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En el mismo punto en que le sorprenda el deseo de estas indiscretas
alabanzas, de nada le aprovechan sus muchas fatigas, ni la facultad de
su elocuencia porque un ánimo que no puede sufrir las necias
reprensiones del vulgo, se relaja fácilmente y abandona el estudio.
Por esto conviene, que sobre todo se halle bien instruido en
despreciar las alabanzas; porque sin esto, el solo saber hablar bien,
no basta para conservar esta facultad.
Si alguno, pues, quisiere hacer un diligente examen, de otro que se
halla escasamente adornado de esta habilidad, encontrará que le es
igualmente necesario a él, que al otro, el despreciar las alabanzas.
Porque se verá en la precisión de incurrir en muchos errores, si se
deja vencer por la opinión del vulgo; de donde hallándose sin fuerzas
para poder igualar a los que son celebrados por su elocuencia, no
tendrá dificultad en ponerles asechanzas, en envidiarles y censurarles
temerariamente, y en cometer otras ruindades semejantes. No dejará
piedra por mover, aunque sea necesario perder su alma, como logre
reducir la opinión de aquéllos a la humildad de su pequeñez.
A lo que se junta, que apoderándose de su ánimo una torpeza,
abandonará aquellos sudores que traen consigo alguna fatiga. El
aplicarse mucho al trabajo, recogiendo de esto una muy corta alabanza,
es bastante para abatir y hacer caer en un profundo sueño a aquél que
no sabe despreciar las alabanzas. Del mismo modo que un labrador
cuando trabaja en un terreno estéril, y se ve obligado a labrar las
piedras, se aparta pronto del trabajo, si no es que tenga una grande
inclinación a la fatiga, o que por otra parte le amenace el hambre.
Y si aquéllos que poseen un gran caudal de elocuencia, tienen
necesidad de tanto ejercicio para conservarse en la posesión; aquél
que no ha recogido cosa alguna, sino que en el mismo tiempo de las
disputas se ve obligado a meditar; ¿qué dificultad no hallará,
cuánta inquietud, cuánta turbación para poder recoger alguna cosa a
costa de mucho trabajo?
Y si alguno de aquéllos que están después de él, y a quienes cupo
un orden inferior, puede brillar más en esta parte, se requiere un
ánimo casi divino para que no le sorprenda la envidia y para no caer en
tristeza. Para uno que se halla constituido en mayor dignidad, el ser
vencido por los inferiores y tolerar esto con un ánimo generoso, no es
cosa para un ánimo vulgar, ni para el nuestro, sino para uno hecho de
diamante. Y si aquél que le excede en la fama, es un hombre justo y
moderado, el mal es de algún modo tolerable; pero si es atrevido,
arrogante y sediento de gloria es cosa de que cada día le desee la
muerte y le amargue la vida insultándolo en público, mofándolo en
oculto, defraudándolo y apoyándose, cuanto pueda, en su autoridad.
El quiere sólo ser el todo; y para asegurarse más todas estas cosas
tiene de su parte la libertad en el hablar, el favor del pueblo y el
amor de todos los súbditos.
¿Por ventura, no ves cuán grande es el amor de la elocuencia, que
vergonzosamente se ha apoderado, al presente, del corazón de los
cristianos, y que son honrados sobre todos, aquéllos que la
cultivan, no sólo de los extraños, sino también de los domésticos
de la fe? ¿Cómo, pues, podrá sufrir uno tan gran vergüenza,
como la de que hablando él, callan todos y juzgan ser molestados,
esperando el fin de la oración como un descanso de su fatiga?; y
haciendo un discurso su antagonista, por largo que sea, lo oyen con
gusto y cuando está para concluirlo manifiestan impaciencia y queriendo
callar, se conmueven y alteran. Estas cosas, aunque ahora, por tu
falta de experiencia te parezcan de poca consideración y dignas de
desprecio; son bastantes para amortiguar el ardor del ánimo y relajar
su vigor, a no ser que apartando de él todos los afectos humanos,
procure hacerse semejante a las potestades incorpóreas; que ni se
dejan sorprender de envidia, ni del amor de la gloria, ni de otra
semejante enfermedad.
Si hay, pues, entre los hombres alguno de tal calidad que pueda pisar
esta indómita, inexpugnable y fiera bestia de la gloria popular y
cortar sus muchas cabezas, o por mejor decir, hacer de modo que no
nazcan, éste tal podrá fácilmente rechazar estos muchos asaltos y
gozar como de un tranquilo puerto.
Pero aquél que no se halla libre de semejante bestia, introduce en su
ánimo una guerra variada, un continuo tumulto, un tropel de tristezas
y de otras pasiones. ¿Pero para qué proseguir, contando las otras
dificultades? las cuales no podrá referir, ni saber, sino aquél que
se hubiese hallado en medio de los mismos negocios.
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