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Crisóstomo: No quieras, respondí, te ruego y suplico, no quieras
abatirte tanto. Queda aún, sí, algún refugio. Para nosotros que
somos débiles, lo es el no entremeternos de modo alguno en semejante
dignidad; y para vosotros fuertes, el de no tener puestas las
esperanzas de vuestra salud en otra cosa alguna, sino en no hacer,
después de la gracia de Dios, cosa que sea indigna de este don, ni
de Dios, que lo dio. Serían sin duda dignos del mayor castigo,
aquéllos que habiendo conseguido esta dignidad por ambición y por
solicitación abusasen de ella, o por pereza, o por malicia, o por
falta de ciencia. Pero no por esto queda algún perdón a los que no
la solicitaron; antes bien quedan estos privados de todo lugar de
defensa.
Conviene, pues, según yo entiendo, que aunque sean millares los que
te llamen y estimulen, no atiendas a lo que te dicen; sino que
examinando antes las fuerzas de tu alma y haciendo de todo un examen
diligente, cedas de este modo a los que te hicieren fuerza. Ninguno
se atrevería a hacer fabricar una casa sin ser arquitecto; ni otro que
ignorase la medicina, se atrevería a tocar los cuerpos enfermos; y
aunque fuesen muchos los que quisiesen obligarle a esto, se
excusaría, y no tendría vergüenza de confesar su ignorancia.
¿Y el que ha de tomar a su cargo el cuidado de tantas almas, no
entrará primero en cuentas consigo mismo? ¿aunque se reconozca el
más inútil de todos, recibirá el ministerio porque fulano lo manda;
porque el tal le hace fuerza, y por no ofender a aquél otro?
¿Cómo, pues, no podrá caer juntamente con ellos en una ruina
manifiesta? ¿Por qué, pudiendo conseguir por sí mismo la salud,
junta a su propia ruina la de otros? ¿de dónde, pues, puede esperar
la salud? ¿dónde hallar el perdón? ¿quiénes serán los que
intercederán entonces por nosotros? ¿Acaso aquéllos que al presente
nos violentan y nos llevan por fuerza? ¿y quién en este tiempo los
salvará a ellos mismos? Aun ellos tienen necesidad de otros para
escapar del fuego eterno.
Ahora, para que veas que yo no te digo esto por espantarte, sino
porque en la realidad es así, oye lo que dice San Pablo a su
discípulo Timoteo, su verdadero y amado hijo:
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"No pongas
inconsideradamente las manos sobre alguno, porque no tengas parte en
los pecados ajenos".
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¿Ves tú de cuanta, no digo reprensión, sino
castigo, hemos librado, a lo menos cuanto estuvo de nuestra parte, a
los que querían conducirnos a este grado?
Y así como a los que han sido elegidos, no basta para su defensa el
decir: "yo no he venido llamado por mí, y no lo he rehusado, porque
no lo he previsto"; así tampoco puede aprovechar a los electores la
excusa de que no tenían conocimiento del elegido; antes bien por esto
mismo se hace mayor su culpa porque elevaron a tal grado al que no
conocían; y lo que parecía defensa, agrava mucho más la
acusación.
¿Cómo, pues, no será una cosa absurda, que los que quieren
comprar un esclavo, lo hagan ver a los médicos, pidan fiadores de la
venta, pregunten a los vecinos; y aun después de todo esto no se
fían, sino que quieren mucho tiempo para la prueba; y que los que han
de destinar a alguno a un tan gran ministerio; sin reflexión, y como
sale, formen su testimonio, y juicio, según el favor u odio de
otros, sin hacer otro examen alguno? ¿Quién, pues, nos librará
entonces de la pena, si los que debían protegernos, necesitan de
patrocinio?
Conviene, pues, que el elector haga un examen muy atento; pero mucho
mayor ha de ser el que debe hacer el elegido, porque aunque tenga a los
electores por compañeros en el castigo de los pecados, no por eso
quedará él libre de la pena; antes la tendrá mayor, si no es que
aquéllos por algún motivo humano hubieren obrado contra su dictamen y
contra la propia razón. Porque si incurrieren en semejante pecado, y
conociendo a alguno por indigno, por algún motivo particular le
hubiesen promovido, serán castigados igualmente los unos y los otros,
y aun con más severidad aquéllos que han promovido a un indigno.
Aquél que da la potestad a uno que quiere corromper la Iglesia
tendrá la culpa de todos los males que se atreviere a ejecutar.
Pero si la conciencia no le acusa de alguna de estas cosas, sino que
dice haber sido engañado de la opinión del vulgo; no por esto queda
libre de la pena, sino que tendrá un castigo algo menor que el
elegido. ¿Pues por qué esto? porque no es extraño que los
electores, engañados de una falsa opinión, vengan a este paso; pero
el que ha sido elegido, no podrá decir: "yo no me conocía", como
lo pueden decir de él los otros. Así como deberá ser castigado más
gravemente que aquéllos; así, es necesario que haga una prueba más
rigurosa de sí mismo. Y si aquéllos por ignorancia le quieren
promover, sálgales él al encuentro e infórmeles por menor de todas
las causas que puedan sacarles del error, y manifestándose indigno del
ministerio, huya el grave peso de negocios tan grandes.
