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Por lo que mira a los que curan los cuerpos, se ha encontrado variedad
de medicinas y diverso aparato de instrumentos y alimentos convenientes
a los enfermos. Júntase a esto, que sola la cualidad de los aires ha
bastado muchas veces para dar la salud al enfermo; y alguna, el sueño
que sobrevino oportunamente libró al médico de todo trabajo.
Pero aquí, ninguna de estas cosas puede pensarse. Solamente
después del bien obrar, queda un arte y modo de curar que es la
doctrina por medio del discurso. Éste es el instrumento, éste el
alimento y éste el mejor temperamento de aire; éste el que hace veces
de medicina, de fuego, y de hierro; y si se necesita cauterizar o
cortar, de éste conviene servirse. Y si éste no tiene alguna
fuerza, todo lo demás es superfluo. Con éste damos aliento a un
alma abatida, la contenemos inflamada, cortamos lo superfluo,
suplimos lo que falta y hacemos todas las otras cosas que sirven para la
salud del alma.
Y a la verdad, para arreglar muy bien tu vida, puede la de otro
conducir a una igual imitación; pero si en el alma ha entrado una
enfermedad de doctrinas bastardas, aquí es muy necesario el discurso,
no sólo para la seguridad de los domésticos, sino también para
combatir contra los enemigos externos. Porque si alguno tuviese la
espada del espíritu y el escudo de la fe de tal modo dispuesto que
pudiese hacer milagros, y por medio de prodigios cerrar la boca a los
maldicientes, no habría necesidad de valerse del discurso; o por
mejor decir, aun en este caso no sería inútil la fuerza y eficacia de
la palabra, sino antes bien muy necesaria. Y San Pablo usó de
ella, aunque por otra parte fuese admirado por sus prodigios. Y otro
del mismo colegio, exhorta a que se tenga gran cuidado de esta
facultad, diciendo:
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"Estad siempre prontos a defenderos con
todo aquél que os pida razón de la esperanza que hay en vosotros".
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Y todos, de común acuerdo, en aquel tiempo no tuvieron otro motivo
para encomendar a Esteban y a sus compañeros el cuidado de las
viudas, sino para atender ellos libremente al ministerio de la
palabra. Bien que no deberíamos cuidar tanto de éste, si
tuviéramos la virtud de hacer milagros.
Y si no nos ha quedado ni aun señal de tal virtud, y por otra parte
nos oprimen de todos lados continuos enemigos, por necesidad no nos
queda otro recurso, sino el de pertrecharnos bien de estas armas, ya
para no quedar expuestos a los tiros de los enemigos, ya también para
poder herirles.
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