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¿Por qué, pues, dijo Basilio, no se cuidó San Pablo de
aplicarse a esta virtud? pues no se avergüenza de la pobreza de su
elocuencia, sino que confiesa claramente ser un idiota. Y esto
escribiendo a los de Corinto que eran admirados por su elocuencia y que
se gloriaban de ella en extremo.
Crisóstomo: Esto mismo es, respondí yo, lo que ha perdido a
muchos y los ha hecho descuidados para que se instruyesen en la
verdadera doctrina; porque no habiendo podido enteramente penetrar la
profundidad del sentimiento de San Pablo, ni entender el sentido de
las palabras, permanecieron toda su vida sumergidos en el sueño y en
la omisión, abrazando esta ignorancia; no ya aquélla de que dice
San Pablo ser comprendido, sino otra, de que estuvo tan lejos como
lo puede estar otro hombre de los que viven debajo de este cielo.
Pero cortemos por un rato este discurso. Yo entretanto digo esto:
concedamos que fuese idiota en la parte que estos pretenden; ¿qué
tiene esto que hacer con los hombres que al presente conocemos?
Porque tuvo otra facultad mucho más eficaz que la palabra y capaz de
obrar cosas mayores. Con sólo presentarse y permanecer en silencio
era terrible a los demonios; y si en el tiempo presente se juntasen
todos los hombres con mil oraciones y lágrimas no tendrían la eficacia
que en otro tiempo tuvo el ceñidor de San Pablo. Sólo con ponerse
a orar, resucitaba los muertos, y obraba tales prodigios que los
gentiles le tuvieron por un Dios; y antes de salir de esta vida,
mereció ser arrebatado hasta el tercer cielo y ser participante de
palabras, que no es lícito oír a la humana naturaleza.
Pero los que viven ahora... No quiero decir cosa que parezca dura u
odiosa; ni digo estas cosas por insultarles, sino solamente admirado
de que no les cause empacho el pretender compararse con un hombre de
esta clase. Porque si, dejando a un lado los milagros, pasamos a
contemplar la vida de aquel hombre bienaventurado, y buscamos con
atención sus angélicas costumbres, conocerás que este atleta de
Cristo conseguía más victorias con esta que con los milagros.
¿Quién podrá contar su celo, su mansedumbre, los continuos
peligros, los frecuentes cuidados y afanes por amor de la Iglesia, la
compasión por los enfermos, las muchas tribulaciones, las siempre
nuevas persecuciones, las muertes cotidianas? ¿Y cuál es el lugar
del mundo habitado, qué tierra firme, o qué mar, adonde no haya
penetrado la noticia de los combates de aquel hombre justo? Le ha
conocido aun la tierra que no se habita, pues le recibió muchas veces
en sus peligros y sufrió todo género de asechanzas, y por todo camino
llegó a la victoria, no conociendo el fin de combatir, ni de
triunfar.
Pero yo no sé cómo me he dejado insensiblemente llevar a hacer a tal
hombre una injuria como esta. Porque sus obras ilustres son sobre toda
oración; y exceden tanto la mía, cuanto me exceden los que
sobresalen en la elocuencia. Con todo, ni aun por esto (porque aquel
hombre no me juzgará por el buen o mal suceso, sino por mi sana
intención) cortaré mi discurso hasta haber dicho lo que es tanto
mayor que todo lo que queda referido, cuanto él es superior a todos
los hombres. ¿Cuál, pues, es esto? después de hechos tan
ilustres, después de mil coronas, deseaba ir al infierno y ser
entregado a una pena eterna, a trueque de que se salvasen y uniesen con
Cristo los judíos, que muchas veces, cuanto estuvo de su parte, le
habían apedreado y dado la muerte. ¿Quién es el que ha amado de
este modo a Jesucristo? si es que este debe llamarse amor, y no
alguna otra cosa más excelente que amor. ¿Y nos atreveremos aun a
comparar con él, después de haber tenido de lo alto tanta gracia?
¿después de tan grande virtud que manifestó de su parte? ¿Y qué
cosa puede haber más temeraria?
Pero procuraré demostrar también aquí, que no fue tan idiota como
éstos tales pretenden. Llaman éstos idiota, no solamente a aquél
que no está ejercitado en los encantos de la elocuencia del siglo,
sino también al que no sabe combatir por los dogmas de la verdad. Y
piensan bien, pero San Pablo no dice ser idiota en las dos cosas,
sino solamente en una. Y para confirmar esto, hizo una cuidadosa
distinción, diciendo ser idiota, no en el conocimiento, sino en la
palabra. Ahora bien, si yo aquí pidiese la dulzura de Isócrates,
la vehemencia de Demóstenes, la gravedad de Tucídides y la
sublimidad de Platón, podrían en tal caso citarme el presente
testimonio de San Pablo. Pero yo dejo a un lado todas estas cosas,
y el escrupuloso y buscado ornato de los paganos ni me cuido de la
frase, ni de la elocución.
Y se conceda también la pobreza de la oración, y la composición
sencilla y desnuda de las voces; solamente no se encuentre algún
idiota en el conocimiento exacto de los dogmas, ni tampoco para ocultar
su descuido y omisión, quiera defraudar a aquel hombre bienaventurado
del mayor de los bienes y de la principal de sus alabanzas.
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