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Por esto debemos poner la mayor atención, en que habite en nosotros
abundantemente la palabra de Cristo. No es una sola la especie de
pelea que nos está preparada; sino que es muy variada esta guerra y
compuesta de diversos enemigos. Ni tampoco se sirven todos ellos de
las mismas armas, ni pretenden asaltarnos de un mismo modo. Es,
pues, necesario que quien quiera emprender esta batalla contra todos
esté bien informado de los artificios que todos usan; y que a un mismo
tiempo sea arquero, hondero, centurión, cabo, soldado y capitán,
caballero y peón, y práctico en las batallas navales y en los sitios
de las Plazas.
En los choques militares, cada uno en el empleo que ha tomado,
procura resistir a los que se le oponen; pero aquí no sucede lo
mismo. Aquél que pretende vencer, si no está instruido en toda
especie de artificios, sabe el demonio, por sola una parte que
encuentre abandonada, introduciendo sus corsarios, arrebatar las
ovejas; pero no así, cuando ve que el pastor se halla bien
pertrechado de toda ciencia y que conoce muy bien sus asechanzas.
De aquí es que necesita fortificarse bien por todas partes. Una
ciudad que se halla bien guarnecida de muros por todos lados se burla de
los que la tienen sitiada, estando en gran seguridad; pero si alguno
rompe la muralla, aunque no sea más que el espacio de una
puertezuela, de nada le sirve todo el restante contorno de los muros,
aunque todo lo demás tenga la mayor firmeza y seguridad. Del mismo
modo sucede en la ciudad de Dios. Cuando en vez de muro la cerca por
todas partes la industria y prudencia del pastor, todas las astucias de
los enemigos se les convierten en burla, y risa; y los que habitan
dentro, permanecen sin recibir daño alguno; pero si alguno por una
parte la hubiese podido derribar, aunque no la eche toda por tierra;
con todo de una parte (por decirlo así) se pierde el todo.
¿Y qué será, si mientras pelea varonilmente contra los gentiles,
la despojan los judíos? ¿y si aun cuando ha vencido a estos dos, la
saquean los maniqueos? ¿y si aun después de haber ahuyentado a
éstos, degüellan las ovejas que están dentro, aquéllos que
introducen el hado? ¿y para qué referir aquí todas las herejías del
diablo? las que si no supiere rebatir bien todas el pastor, podrá el
lobo, por medio de una sola, devorar gran parte de las ovejas.
Por lo que toca a los soldados, es necesario esperar siempre que
seguirá la victoria o la pérdida a aquéllos que están en pie o que
combaten. Pero aquí es todo muy al contrario; porque muchas veces la
pelea de otros, hizo vencedores, estándose quietos y sentados, a los
que, ni pelearon desde el principio, ni han puesto la menor fatiga.
Aquél que no teniendo gran destreza se traspasa con su propia espada,
da que reír a los amigos y enemigos.
Procuraré ponerte claro lo que digo, con un ejemplo. Los que son
secuaces de las locuras de Valentino y de Marción, y los que están
tocados de la misma enfermedad, excluyen del catálogo de las
Escrituras Sagradas la ley que dio Dios a Moisés. Los judíos
hacen de ella tanto aprecio que no obstante la prohibición del tiempo
procuran con mayor tesón observarla totalmente contra la voluntad de
Dios. La Iglesia de Dios, huyendo del extremo de unos y otros, ha
tomado el camino medio, y juzga que no debemos someternos al yugo de la
Ley: pero no permite que sea blasfemada; antes bien quiere que se
alabe, aunque haya cesado, porque fue útil allá en su tiempo.
Conviene, pues, que el que ha de combatir con unos y con otros, siga
esta misma moderación. Porque si queriendo instruir a los judíos,
que ya fuera de tiempo se hallan asidos de la legislación antigua,
comenzare a reprenderla sin medida, dará ocasión, no pequeña, a
aquellos herejes que quieran vituperarla; y si después, pretendiendo
tapar la boca a éstos, la ensalzare sin término, y la celebrare,
como si al presente fuera necesaria, abrirá la boca a los judíos.
Del mismo modo, aquéllos que están cogidos del furor de Sabelio, y
los que padecen la rabia de Arrio, los unos, y los otros se apartaron
de la sana creencia por su poca moderación. Unos, y otros tienen el
nombre de cristianos; pero si alguno examinare sus dogmas, hallará
que aquéllos no son de mejores sentimientos que los judíos y que
difieren solamente en los nombres; y que los últimos tienen mucha
semejanza con la herejía de Paulo de Samosato; pero que todos se
hallan fuera del camino de la verdad.
Gran peligro hay aquí; angosto y estrecho es el camino y amenazado
por uno y otro lado de precipicios; y hay no poco que temer, que
queriendo herir al uno, no lo seas del otro. Porque si dijeres que es
una la divinidad, luego arrastra Sabelio este tu dicho a su modo loco
de pensar; y al contrario, si distingues, diciendo ser uno el
Padre, otro el Hijo, otro el Espíritu Santo, llega Arrio y
aplica la distinción de las Personas a la diversidad de la esencia.
Es, pues, necesario detestar y huir la impía confusión de aquél,
y la loca división de éste confesando ser una misma la divinidad del
Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo, añadiendo tres
Personas; porque de este modo podremos, como oponiendo un muro,
rebatir los asaltos del uno y del otro.
Yo podría decirte otros muchos encuentros, en los que si no combates
con todo valor y cuidado, no podrás retirarte de la pelea, sino
después de haber recibido mil heridas.
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