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¿Y quién podrá contar las contiendas de los domésticos, que no son
inferiores a los asaltos de los externos? Antes bien ocasionan mayor
trabajo y sudor a aquél que enseña; porque algunos, por demasiada
curiosidad inconsideradamente y sin reflexión, quieren indagar
aquellas cosas de que sabidas no se saca provecho alguno, ni tampoco es
posible saberlas.
Otros al contrario piden cuenta a Dios de sus juicios y pretenden
medir aquella inmensa profundidad cuando tus juicios, dice la
Escritura, son un gran abismo.
Y encontrarás pocos que cuiden de la fe y del modo de vivir; y por el
contrario, muchos empleados vanamente en escudriñar cosas, que no es
posible encontrar, y que no pueden buscarse sin ofensa de Dios.
Porque si pretendiéremos saber lo que Dios no ha querido que
sepamos, ni lo sabremos: (porque ¿cómo podrá ser esto si Dios no
quiere?) y lo que sacaremos de aquí, será solamente el peligro que
trae consigo el indagarlo. Pero con todo, siendo esto así, si
alguno con su autoridad cerrase la boca a los que se ocupan en
escudriñar estas cosas inexplicables, se granjearía un concepto de
soberbio y de ignorante. Por esto conviene usar aquí de una gran
prudencia, para que el prelado pueda apartarlos de cuestiones tan vanas
y se libre de las acusaciones sobredichas.
Ahora bien, para todas estas cosas no se ha dado algún otro socorro
que el de la palabra y si alguno careciere de esta facultad, las almas
de los que le son súbditos, hablo de los más enfermos y curiosos, no
se hallarán en mejor estado que los navíos agitados continuamente de
tempestades. Por esto debe el sacerdote hacer todo el esfuerzo posible
para adquirir esta facultad.
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