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Es necesario, pues, que el que gobierna un pueblo sobresalga en estas
dos partes, para que la una no sea destruida de la otra; porque si
presentándose en un público dice cosas que pueden muy bien contener a
los que viven descuidadamente, y después se queda sin poder proseguir
el discurso, y se ve obligado a que su rostro se cubra de vergüenza
porque le faltan las palabras, en aquel punto se pierde todo el fruto
que podían dar las cosas que ha dicho. Aquéllos que han sido
reprendidos, sintiendo lo que oyeron, y no pudiendo vengarse de él de
otra suerte, le comienzan a motejar de ignorante, creyendo ocultar de
este modo sus oprobios.
Por tanto, conviene que a semejanza de un buen cochero, tenga una
práctica muy cumplida de estas dos prendas; de modo que pueda usar de
ellas como convenga. Porque si su conducta apareciere para con todos
irreprensible, podrá en tal caso, con cuanta libertad gustare,
acortar o soltar la rienda a los que le están subordinados; pero sin
esto, no le será muy fácil el hacerlo. Ni basta solamente mostrar
aquella superioridad de ánimo hasta el desprecio de las alabanzas,
sino que es necesario llevarla más adelante para que nuevamente no se
pierda el fruto.
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