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¿Qué otra cosa, pues, es la que se ha de despreciar? la envidia.
Y supuesto que un prelado se halla en la necesidad de estar sujeto a
sufrir reprensiones poco razonables, no es bien que sin medida tiemble
y se espante de semejantes calumnias intempestivas; las que ni tampoco
debe despreciar inconsideradamente. Conviene sí, aun cuando sean
falsas, y que provengan de gente de poco valer, procurar desvanecerlas
prontamente.
Verdaderamente, no hay cosa alguna que aumente tanto la buena, o mala
fama, como el vulgo descompuesto. Acostumbrado éste a oír y a
hablar sin discernimiento dice, sin reflexión, todo lo que le viene a
la boca, sin cuidarse de si es o no verdad. Por tanto, no debe
despreciarse la voz del vulgo; antes bien en el principio, y sin
perder tiempo, se han de cortar las malas sospechas, persuadiendo a
los acusadores, aunque fuesen los más irracionales de todo el mundo,
sin omitir alguna cosa de las que puedan conducir para destruir la mala
opinión. Cuando hecho todo esto de nuestra parte, no quieren volver
en sí los calumniadores, entonces viene bien el no hacer aprecio de
ellos; porque si alguno por semejantes accidentes abatiere su
espíritu, no podrá producir cosa que aparezca dimanada de un ánimo
generoso o digno de admiración. Porque la tristeza y el permanecer
fijo constantemente con el pensamiento en una cosa tienen mucha fuerza
para abatir el vigor del ánimo y reducirlo a una extrema debilidad.
Debe, pues, el sacerdote portarse con sus súbditos del mismo modo
que un padre se portaría con sus hijos cuando son aún muy tiernos. Y
así como no nos movemos considerablemente por sus insolencias, ni
cuando nos hieren, o cuando lloran, como tampoco recibimos algún
placer excesivo de sus risas, o caricias; así también conviene que
no nos envanezcamos oyendo que nos alaban; ni abatirnos por sus
calumnias, cuando son fuera de propósito.
Difícil cosa es esta, ¡oh bienaventurado! o tal vez imposible,
según yo entiendo; porque dejar de alegrarse un hombre cuando oye sus
alabanzas, no sé si habrá sucedido a alguno. Aquél, pues, que se
alegra de oírlas, es natural que desee también gozarlas; y quien
desea gozarlas, es necesario por una forzosa consecuencia, que se
consuma y entristezca, si no consigue esto.
Así como los que se regocijan con las riquezas, si vienen a caer en
pobreza, lo sienten; y los que están acostumbrados a vivir en medio
de las delicias, no pueden ajustarse a hacer una vida frugal; así los
que aman ser alabados, no sólo cuando son reprendidos sin razón,
sino aun cuando continuamente no oyen sus elogios, casi como consumidos
de una cierta hambre, se destruyen el ánimo; y particularmente si se
han criado en medio de ellos, o si oyen alabar a otros en su
presencia. Por tanto, aquél que con este deseo pasare a dar muestras
de su doctrina, ¿cuántas molestias y cuántos dolores crees tú que
pasará? Ni el mar puede hallarse jamás sin olas, ni tampoco su
ánimo dejar de ser agitado de varios pensamientos y afanes.
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