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Oídas estas cosas por Basilio, y permaneciendo en silencio algún
rato, dijo: Sería razonable ese temor, si tú hubieras solicitado
ambiciosamente esta dignidad; porque aquél que se juzga idóneo para
manejar este empleo, solicitando el obtenerlo, después que le ha sido
confiado no puede recurrir al pretexto de su ignorancia en lo que
errare; porque anticipándose con el correr precipitadamente a
arrebatar este ministerio, él mismo se privó de esta defensa. Ni
podrá tampoco alegar, por haberse introducido en él voluntariamente,
y por su gusto: yo, sin querer, he faltado en esto,
involuntariamente he destruido este negocio. Podrá en semejante
ocasión replicarle, el que fuere su juez, sobre este punto: ¿pues
cómo, sabiendo tu propia insuficiencia, y no teniendo ciencia
bastante para manejar, sin errar, un tal ministerio, te apresuraste y
atreviste a tomar sobre ti cosas tan superiores a tus fuerzas?
¿Quién te violentó? ¿Quién por fuerza te arrastró,
resistiéndolo tú y huyendo?
Pero tú no podrás oír jamás alguna de estas cosas; porque ni
reconoces semejante delito, y por otra parte es notorio a todos, que
ni poco, ni mucho has solicitado este honor, sino que lo has tenido
por la solicitación de otros. Ahora bien, lo que impide a aquéllos
el tener perdón en lo que pecaren, te da a ti materia muy cumplida
para tu defensa.
Juan: Al oír yo estas razones, moviendo la cabeza, y sonriéndome
blandamente, admiré la sencillez de este hombre y le respondí de esta
suerte: quisiera yo verdaderamente, ¡oh amigo!, a quien entre todos
más estimo, que la cosa pasase como dices; aunque no para poder
aceptar este ministerio, que ahora he rehusado; porque aunque no me
esperase castigo alguno por gobernar sin atención y sin ciencia el
rebaño de Jesucristo; con todo, habiéndome sido confiadas cosas de
tan grande peso, tendría por la pena más terrible, el haber de
comparecer tan indigno a vista de aquél que me lo confió.
¿Por qué, pues, te parece que desearía yo, que no fuese falsa
esta tu opinión? no por otro motivo, sino para que puedan aquellos
infelices y desgraciados (así conviene llamar a los que no hallan el
modo de administrar bien este empleo, aunque tú digas mil veces, que
han sido llevados por fuerza y que pecan por ignorancia) para que
puedan, digo, librarse de aquel fuego inextinguible, de aquellas
tinieblas exteriores, del gusano que nunca muere, para que no sean
separados de los escogidos, y confundidos con los hipócritas. ¿Pero
qué quieres que te haga? La cosa no es así, no.
Si quieres, comenzaré, para confirmación de lo que llevo dicho, a
probar esto por el reino, que en la aceptación divina, no es de tanta
consideración como el sacerdocio. Aquel Saúl, hijo de Cis, no
fue hecho rey porque él lo solicitase; sino que habiendo salido en
busca de unas borricas, se fue al profeta para preguntarle sobre
ellas. Este le introdujo en discursos sobre el reino; y ni aun así,
aunque lo oía de la boca de un profeta, corrió al reino
ambiciosamente, sino que se retiraba y lo rehusaba diciendo: ¿Pues
quién soy yo, y qué consideración merece la casa de mi padre?
¿Pues qué? Después de haber usado mal del honor que Dios le
había dado, pudieron acaso librarle del enojo de quien le había
elegido rey, estas palabras de disculpa con que podía responder a
Samuel cuando le reprendía: ¿por ventura, he corrido yo por mí al
reino? ¿acaso he solicitado yo este imperio? Yo quería tener una
vida particular, tranquila y sin cuidados; tú eres el que me has
arrastrado a esta dignidad; si yo hubiera permanecido en aquella
humildad, me hubiera librado fácilmente de estos encuentros porque
siendo uno de tantos, y sin nombre, no hubiera sido enviado a esta
empresa, ni Dios me hubiera encomendado la guerra contra los
amalecitas; y no habiendo tenido esta comisión, tampoco hubiera
incurrido en este pecado. Pero todas estas cosas son débiles para la
defensa; y no solamente débiles, sino muy peligrosas, y que
encienden más y más la indignación divina; porque habiendo sido
honrado sobre su mérito, no debía oponer la grandeza del honor
recibido por defensa de sus pecados, sino servirse como de motivo para
aprovecharse más y más del gran favor que Dios le había hecho.
Aquél, pues, que por haber obtenido una dignidad mayor de lo que le
convenía juzgaba que por esto mismo le era lícito pecar, daba a
entender que la clemencia divina era sola la causa de sus pecados. Es
lo que acostumbran decir los impíos y los que viven sin cuidado alguno
de su salvación; pero nosotros no debemos tener iguales sentimientos,
ni incurrir en la misma locura de estos tales, sino procurar por todas
partes poner por obra todo lo que alcancen nuestras fuerzas;
manteniendo igualmente religiosa nuestra lengua y nuestro pensamiento.
