CAPÍTULO VII

Ninguno amó más a Cristo que San Pablo, ninguno dio muestras de mayor cuidado que él, ninguno fue hecho digno de mayor gracia. Con todo, después de tantas prerrogativas, teme aún y tiembla por esta potestad y por aquéllos que le están encomendados.

"Temo, dice, no sea que como la serpiente engañó a Eva con su astucia, así se aparten vuestros pensamientos de aquella simplicidad que teníais para con Cristo".

II Cor 12, 2

Y en otro lugar:

"He estado con grande temor, y temblor por lo que toca a vosotros".

I Cor 2, 5

Un hombre arrebatado al tercer Cielo, y hecho participante de los Arcanos de Dios, y que sufrió tantas muertes como días vivió después de su conversión; un hombre que no quiso usar de la potestad que había recibido de Cristo, para que no se escandalizase alguno de los fieles.: Si él, que aun se excedía en la custodia de los divinos mandamientos, y que de ningún modo buscaba lo que era suyo sino el bien de sus súbditos estaba siempre con tanto temor cuando volvía la consideración a la grandeza de este ministerio, ¿qué será de nosotros, que frecuentemente sólo buscamos nuestros intereses, que no sólo no sobrepasamos los divinos mandamientos sino que por la mayor parte no los cumplimos? ¿Quién, dice él, enferma, y yo no enfermo? ¿quién se escandaliza, y yo no me siento abrasar? Tal ha de ser necesariamente el sacerdote, y no solamente así; porque estas cosas son de poca, o de ninguna consideración, respecto de las que diré.

¿Y cuáles son estas? Yo deseaba, dice, ser anatema de Cristo por mis hermanos unidos a mí según la carne. Si alguno puede proferir semejante palabra, si alguno tiene un alma que toque en este deseo, merece justamente ser reprendido, si es que huye. Pero si alguno se halla tan necesitado de esta virtud como yo me hallo, justo es que sea abominado, no cuando huye sino cuando acepta. Porque si se propusiese la elección para una dignidad militar, y los que hubieran de conceder este honor, poniendo en medio un herrero, o un zapatero, u otro artesano de esta clase, le confiasen el mando del ejército, yo no alabaría a este infeliz, si no huyera e hiciera cuanto estuviera de su parte, para no caer en una ruina inevitable; porque si basta simplemente el ser llamado pastor, y desempeñar de cualquier modo que sea este ministerio, ni en este se encuentra peligro alguno, puede enhorabuena acusarnos de vanagloria todo aquél que quisiere.

Pero si el que toma sobre sí este cuidado necesita tener una gran prudencia, y aun más que ésta, una gracia muy grande de Dios, rectitud de costumbres, pureza de vida, y mayor virtud que la que puede hallarse en un hombre, ¿me negarás el perdón, porque no he querido sin consejo, y temerariamente, perderme? Porque si uno, conduciendo una nave mercantil, bien pertrechada de remeros y colmada de inmensas riquezas, y haciéndome sentar junto al timón, me mandase doblar el Mar Egeo o Tirreno; yo, al oír la primera palabra, rehusaría semejante comisión; y si alguno me preguntase, por qué; le respondería, que por no echar a pique el navío.




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