¿Cuál es, pues, la causa, de que debiéndose deliberar sobre una
expedición militar, sobre el comercio, sobre la agricultura, y otras
cosas semejantes que pertenecen a la vida humana, ni el labrador
elegiría el oficio del marinero, ni el soldado el del labrador, ni el
piloto el del soldado, aunque les amenazasen con mil muertes? No por
otra cosa, sino porque cada uno prevería el peligro que sobrevendría
por su ignorancia.
Ahora bien, donde el daño es de cosas de tan poca monta, usaremos de
tanta providencia, y de ningún modo cederemos a la violencia de los
que nos quieren hacer fuerza; y donde espera un castigo eterno a los
que no saben manejar el sacerdocio, sin consideración, y como
ocurre, hemos de entrarnos en un peligro tan grande, dando por
pretexto la violencia de otros? Pero no lo tolerará entonces el que
nos juzgará sobre tales cosas. Era debido que mostrásemos mayor
atención en las cosas espirituales que en las carnales; y ahora se
encuentra, que ni aun es igual la que ponemos.
Dime ahora por tu vida, si creyendo nosotros que un hombre era
arquitecto, no siéndolo, le llamásemos a trabajar, y él viniese;
y después tomando en las manos los materiales prevenidos para la
fábrica, destruyese las maderas, quebrantase las piedras, y
edificase la casa de tal modo, que luego padeciese ruina; ¿le
serviría a este de defensa, el haber sido obligado por otros, y el no
haber venido por su voluntad? De ningún modo, y con mucha razón y
justicia porque debía rehusarlo, aunque otros le llamasen.
Pues ahora bien: si a aquél que destruye las maderas y las piedras,
no le queda alguna defensa para dejar de ser castigado; el que
precipitó las almas y edifica sin atención alguna, ¿podrá
persuadirse, que le basta la violencia ajena para evitar el castigo?
¿No es esta una necedad muy grande?
No quiero añadir, que ninguno puede ser forzado, sino aquél que
quiere serlo. Pero concédase, que haya padecido una inmensa
violencia y artificios tan varios, que haya debido ceder. ¿Acaso
esto le librará del castigo? No engañemos, por vida nuestra, en
una cosa tan grave y no finjamos ignorar lo que saben muy bien hasta los
más niños. Nada nos podrá aprovechar al tiempo de dar las cuentas,
el fingir esta ignorancia. Tú no solicitaste el conseguir esta
dignidad, conociendo tu propia enfermedad. Muy bien está esto, pero
se necesitaba que con el mismo propósito la rehusaras, aun cuando
otros te llamasen. ¿Pues qué, cuando ninguno te llamaba eras débil
e inhábil; y ahora que se han hallado los que te confíen este honor,
de repente te has encontrado fuerte? es cosa ridícula y digna del
mayor castigo. Por esto exhorta el Señor a aquél que quiere
edificar una torre que no eche los cimientos sin haber primero
considerado las propias facultades, para no dar a los que pasan mil
ocasiones de burlársele. Y aun en esto, el daño sólo llega hasta
la burla. Pero aquí, el castigo es un fuego inextinguible, un
gusano que nunca muere; el rechinar de dientes, las tinieblas
exteriores, el ser weparado de los escogidos y puesto en el número de
los hipócritas.
Pero ninguna de estas cosas quieren reflexionar aquéllos que nos
acusan; pues de otra suerte dejarían de reprenderme, porque no quise
temerariamente condenarme.
No se trata ahora aquí de una administración de trigo, de cebada,
de bueyes, de ovejas, o de otras cosas semejantes, sino del mismo
Cuerpo de Jesucristo. La Iglesia de Cristo, según San Pablo,
es el Cuerpo de Cristo. El que la tiene a su cargo, necesita
reducirla a un buen estado y a una excelente belleza, mirando por todas
partes que no haya en alguna de ella, ni mancha, ni arruga, ni
lunar, ni otro vicio semejante que pueda afear su honestidad y
hermosura. ¿Y qué otra cosa debe hacer finalmente, sino cuidar
cuanto alcancen las fuerzas humanas, que este cuerpo sea digno de
aquella cabeza que tiene encima, inmortal y bienaventurada?
Y si los que atienden a la buena complexión para la lucha, tienen
necesidad de médicos y de maestros de palestra, de una dieta
rigurosa, de un continuo ejercicio y de una atengión inmensa:
(porque cualquier cosa en ellos, por pequeña que sea, descuidada,
puede arruinarlo todo y echarlo por tierra) aquéllos a quienes tocó
la suerte de curar este cuerpo que ha de combatir, no contra los
cuerpos, sino contra las potestades invisibles, ¿cómo podrán
conservarlo sano y entero, si no exceden de mucho la virtud humana y no
saben todos los medios útiles y proporcionados para curar un alma?
¿Ignoras, acaso, que este cuerpo del que hablamos, está sujeto a
más enfermedades y asechanzas que lo que está nuestra carne y que se
corrompe más prontamente que aquélla, y recobra la salud con más
lentitud?
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