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Pero aun cuando tenga una gran facilidad en el decir (lo que a la
verdad se encuentra en pocos), no por esto queda libre de trabajar
continuamente. Siendo la elocuencia obra, no de la naturaleza, sino
de la doctrina, aun cuando alguno llegue a lo sumo de ella, si no
aplica un continuo estudio y ejercicio a esta facultad será abandonado
de ella fácilmente. De modo, que los más sabios, tienen que
trabajar más que los menos doctos; porque no es igual la pérdida de
los unos y de los otros, si fueren descuidados en esto; antes bien es
tanto mayor, cuanta es la diferencia que hay entre la pericia de los
unos y de los otros.
Y si aquéllos no ofrecen cosa que sea de consideración, no por esto
habrá quien los reprenda; pero si estos no dan de sí siempre cosas
superiores a aquella opinión que se tiene de ellos, les siguen muchas
quejas de parte de todos. Fuera de esto, aquéllos, aun en cosas de
poca monta, pueden conseguir grandes alabanzas; pero las de éstos,
si no fueren hasta lo sumo maravillosas y estupendas, no solo quedan
privados de alabanzas, sino que encuentran muchos que los reprenden.
Los oyentes se sientan como jueces, no tanto de las cosas que dicen
los oradores, como de la opinión que se tiene de ellos. De modo que
si alguno sobresale en elocuencia sobre todos los otros, a éste le
queda que trabajar mucho más que a todos los otros. No le es
permitido aparecer sujeto a lo que está la naturaleza humana; esto
es, el no poder bastar para todo; antes bien, si no corresponde la
oración al concepto que se tiene de él, se retirará de la presencia
del pueblo después de haber oído mil motes y reprensiones.
Y ninguno entra a pensar dentro de sí mismo, que sobreviniéndole
alguna tristeza, afán, o cuidado, y no pocas veces alguna
indignación, le habrá ofuscado la claridad del entendimiento y no le
habrá permitido que se manifestasen sinceros a la luz pública sus
partos. Y que generalmente hablando, el hombre no puede ser siempre
el mismo, ni salir bien en todas las cosas que dice; sino que le es
natural el errar alguna vez y manifestarse inferior a su propia facultad
y virtud.
Ninguna de estas cosas, como dejo dicho, quieren reflexionar estos
tales, sino que lo acusan del mismo modo que si juzgaran a un Ángel.
Se junta a todo esto, el ser natural al hombre, el perder de vista
las acciones excelentes del prójimo, por muchas y grandes que sean.
Pero por el contrario, si se descubre alguna falta, por ligera que
sea, y aunque haya acaecido mucho tiempo antes, la advierte
prontamente y la reprende, teniéndola fija en la memoria. Y
semejante falta de poquísima consideración ha disminuido, no pocas
veces, la gloria de muchos y grandes hombres.
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