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Y sobre todos los males, aquel terribilísimo escollo de la
vanagloria, más peligroso que los prodigios que fingen los poetas.
Muchos, en la realidad, pudieron, navegando, pasar éste sin
recibir daño alguno; pero a mí me parece tan peligroso, que aun
ahora, cuando ninguna necesidad me arrebata a semejante abismo, apenas
puedo verme libre de este mal.
Si alguno pusiese en mis manos semejante carga, sería lo mismo que si
me atase las manos atrás, y me diese por presa a las bestias que
habitan en aquel escollo, para que cada día me despedazasen.
¿Y cuáles son estas bestias? La ira, la tristeza, la envidia, la
altercación, las calumnias, las acusaciones, la mentira, la
simulación, las asechanzas, las imprecaciones contra los que no han
hecho mal alguno, la alegría en los trabajos de los ministros, la
tristeza por su buen porte en el cumplimiento de su obligación, el
amor de las alabanzas, el deseo de honra (que es lo que sobre todas
cosas precipita el ánimo humano) las doctrinas acomodadas al gusto de
los oyentes, las viles adulaciones, las lisonjas bajas, el desprecio
de los pobres, los obsequios a los ricos, los honores inconsiderados y
las gracias dañosas, que igualmente son peligrosas a los que las hacen
y a los que las reciben; el temor servil, y que solamente conviene a
los esclavos más viles; el no tener libertad para hablar; una
humildad toda aparente, pero ninguna en la realidad; el no aplicar las
reprensiones y el castigo, o tal vez emplearlas sin medida contra
personas humildes, no habiendo quien se atreva, ni aun a abrir la boca
contra aquéllos que tienen el gobierno.
Estas son las bestias, y otras aun mayores, que mantiene en su seno
aquel escollo; de las cuales, los que una vez llegaron a ser
sorprendidos, caen por necesidad en una esclavitud tan grande, que no
pocas veces hacen a gusto de las mujeres muchas cosas, que tengo por
conveniente no explicar. La ley divina las ha excluido de este
ministerio; pero ellas procuran con el mayor tesón introducirse en
él; y ya que por sí mismas nada pueden, lo hacen todo por medio de
otros, y es tan grande el poder que se han arrogado, que a su voluntad
aprueban, o excluyen los sacerdotes. No se ve bien cumplido aquí lo
que se dice proverbialmente el mundo al revés:los súbditos
guían a los superiores; y ojalá fueran hombres y no aquéllas a
quienes no se ha permitido el enseñar, ¿y qué digo el enseñar?
ni aun hablar en la Iglesia les permitió San Pablo. Yo he
oído contar a alguno, que se han tomado tanta libertad, que
reprendían a los prelados de las Iglesias y los gritaban más
ásperamente que los señores a sus propios esclavos. Ni crea alguno,
que yo pretendo comprender a todos en los cargos que acabo de decir;
porque hay muchos, sí, muchos hay que se libraron de estas redes, y
son en mucho mayor número, que los que han quedado aprisionados en
ellas.
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