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Y si despreciando las alabanzas, no propone la doctrina con gracia y
sazonada de sal, se granjeará el desprecio de la mayor parte, no
sacando utilidad alguna de aquella superioridad de ánimo. Y si
cumpliendo bien en esta parte, tiene la flaqueza de dejarse llevar de
vanagloria por los aplausos, resulta el mismo daño a él, y a quien
le escucha, acomodando el sermón por ambición de alabanza, más al
paladar, que a la utilidad de sus oyentes.
Y así como aquél a quien no mueven los aplausos, pero que no sabe
hablar, no se acomoda al gusto del pueblo, ni puede traerle, por
faltarle la facundia, alguna utilidad considerable; así aquél a
quien arrastra el deseo de ser alabado, aunque tenga con que poder
mejorar a sus oyentes, quiere más en cambio de aquellas alabanzas,
ofrecerles cosas que puedan lisonjear su gusto, comprando con el precio
de éstas el estruendo de los aplausos.
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