Y dejando ahora a un lado el reino; pasemos al sacerdocio que es del
que tratamos. Bien cierto es que Helí no procuró obtener esta
dignidad. ¿Pero de qué le sirvió esto cuando pecó? ¿Y
qué digo para obtenerla? No podía por la necesidad de la ley,
rehusarla aunque quisiese. Siendo de la Tribu de Levi,
necesariamente había de recibir una potestad que le venía por
sucesión de sus mayores. Con todo, no fue pequeño el castigo que
experimentó por la insolencia de sus hijos. Y aquél que fue el
primer sacerdote de los hebreos, de quien tuvo Dios con Moisés
tantos discursos, después que no pudo resistir sólo al furor de tan
grande muchedumbre, ¿no es cierto que estuvo para perderse, si la
interposición de su hermano no hubiera mitigado la divina
indignación? Y por cuanto hemos hecho aquí memoria de Moisés, no
será malo demostrar la verdad de este discurso, por lo que a él le
sucedió. Este mismo bienaventurado Moisés estuvo tan lejos
de pretender el principado de los judíos que aun habiéndoselo dado,
lo rehusaba; y aun mandándoselo Dios, lo resistía: y esto fue con
tanto extremo que irritó al mismo que se lo daba. Y no solamente
entonces, sino también después cuando se hallaba ya en el
principado, hubiera con gusto escogido la muerte por librarse de él:
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"Mátame, dijo, supuesto que quieres tratarme así".
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¿Pues qué, después que pecó al agua, pudieron estas continuadas
resistencias servirle de defensa y mover a Dios para que le perdonase?
¿Y por qué otro motivo fue privado de la tierra prometida? Por
ningún otro, como todos sabemos, sino por este pecado, por el que
aquel maravilloso varón no pudo conseguir lo que lograron sus
súbditos. Sino que después de tantos trabajos, y calamidades,
después de extravíos tan inmensos, después de las guerras, y
trofeos, murió lejos de aquella tierra por la que había sufrido
tantas fatigas; y habiendo pasado los trabajos del mar, no pudo gozar
de los bienes del puerto.
¿Ves, pues, como no queda algún lugar de defensa en las cosas en
que pecaren, no solamente a los que arrebatan este ministerio, sino a
los que llegan a él por la solicitación y empeño de otros? Porque
si aquéllos que rehusaron muchas veces a Dios, que los escogía,
fueron castigados con tanto rigor; e igualmente ninguna cosa pudo
librar de aquel peligro, ni a Aaron, ni a Heli, ni a aquel
bienaventurado Varón, Santo, Profeta, admirable, el más
humano de cuantos hombres se hallaban en la tierra, a aquél que como
un amigo hablaba con Dios; mucho menos a nosotros, que estamos tan
distantes de su virtud, podrá servir de defensa el conocimiento de que
no hemos solicitado esta dignidad; particularmente proviniendo la mayor
parte de estas elecciones, no de la gracia de Dios, sino de los
empeños de los hombres.
Dios eligió a Judas, lo puso en aquel santo colegio
dándole juntamente la dignidad de apóstol y aun le añadió alguna
cosa más que a los otros; esto es, la administración del dinero.
¿Pues qué, pudo huir del castigo por haber usado mal de uno y otro,
vendiendo al mismo que le había encargado que le predicase y
administrando mal el dinero que se le había confiado? No por cierto;
antes bien esto mismo fue lo que le fabricó un castigo más severo, y
con justa razón: porque no es justo abusar de los honores recibidos de
Dios para ofenderle; sino que se deben emplear en agradarle
mayormente.
El que habiendo sido promovido a una honra mayor que su mérito
pretende por esto librarse del castigo que merecen sus excesos se
conduce igual que alguno de los incrédulos judíos que al escuchar a
Cristo decir:
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"Si yo no hubiera venido y no les hubiera
hablado, no tendrían algún pecado; y si yo no hubiese hecho entre
ellos milagros, que ningún otro ha hecho, no tendrían pecado"
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acusa
al salvador y bienhechor diciendo: ¿por qué has venido y has
hablado? ¿por qué hiciste milagros? ¿acaso para castigarnos con
más rigor? Pero estas son palabras del último furor y locura. El
médico no vino para condenarte, sino para curarte; no para desecharte
enfermo, sino para librarte enteramente de la enfermedad. Tú mismo
voluntariamente te has escapado de sus manos. Recibe, pues, un
castigo más grave. Y del mismo modo que si te hubieras sujetado a la
cura, te hubieras librado aun de los primeros males; así, porque
huiste de él, teniéndole presente, no podrás ya lavar estas
culpas; y no pudiendo lavarlas, serás castigado por esto; y también
porque cuanto estuvo de tu parte, hiciste inútil el trabajo del
médico. Por esto no recibirás igual castigo, sino mucho mayor que
antes de haber sido elevado por Dios a tales honores. El que no se
mejora con los beneficios recibidos, es justo que sea castigado con
mayor rigor. Y por cuanto he demostrado que para nosotros es de poca
fuerza esta defensa; y que no sólo no salva a los que recurren a
ella, sino que los hace más reos, es necesario buscar otro refugio.
Basilio: ¿Cuál será éste? yo ya no puedo estar en mí: tan
turbado y tan lleno de temores me han dejado tus palabras.
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