CAPÍTULO II

Crisóstomo: No quieras, respondí, te ruego y suplico, no quieras abatirte tanto. Queda aún, sí, algún refugio. Para nosotros que somos débiles, lo es el no entremeternos de modo alguno en semejante dignidad; y para vosotros fuertes, el de no tener puestas las esperanzas de vuestra salud en otra cosa alguna, sino en no hacer, después de la gracia de Dios, cosa que sea indigna de este don, ni de Dios, que lo dio. Serían sin duda dignos del mayor castigo, aquéllos que habiendo conseguido esta dignidad por ambición y por solicitación abusasen de ella, o por pereza, o por malicia, o por falta de ciencia. Pero no por esto queda algún perdón a los que no la solicitaron; antes bien quedan estos privados de todo lugar de defensa.

Conviene, pues, según yo entiendo, que aunque sean millares los que te llamen y estimulen, no atiendas a lo que te dicen; sino que examinando antes las fuerzas de tu alma y haciendo de todo un examen diligente, cedas de este modo a los que te hicieren fuerza. Ninguno se atrevería a hacer fabricar una casa sin ser arquitecto; ni otro que ignorase la medicina, se atrevería a tocar los cuerpos enfermos; y aunque fuesen muchos los que quisiesen obligarle a esto, se excusaría, y no tendría vergüenza de confesar su ignorancia.

¿Y el que ha de tomar a su cargo el cuidado de tantas almas, no entrará primero en cuentas consigo mismo? ¿aunque se reconozca el más inútil de todos, recibirá el ministerio porque fulano lo manda; porque el tal le hace fuerza, y por no ofender a aquél otro? ¿Cómo, pues, no podrá caer juntamente con ellos en una ruina manifiesta? ¿Por qué, pudiendo conseguir por sí mismo la salud, junta a su propia ruina la de otros? ¿de dónde, pues, puede esperar la salud? ¿dónde hallar el perdón? ¿quiénes serán los que intercederán entonces por nosotros? ¿Acaso aquéllos que al presente nos violentan y nos llevan por fuerza? ¿y quién en este tiempo los salvará a ellos mismos? Aun ellos tienen necesidad de otros para escapar del fuego eterno.

Ahora, para que veas que yo no te digo esto por espantarte, sino porque en la realidad es así, oye lo que dice San Pablo a su discípulo Timoteo, su verdadero y amado hijo:

"No pongas inconsideradamente las manos sobre alguno, porque no tengas parte en los pecados ajenos".

I Tim 5, 22

¿Ves tú de cuanta, no digo reprensión, sino castigo, hemos librado, a lo menos cuanto estuvo de nuestra parte, a los que querían conducirnos a este grado?

Y así como a los que han sido elegidos, no basta para su defensa el decir: "yo no he venido llamado por mí, y no lo he rehusado, porque no lo he previsto"; así tampoco puede aprovechar a los electores la excusa de que no tenían conocimiento del elegido; antes bien por esto mismo se hace mayor su culpa porque elevaron a tal grado al que no conocían; y lo que parecía defensa, agrava mucho más la acusación.

¿Cómo, pues, no será una cosa absurda, que los que quieren comprar un esclavo, lo hagan ver a los médicos, pidan fiadores de la venta, pregunten a los vecinos; y aun después de todo esto no se fían, sino que quieren mucho tiempo para la prueba; y que los que han de destinar a alguno a un tan gran ministerio; sin reflexión, y como sale, formen su testimonio, y juicio, según el favor u odio de otros, sin hacer otro examen alguno? ¿Quién, pues, nos librará entonces de la pena, si los que debían protegernos, necesitan de patrocinio?

Conviene, pues, que el elector haga un examen muy atento; pero mucho mayor ha de ser el que debe hacer el elegido, porque aunque tenga a los electores por compañeros en el castigo de los pecados, no por eso quedará él libre de la pena; antes la tendrá mayor, si no es que aquéllos por algún motivo humano hubieren obrado contra su dictamen y contra la propia razón. Porque si incurrieren en semejante pecado, y conociendo a alguno por indigno, por algún motivo particular le hubiesen promovido, serán castigados igualmente los unos y los otros, y aun con más severidad aquéllos que han promovido a un indigno. Aquél que da la potestad a uno que quiere corromper la Iglesia tendrá la culpa de todos los males que se atreviere a ejecutar.

Pero si la conciencia no le acusa de alguna de estas cosas, sino que dice haber sido engañado de la opinión del vulgo; no por esto queda libre de la pena, sino que tendrá un castigo algo menor que el elegido. ¿Pues por qué esto? porque no es extraño que los electores, engañados de una falsa opinión, vengan a este paso; pero el que ha sido elegido, no podrá decir: "yo no me conocía", como lo pueden decir de él los otros. Así como deberá ser castigado más gravemente que aquéllos; así, es necesario que haga una prueba más rigurosa de sí mismo. Y si aquéllos por ignorancia le quieren promover, sálgales él al encuentro e infórmeles por menor de todas las causas que puedan sacarles del error, y manifestándose indigno del ministerio, huya el grave peso de negocios tan grandes.

