|
No creas que pretendo yo aquí exagerar esto con mi oración, ni
juzgues que son grandes las cosas que dejo dichas; porque encerrados en
este cuerpo como en una cárcel, no podemos ver nada de las cosas
invisibles. Verías ciertamente una batalla mucho mayor, y más
terrible, si pudieras ver con tus ojos los tenebrosos escuadrones del
demonio y el furioso combate. Allí no hay cobre, ni hierro, ni
caballos, ni carros, ni ruedas, ni fuego, ni dardos, ni otras cosas
de esta clase, que son visibles, sino otras máquinas mucho más
espantosas. No necesitan estos enemigos de coraza, ni de escudo, ni
de espadas, ni de picas; pero basta sólo la vista de aquel ejército
abominable para poner en consternación un alma no es muy generosa, y
que además de su propia fortaleza, no goce de una particular y gran
protección divina.
Y si fuese posible, que despojado de este cuerpo, o aunque fuese
dentro de él, pudieras ver claramente con seguridad y sin temor toda
la disposición de su ejército, y la guerra que nos hace, verías,
no arroyos de sangre, ni cuerpos muertos, sino tantos cadáveres de
almas, y heridas tan graves, que toda aquella descripción y aparato
de guerra que poco antes me has oído, la tendrías por una niñería,
y más bien por un juguete que por guerra. Tan grande es el número de
los que cada día quedan heridos; ni las heridas ocasionan un mismo
género de muerte; antes bien es tan grande la diferencia que hay entre
una y otra, cuanta es la distancia que se nota entre el cuerpo y el
alma. Cuando el alma ha recibido una herida, y ha caído, no queda
como el cuerpo, sin sentimiento; sino que aquí es atormentada y
afligida de la mala conciencia, y después cuando sale de este mundo,
según lo pide el juicio, es entregada a un castigo eterno. Y si
alguno no siente dolor de las heridas que recibe del demonio, se hace
el mal mucho más grave por una tal insensibilidad. Aquél que no
siente el golpe de la primera herida, fácilmente recibe la segunda, y
después la tercera; pues el maligno no deja de combatirnos en tiempo
alguno hasta el último aliento, cuando encuentra el alma descuidada y
que desprecia las primeras heridas.
Y si quieres informarte del modo con que dispone sus asaltos, los
encontrarás muy fuertes y variados. No hay alguno que sepa tantos
géneros de engaños y ardides, como aquel espíritu inmundo,
consistiendo en esto su mayor poder; ni alguno puede tener con sus más
fieros enemigos enemistad tan grande, como la que tiene aquel maligno
con la naturaleza humana.
Y si alguno quiere saber con cuánto ardor nos combate, sería cosa
ridícula el pretender compararlo con los hombres. Si haciendo
elección de las bestias más feroces y crueles, quisiere ponerlas al
lado de su furor, las hallará en su comparación más apacibles y
mansas; tan grande es la indignación que respira, cuando asalta a
nuestras almas.
Aquí entre nosotros es breve el tiempo de la batalla, y en este corto
espacio se dan muchas treguas porque la noche que sobreviene, el
cansancio de proseguir el alcance, el tiempo de tomar alimento, y
otras muchas ocasiones que naturalmente ocurren, suelen dar entretanto
al soldado algún reposo para poder despojarse de las armas, respirar
un rato, recobrarse con la comida y bebida, y tomar nuevamente sus
primeras fuerzas con otros accidentes semejantes.
Pero habiendo de pelear contra este maligno, nunca es lícito dejar
las armas, ni se puede tomar el sueño, para estar libre por todas
partes de sus heridas. Una de dos cosas ha de suceder necesariamente;
o caer y perderse despojado de las armas, o haber de estar siempre
armado y en centinela; porque él está siempre con su armada acechando
sin interrupción alguna nuestros descuidos, aplicando mayor cuidado a
nuestra perdición, que el que ponemos nosotros en nuestra salud.
Y el no ser visto por nosotros, y sus asaltos improvisos (cosas que
son la causa de infinitos males al que no está en continua vigilia)
hacen más dudoso el suceso de esta guerra que el de aquélla.
¿Y querías tú que yo fuese aquí el conductor de los soldados de
Cristo? Esto sería servir de capitán al demonio. Si el que tiene
obligación de poner en orden a los otros, y de pertrecharlos bien, es
el más impérito de todos y el más débil; y por falta de ciencia
entrega a los que le están encomendados, éste sirve de capitán más
bien al demonio que a Cristo.
¿Pero por qué suspiras? ¿por qué lloras? mis cosas al presente no
son dignas de llanto, sino antes bien de gozo y de alegría.
Pero no así las mías, respondió Basilio, sino dignas de eternas
lágrimas. Apenas he podido conocer hasta ahora, en qué males me has
metido. Yo vine a ti, para saber cómo debía responder, y qué
debía decir en tu nombre a los que te acusan; y tú me envías,
habiendo puesto sobre mí, en vez de un cuidado otro mayor. Yo ya no
me cuido de hablar en tu defensa con aquéllos; sino cómo he de poder
responder yo a Dios en defensa mía y de mis males. Te ruego, pues,
y te pido, si tienes algún cuidado de mis cosas, si hay algún
consuelo en Cristo, si algún alivio en nuestro amor, si hay
entrañas y sentimientos de compasión (pues sabes que tú mismo, más
que todos, me has conducido a este peligro) dame la mano, y con
aquellas palabras, y hechos que sean eficaces para corregirme, no
quieras, ni por un breve espacio de tiempo, abandonarme; antes bien
ahora mejor que antes, hazme participante de tu conversación.
Crisóstomo: Sonriéndome yo al oír esto: ¿qué auxilio, le
dije, podré yo darte, y qué socorro en un peso tan grave de cosas?
Pero pues tú lo quieres así, ten buen ánimo y confianza, amado
mío, porque yo no dejaré de asistirte y de consolarte, y no omitiré
cosa alguna, según mis fuerzas, todo aquel tiempo que te permitieren
respirar aquellos cuidados que suelen nacer de aquí.
Dicho esto, y llorando mucho más amargamente, se puso en pie; y yo
abrazándole, y aplicando mis labios a su cabeza, le acompañaba,
exhortándole a llevar generosamente lo que le había sucedido. Yo
confío, le dije, en Jesucristo, el cual te ha llamado y destinado
al gobierno de sus ovejas, que de este ministerio conseguirás tan gran
confianza, que aun cuando peligremos nosotros, nos recibirás en tu
eterno tabernáculo.
|
|