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Un artífice excelente debe ser por sí mismo juez de sus obras, y
tenerlas por feas o por hermosas cuando el mismo entendimiento que las
produjo lo sentenciare así; y por lo que toca a la opinión errónea
de los otros, y a su poca pericia en el arte, no debe, ni aun darla
asiento en su ánimo.
Aquél, pues, que tomó a su cargo el trabajo de enseñar, no
atienda a las aclamaciones de los otros, ni por faltar éstas, abata
su ánimo; sino que trabaje siempre sus discursos con el fin de agradar
a Dios (esto sin duda ha de serle la sola regla, y el término de su
mayor atención en trabajarlas, no las aclamaciones, ni los
aplausos), y si es alabado de los hombres, no deseche sus elogios; y
si los oyentes no le aplauden, no por esto lo pretenda, ni se
entristezca. Por lo que toca a él, tiene por suficiente consuelo de
sus fatigas, y mayor que todos los otros, cuando no le falta el
testimonio de la conciencia, de que ha compuesto y trabajado su
oración con el fin de agradar a Dios.
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