¿Cuál es, pues, la causa, de que debiéndose deliberar sobre una expedición militar, sobre el comercio, sobre la agricultura, y otras cosas semejantes que pertenecen a la vida humana, ni el labrador elegiría el oficio del marinero, ni el soldado el del labrador, ni el piloto el del soldado, aunque les amenazasen con mil muertes? No por otra cosa, sino porque cada uno prevería el peligro que sobrevendría por su ignorancia.

Ahora bien, donde el daño es de cosas de tan poca monta, usaremos de tanta providencia, y de ningún modo cederemos a la violencia de los que nos quieren hacer fuerza; y donde espera un castigo eterno a los que no saben manejar el sacerdocio, sin consideración, y como ocurre, hemos de entrarnos en un peligro tan grande, dando por pretexto la violencia de otros? Pero no lo tolerará entonces el que nos juzgará sobre tales cosas. Era debido que mostrásemos mayor atención en las cosas espirituales que en las carnales; y ahora se encuentra, que ni aun es igual la que ponemos.

Dime ahora por tu vida, si creyendo nosotros que un hombre era arquitecto, no siéndolo, le llamásemos a trabajar, y él viniese; y después tomando en las manos los materiales prevenidos para la fábrica, destruyese las maderas, quebrantase las piedras, y edificase la casa de tal modo, que luego padeciese ruina; ¿le serviría a este de defensa, el haber sido obligado por otros, y el no haber venido por su voluntad? De ningún modo, y con mucha razón y justicia porque debía rehusarlo, aunque otros le llamasen.

Pues ahora bien: si a aquél que destruye las maderas y las piedras, no le queda alguna defensa para dejar de ser castigado; el que precipitó las almas y edifica sin atención alguna, ¿podrá persuadirse, que le basta la violencia ajena para evitar el castigo? ¿No es esta una necedad muy grande?

No quiero añadir, que ninguno puede ser forzado, sino aquél que quiere serlo. Pero concédase, que haya padecido una inmensa violencia y artificios tan varios, que haya debido ceder. ¿Acaso esto le librará del castigo? No engañemos, por vida nuestra, en una cosa tan grave y no finjamos ignorar lo que saben muy bien hasta los más niños. Nada nos podrá aprovechar al tiempo de dar las cuentas, el fingir esta ignorancia. Tú no solicitaste el conseguir esta dignidad, conociendo tu propia enfermedad. Muy bien está esto, pero se necesitaba que con el mismo propósito la rehusaras, aun cuando otros te llamasen. ¿Pues qué, cuando ninguno te llamaba eras débil e inhábil; y ahora que se han hallado los que te confíen este honor, de repente te has encontrado fuerte? es cosa ridícula y digna del mayor castigo. Por esto exhorta el Señor a aquél que quiere edificar una torre que no eche los cimientos sin haber primero considerado las propias facultades, para no dar a los que pasan mil ocasiones de burlársele. Y aun en esto, el daño sólo llega hasta la burla. Pero aquí, el castigo es un fuego inextinguible, un gusano que nunca muere; el rechinar de dientes, las tinieblas exteriores, el ser weparado de los escogidos y puesto en el número de los hipócritas.

Pero ninguna de estas cosas quieren reflexionar aquéllos que nos acusan; pues de otra suerte dejarían de reprenderme, porque no quise temerariamente condenarme.

No se trata ahora aquí de una administración de trigo, de cebada, de bueyes, de ovejas, o de otras cosas semejantes, sino del mismo Cuerpo de Jesucristo. La Iglesia de Cristo, según San Pablo, es el Cuerpo de Cristo. El que la tiene a su cargo, necesita reducirla a un buen estado y a una excelente belleza, mirando por todas partes que no haya en alguna de ella, ni mancha, ni arruga, ni lunar, ni otro vicio semejante que pueda afear su honestidad y hermosura. ¿Y qué otra cosa debe hacer finalmente, sino cuidar cuanto alcancen las fuerzas humanas, que este cuerpo sea digno de aquella cabeza que tiene encima, inmortal y bienaventurada?

Y si los que atienden a la buena complexión para la lucha, tienen necesidad de médicos y de maestros de palestra, de una dieta rigurosa, de un continuo ejercicio y de una atengión inmensa: (porque cualquier cosa en ellos, por pequeña que sea, descuidada, puede arruinarlo todo y echarlo por tierra) aquéllos a quienes tocó la suerte de curar este cuerpo que ha de combatir, no contra los cuerpos, sino contra las potestades invisibles, ¿cómo podrán conservarlo sano y entero, si no exceden de mucho la virtud humana y no saben todos los medios útiles y proporcionados para curar un alma? ¿Ignoras, acaso, que este cuerpo del que hablamos, está sujeto a más enfermedades y asechanzas que lo que está nuestra carne y que se corrompe más prontamente que aquélla, y recobra la salud con más lentitud?




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