto peor que aquéllo cuanta es la diferencia que hay
entre el despreciar una cosa y admirarla. ¿Cuál es, pues, aquella
alma desgraciada, que desprecie bienes tan grandes? yo no diré que
hay alguna, sino es que fuere agitada de un furor diabólico.
Pero nuevamente vuelvo al lugar de donde salí. No solamente por lo
que toca a castigar sino también para beneficiar, dio Dios mayor
potestad a los sacerdotes que a los padres naturales. Y hay entre unos
y otros tan gran diferencia como la que hay entre la vida presente y la
venidera; porque aquéllos nos engendran para ésta, y éstos para
aquélla. Aquéllos no pueden librar a sus hijos de la muerte
corporal, ni defenderlos de una enfermedad que los asalte; pero estos
han sanado muchas veces nuestra alma enferma y vecina a perderse,
haciendo a unos la pena más llevadera y preservando a otros desde el
principio para que no cayesen; y no solamente enseñándoles y
amonestándoles, sino también socorriéndolos con oraciones. Y
esto, no sólo cuando nos vuelven a engendrar, sino porque después de
esta generación, conservan la potestad de perdonarnos los pecados.
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"¿Enferma alguno entre vosotros? llame a los ancianos de la
Iglesia, y estos rueguen sobre él, ungiéndole con óleo en el
nombre del Señor, y la oración de la fe salvará al enfermo, y el
Señor le aliviará; y si hubiere hecho pecados, le serán
perdonados".
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Fuera de esto, los padres naturales, si sus hijos
ofenden a algún gran príncipe, o potentado, en nada los pueden
favorecer; porque los sacerdotes los han reconciliado, no con los
príncipes, o con los reyes, sino con el mismo Dios enojado. ¿Y
habrá alguno, después de todas estas cosas, que se atreva a
acusarnos de soberbia?
Yo creo que, por lo que dejo dicho, quedarán las almas de los que me
escuchen tan ocupadas de religioso temor, que no condenarán de
soberbia o atrevimiento a aquéllos que huyen, sino quienes por sí
mismos se apresuran a procurar este honor. Porque si aquéllos a
quienes se encomendó el gobierno de las ciudades las arruinaron cuando
no se han portado con la mayor prudencia y cautela, y se perdieron a
sí mismos, ¿cuánta virtud, tanto propia como sobrenatural, te
parece que necesita para no errar aquél a quien tocó por suerte el
adornar la Esposa de Cristo?
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