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¿Cómo, dime, te ruego, confundió a los judíos que habitaban en
Damasco, cuando aún no había comenzado a hacer milagros? ¿cómo
abatió el orgullo de los helenistas? ¿Por qué fue desterrado a
Tarso? ¿Acaso no sucedió esto por haberlos vencido a fuerza de
discurso y porque los estrechó de tal suerte, que no pudiendo sufrir
ser vencidos, se irritaron hasta querer darle muerte? En esta
ocasión aún no había comenzado a hacer milagros; ni alguno podría
alegar que el pueblo le tuvo por un hombre prodigioso por la fama de sus
maravillas, y que los que combatían con él quedaban oprimidos de la
reputación que tenía; porque hasta entonces sólo vencía con la
razón y el discurso. ¿Y con qué armas combatió y disputó con los
que querían judaizar en Antioquía? ¿Y aquel areopagita, ciudadano
de aquella ciudad supersticiosísima, no le siguió juntamente con su
mujer, atraídos solamente de un sermón que le oyeron? ¿Y
Eutiquio, cómo cayó de la ventana? ¿no fue porque se detuvo hasta
muy entrada la noche a escuchar su doctrina y razonamientos? ¿qué
diré yo en Tesalónica y en Corinto? ¿qué en Efeso, y en la
misma ciudad de Roma? ¿no empleó noches y días enteros, y
continuados en exponer las Escrituras? ¿quién podrá contar sus
disputas con los epicúreos y con los estoicos? Sería alargar mucho
nuestra oración, si quisiéramos referir aquí todas las cosas.
Ahora, pues, siendo manifiesto que antes de sus milagros, y en medio
de ellos se sirvió mucho de la palabra, ¿cómo se atreverán a llamar
idiota a aquél que principalmente fue admirado de todos por sus
disputas y por sus sermones? ¿Y por qué los de Lycaonia creyeron
que era Mercurio? El que fuesen juzgados dioses los apóstoles, lo
hicieron los milagros: pero que Pablo fuese creído Mercurio, no fue
por los milagros, sino por la elocuencia.
¿Y por qué tuvo esta prerrogativa entre los demás este hombre
santo? ¿y de dónde viene, que por toda la tierra se halle tan
frecuentemente en la boca de todos? ¿de dónde, que no solamente de
nosotros, sino también de los judíos y gentiles sea admirado más que
todos? ¿no es esto por la fuerza y eficacia de sus cartas? por la que
no sólo a los fieles que vivieron entonces, sino también a los que
han vivido desde aquel tiempo hasta el día de hoy, y a los que
vivirán hasta la venida de Cristo, ha traído y traerá utilidad, y
no cesará de traerla, mientras durare la generación de los hombres.
Porque así como un muro de diamante, así sus cartas fortifican todas
las iglesias del mundo; y él, a semejanza de un valerosísimo
combatiente, permanece aún firme en medio, esclavizando todo
entendimiento a la obediencia de Cristo y destruyendo todos los
discursos, y todo lo que quiere levantarse contra el conocimiento de
Dios. Todas estas cosas obra por medio de aquellas cartas
maravillosas, llenas de divina sabiduría, que nos ha dejado. Y no
solamente nos sirven sus escritos para destruir las doctrinas espurias,
y para confirmar las legítimas, sino también principalmente
contribuyen para arreglar bien la vida. Porque aun ahora, valiéndose
de estas los prelados de las iglesias, componen y forman aquella virgen
casta que él había adornado para Cristo, y la conducen a la
espiritual belleza; con estas la preservan de las enfermedades que la
asaltan, y le conservan la salud que ha recobrado. Tales medicinas,
y de tal eficacia nos dejó aquel idiota, de las cuales saben bien la
prueba los que las aplican con frecuencia. Y que él en esta parte
haya puesto mucha atención, se ve manifiestamente de lo que se sigue.
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