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Cuando se mueve una disputa sobre los dogmas, y todos se defienden con
las mismas Escrituras, ¿qué fuerza podrá tener la vida en esta
ocasión? ¿Cuál podrá ser la utilidad de muchos sudores, si
después de tantas fatigas, habiendo caído alguno por grande
ignorancia en herejía, fuese cortado del cuerpo de la iglesia? Esto
sé que ha sucedido a muchos. ¿Qué provecho puede venir a éste de
la paciencia? Ninguno, así como no es de provecho alguno la fe sana
cuando la vida es mala.
Por esto, pues, debe tener una gran práctica en todas estas
batallas, aquél a quien tocó por suerte el enseñar a los otros;
porque aunque él permaneciere en seguridad y no reciba daño de los que
contradicen; con todo, el vulgo de los más simples, que le está
subordinado, si ve vencido a su jefe, y que no tiene que responder a
los que le contradicen, no carga la culpa de esta pérdida a la
debilidad de éste, sino al vicio de los dogmas. Y por la ignorancia
de uno solo, todo un pueblo es conducido a la última ruina. Porque
aunque enteramente no se inclinen al partido de los contrarios; con
todo, se ven obligados a dudar de aquéllos en quienes debían tener
puesta su confianza; y no pueden estar atentos con la misma firmeza a
aquéllos en quienes se habían apoyado con fe entera; antes bien se
introduce en sus ánimos una tempestad tan grande, por haber sido
vencido el Maestro, que el mal viene finalmente a terminar en un
naufragio.
Cuánta, pues, sea la perdición, y cuánto aquel fuego que se
amontona sobre la cabeza de este infeliz, por cada uno de aquéllos que
se pierden, tú no tendrás necesidad de aprenderlo de mí, sabiendo
tú mismo muy bien todas estas cosas.
Dime ahora: ¿se me culpará de soberbia o de vanagloria, porque no
quise ser causa a tantos de su perdición, ni procurar a mi mismo un
castigo mayor del que tal vez me está allá reservado? ¿Y quién
podría decir una cosa como ésta? Ninguno; sino es aquél que quiera
neciamente acusarme y hacer del filósofo en los males ajenos.
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