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¡Ves, oh valeroso, cuánto mayor estudio, y con el estudio,
cuánta mayor paciencia necesita el que sobresale en elocuencia entre
los otros, que aquéllos de quien antes te hablaba! Son muchos los
que sin motivo alguno, y sin cesar, le asaltan, no teniendo de qué
acusarle, sino solamente por el sinsabor que experimentan de que esté
tan bien opinado de todos; debiendo él tolerar con un ánimo generoso
la áspera envidia de estos tales. Porque no pudiendo ocultar este
odio execrable, que sin causa alguna tienen reconcentrado en su
corazón, motejan, vituperan y calumnian escondidamente, manifestando
sin rebozo su perversa inclinación.
Ahora, pues, un alma, que por cada una de estas cosas comienza a
entristecerse y a condolerse, no hará otra cosa, sino consumirse de
dolor y de pena.
Y no solamente le hacen estos tiros por sí mismos, sino que procuran
valerse de otros para hacer lo mismo. Y muchas veces escogiendo uno,
que le es muy inferior en la elocuencia, le alaban hasta los cielos y
lo admiran sobre sus méritos: haciendo esto unos sólo por capricho,
y otros por ignorancia y envidia, para echar por tierra su
reputación, y no precisamente con la mira de que aparezca digno de
admiración el que no lo es.
Y este hombre valeroso, no sólo tiene que combatir con esta casta de
gente, sino frecuentemente aun con la ignorancia de todo un pueblo.
No es posible que todos los que concurren, formen un congreso de
hombres doctos; antes por el contrario, sucede ordinariamente que se
componga por la mayor parte de gente idiota. Y los demás, aunque
sean más prudentes que aquéllos, con todo, son tan inferiores a los
que pueden dar su juicio en materia de elocuencia, cuanto todo el resto
de los demás son inferiores a ellos; se sientan solamente uno o dos
que poseen esta facultad. De donde resulta que aquél que dice mejor,
lleva los menores aplausos y que alguna vez se retire sin recibir alguna
alabanza.
Ahora, pues, conviene prepararse generosamente para sufrir todas
estas desigualdades, y para perdonar a quien hace esto por ignorancia,
y compadecer y llorar a los que lo hacen movidos de envidia como
desdichados y dignos de compasión; sin creer, que su habilidad ha
padecido disminución, ni menoscabo por los unos, ni por los otros.
Un excelente pintor que sobresale entre todos los otros, aunque vea
ser censurada por gente ignorante una figura que ha pintado con el mayor
esmero, no por esto debe descaecer de ánimo, ni juzgarla mala por el
juicio de personas que no lo entienden; como tampoco tener por digna de
aprecio, y por bien hecha, una pintura, que en la realidad lo está
mal, por la admiración que excita en los que no la entienden.
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