CAPÍTULO VII

¿Cómo, dime, te ruego, confundió a los judíos que habitaban en Damasco, cuando aún no había comenzado a hacer milagros? ¿cómo abatió el orgullo de los helenistas? ¿Por qué fue desterrado a Tarso? ¿Acaso no sucedió esto por haberlos vencido a fuerza de discurso y porque los estrechó de tal suerte, que no pudiendo sufrir ser vencidos, se irritaron hasta querer darle muerte? En esta ocasión aún no había comenzado a hacer milagros; ni alguno podría alegar que el pueblo le tuvo por un hombre prodigioso por la fama de sus maravillas, y que los que combatían con él quedaban oprimidos de la reputación que tenía; porque hasta entonces sólo vencía con la razón y el discurso. ¿Y con qué armas combatió y disputó con los que querían judaizar en Antioquía? ¿Y aquel areopagita, ciudadano de aquella ciudad supersticiosísima, no le siguió juntamente con su mujer, atraídos solamente de un sermón que le oyeron? ¿Y Eutiquio, cómo cayó de la ventana? ¿no fue porque se detuvo hasta muy entrada la noche a escuchar su doctrina y razonamientos? ¿qué diré yo en Tesalónica y en Corinto? ¿qué en Efeso, y en la misma ciudad de Roma? ¿no empleó noches y días enteros, y continuados en exponer las Escrituras? ¿quién podrá contar sus disputas con los epicúreos y con los estoicos? Sería alargar mucho nuestra oración, si quisiéramos referir aquí todas las cosas. Ahora, pues, siendo manifiesto que antes de sus milagros, y en medio de ellos se sirvió mucho de la palabra, ¿cómo se atreverán a llamar idiota a aquél que principalmente fue admirado de todos por sus disputas y por sus sermones? ¿Y por qué los de Lycaonia creyeron que era Mercurio? El que fuesen juzgados dioses los apóstoles, lo hicieron los milagros: pero que Pablo fuese creído Mercurio, no fue por los milagros, sino por la elocuencia.

¿Y por qué tuvo esta prerrogativa entre los demás este hombre santo? ¿y de dónde viene, que por toda la tierra se halle tan frecuentemente en la boca de todos? ¿de dónde, que no solamente de nosotros, sino también de los judíos y gentiles sea admirado más que todos? ¿no es esto por la fuerza y eficacia de sus cartas? por la que no sólo a los fieles que vivieron entonces, sino también a los que han vivido desde aquel tiempo hasta el día de hoy, y a los que vivirán hasta la venida de Cristo, ha traído y traerá utilidad, y no cesará de traerla, mientras durare la generación de los hombres.

Porque así como un muro de diamante, así sus cartas fortifican todas las iglesias del mundo; y él, a semejanza de un valerosísimo combatiente, permanece aún firme en medio, esclavizando todo entendimiento a la obediencia de Cristo y destruyendo todos los discursos, y todo lo que quiere levantarse contra el conocimiento de Dios. Todas estas cosas obra por medio de aquellas cartas maravillosas, llenas de divina sabiduría, que nos ha dejado. Y no solamente nos sirven sus escritos para destruir las doctrinas espurias, y para confirmar las legítimas, sino también principalmente contribuyen para arreglar bien la vida. Porque aun ahora, valiéndose de estas los prelados de las iglesias, componen y forman aquella virgen casta que él había adornado para Cristo, y la conducen a la espiritual belleza; con estas la preservan de las enfermedades que la asaltan, y le conservan la salud que ha recobrado. Tales medicinas, y de tal eficacia nos dejó aquel idiota, de las cuales saben bien la prueba los que las aplican con frecuencia. Y que él en esta parte haya puesto mucha atención, se ve manifiestamente de lo que se sigue.




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