CAPÍTULO II

Y si despreciando las alabanzas, no propone la doctrina con gracia y sazonada de sal, se granjeará el desprecio de la mayor parte, no sacando utilidad alguna de aquella superioridad de ánimo. Y si cumpliendo bien en esta parte, tiene la flaqueza de dejarse llevar de vanagloria por los aplausos, resulta el mismo daño a él, y a quien le escucha, acomodando el sermón por ambición de alabanza, más al paladar, que a la utilidad de sus oyentes.

Y así como aquél a quien no mueven los aplausos, pero que no sabe hablar, no se acomoda al gusto del pueblo, ni puede traerle, por faltarle la facundia, alguna utilidad considerable; así aquél a quien arrastra el deseo de ser alabado, aunque tenga con que poder mejorar a sus oyentes, quiere más en cambio de aquellas alabanzas, ofrecerles cosas que puedan lisonjear su gusto, comprando con el precio de éstas el estruendo de los aplausos.




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