CAPÍTULO III

Por lo que mira a los que curan los cuerpos, se ha encontrado variedad de medicinas y diverso aparato de instrumentos y alimentos convenientes a los enfermos. Júntase a esto, que sola la cualidad de los aires ha bastado muchas veces para dar la salud al enfermo; y alguna, el sueño que sobrevino oportunamente libró al médico de todo trabajo.

Pero aquí, ninguna de estas cosas puede pensarse. Solamente después del bien obrar, queda un arte y modo de curar que es la doctrina por medio del discurso. Éste es el instrumento, éste el alimento y éste el mejor temperamento de aire; éste el que hace veces de medicina, de fuego, y de hierro; y si se necesita cauterizar o cortar, de éste conviene servirse. Y si éste no tiene alguna fuerza, todo lo demás es superfluo. Con éste damos aliento a un alma abatida, la contenemos inflamada, cortamos lo superfluo, suplimos lo que falta y hacemos todas las otras cosas que sirven para la salud del alma.

Y a la verdad, para arreglar muy bien tu vida, puede la de otro conducir a una igual imitación; pero si en el alma ha entrado una enfermedad de doctrinas bastardas, aquí es muy necesario el discurso, no sólo para la seguridad de los domésticos, sino también para combatir contra los enemigos externos. Porque si alguno tuviese la espada del espíritu y el escudo de la fe de tal modo dispuesto que pudiese hacer milagros, y por medio de prodigios cerrar la boca a los maldicientes, no habría necesidad de valerse del discurso; o por mejor decir, aun en este caso no sería inútil la fuerza y eficacia de la palabra, sino antes bien muy necesaria. Y San Pablo usó de ella, aunque por otra parte fuese admirado por sus prodigios. Y otro del mismo colegio, exhorta a que se tenga gran cuidado de esta facultad, diciendo:

"Estad siempre prontos a defenderos con todo aquél que os pida razón de la esperanza que hay en vosotros".

I Pe 3, 15

Y todos, de común acuerdo, en aquel tiempo no tuvieron otro motivo para encomendar a Esteban y a sus compañeros el cuidado de las viudas, sino para atender ellos libremente al ministerio de la palabra. Bien que no deberíamos cuidar tanto de éste, si tuviéramos la virtud de hacer milagros.

Y si no nos ha quedado ni aun señal de tal virtud, y por otra parte nos oprimen de todos lados continuos enemigos, por necesidad no nos queda otro recurso, sino el de pertrecharnos bien de estas armas, ya para no quedar expuestos a los tiros de los enemigos, ya también para poder herirles.




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