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Me parece haber mostrado bastante, cuánta es la experiencia que debe
tener un obispo para entrar en los combates por defensa de la verdad.
Pero fuera de esto, tengo que añadir otra cosa, la cual es causa de
mil peligros; o por mejor decir, no es esta la causa, sino aquéllos
que no saben usar bien de ella. De esta resulta la salud y otros
muchos bienes, cuando se halla en hombres adornados de bondad y de
diligencia. ¿Cuál pues es ésta? es el grande trabajo, y atención
que debe emplearse en los sermones que se tienen públicamente al
pueblo.
Porque en primer lugar, la mayor parte de los súbditos no quiere
escuchar a los predicadores como a maestros; sino que excediendo la
condición de discípulos, se sientan a oírles como si se sentaran a
ver unos espectáculos profanos. Y así como en aquéllos se divide el
pueblo, y quién se inclina a éste, y quién a aquél; así también
aquí divididos, unos favorecen a uno, otros a otro, y escuchan el
sermón prevenidos de odio, o de favor.
Ni se encuentra aquí sola esta molestia, sino otra nada inferior;
porque si sucede que alguno de los predicadores entreteje en sus
razonamientos alguna cosa que otros han trabajado, tiene que sufrir
más villanías que los que han robado algún dinero. Y aun no pocas
veces sucede, que este tal, no habiendo tomado cosa alguna de otro,
sino solamente porque se sospecha, que lo hace, le sucede lo mismo que
a los que han cogido con el hurto en las manos.
¿Pero qué hablo yo de lo que otros han trabajado? No le es lícito
valerse frecuentemente de sus propios descubrimientos, porque la mayor
parte suele acudir al sermón, no para aprovecharse de él, sino para
divertirse, sentándose a ser como jueces de unos representantes de
tragedia, o de unos músicos de cítara. Y aquella fuerza de
oración, que poco antes hemos excluido, es aquí tan deseada, como
puede serlo de los mismos Sofistas, cuando se ven precisados a
disputar entre sí.
Por tanto, se necesita también en esta parte un ánimo fuerte, y que
exceda en mucho esta flaqueza, para refrenar el desordenado e inútil
gusto de la muchedumbre, y para poder reducir a lo más útil al
auditorio, para que el pueblo le siga, ceda a sus discursos, y él no
se deje llevar, ni se acomode a los caprichos de un vulgo. Pero esto
no puede conseguirse sin dos cosas; es a saber, el desprecio de las
alabanzas y la facultad de hablar. Porque si falta la una, es inútil
la que queda, por estar separada de la otra.
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