CAPÍTULO V

¿Y quién podrá contar las contiendas de los domésticos, que no son inferiores a los asaltos de los externos? Antes bien ocasionan mayor trabajo y sudor a aquél que enseña; porque algunos, por demasiada curiosidad inconsideradamente y sin reflexión, quieren indagar aquellas cosas de que sabidas no se saca provecho alguno, ni tampoco es posible saberlas.

Otros al contrario piden cuenta a Dios de sus juicios y pretenden medir aquella inmensa profundidad cuando tus juicios, dice la Escritura, son un gran abismo.

Y encontrarás pocos que cuiden de la fe y del modo de vivir; y por el contrario, muchos empleados vanamente en escudriñar cosas, que no es posible encontrar, y que no pueden buscarse sin ofensa de Dios. Porque si pretendiéremos saber lo que Dios no ha querido que sepamos, ni lo sabremos: (porque ¿cómo podrá ser esto si Dios no quiere?) y lo que sacaremos de aquí, será solamente el peligro que trae consigo el indagarlo. Pero con todo, siendo esto así, si alguno con su autoridad cerrase la boca a los que se ocupan en escudriñar estas cosas inexplicables, se granjearía un concepto de soberbio y de ignorante. Por esto conviene usar aquí de una gran prudencia, para que el prelado pueda apartarlos de cuestiones tan vanas y se libre de las acusaciones sobredichas.

Ahora bien, para todas estas cosas no se ha dado algún otro socorro que el de la palabra y si alguno careciere de esta facultad, las almas de los que le son súbditos, hablo de los más enfermos y curiosos, no se hallarán en mejor estado que los navíos agitados continuamente de tempestades. Por esto debe el sacerdote hacer todo el esfuerzo posible para adquirir esta facultad.




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