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Las cosas de la vida presente, pasan de este modo que has oído; pero
las de la otra venidera, ¿cómo podremos sufrirlas, cuando nos
viéremos obligados a dar cuenta por cada uno de aquéllos que nos
hubieren sido encomendados? porque la pena no se ciñe a la
vergüenza, sino que a ésta se sigue un castigo eterno. Aquellas
palabras:
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"Obedeced a vuestros pastores, y estadles
sujetos, porque ellos velan por vuestras almas, como los que deben dar
cuenta de ellas";
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aunque ya las dejo tocadas arriba, con todo, no
las pasaré ahora en silencio, porque el temor de esta amenaza me
perturba el ánimo continuamente. Y verdaderamente, si el que
escandaliza a uno, aunque sea de los más pequeños, es conveniente,
que atándole al cuello una piedra de molino sea sumergido en el mar (Mt 18, 6);
y si todos los que ofenden la conciencia de sus hermanos, pecan contra el
mismo Cristo, ¿qué padecerán, y qué pena sufrirán aquéllos que
son causa de la perdición, no de una, de dos, o tres personas, sino
de tanta muchedumbre? No se puede alegar aquí la excusa de la
impericia, ni recurrir a la ignorancia, ni dar por pretexto la
necesidad y la fuerza. Mucho mejor podría un súbdito, si le fuese
permitido, valerse de este refugio en sus propios pecados, que los
prelados en los pecados de los otros. ¿Y por qué esto? porque
aquél que está puesto para corregir las ignorancias del prójimo y
para avisarle con tiempo que se acerca la guerra del demonio, no podrá
dar por pretexto la ignorancia, ni decir:
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"Yo no he oído la
trompeta, yo no he previsto la guerra";
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pues está sentado, como
dice Ezequiel (Ez 33, 3), para tocar la trompeta a los otros y para
advertirles de antemano los desastres que pueden ocurrir.
Por lo que será inevitable el castigo, aunque sólo sea uno el que se
pierda. Porque si viniendo la espada, no se toca al pueblo la
trompeta, y el que está de atalaya (dice el profeta) no diere la
señal; y venida la espada, cogiere un alma por causa de su
iniquidad, yo buscaré y pediré su sangre de la mano del que debe
estar en vela.
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