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Verdaderamente ha habido algunos, que habiendo escapado de aquellas
redes, han sido cogidos de otras cosas muy diferentes. El descuido
del semblante, el cabello descompuesto, el vestido sucio, el traje
desaliñado, la sencillez de costumbres, el razonar sin doblez, el
caminar sin afectación, la voz sin composición, el vivir en
pobreza, el verse despreciado, y no tener alguno en su defensa, y la
soledad misma, movieron al principio a compasión a aquél que las
registraba; pero después lo condujeron a la última ruina.
Y muchos que escaparon de las primeras redes; esto es, de los adornos
de oro, de los ungüentos, de los vestidos y de otras cosas que dejo
dichas, fácilmente han caído en éstas, tan diferentes de
aquéllas, y se han perdido. ¿Cuándo, pues, igualmente por la
pobreza, como por la opulencia, por el cuidado extremado del traje, y
por su descuido y desaliño, por las costumbres arregladas y
desarregladas; finalmente, en una palabra, por todo lo que dejo dicho
arriba, se enciende en el ánimo de quien las ve una guerra, y le
cercan los engaños por todas partes, cómo podrá respirar cercado de
tantos lazos? ¿Qué efugio podrá buscar, no digo para librarse de
ser cogido a viva fuerza, lo que no es muy difícil, sino para
conservar su alma libre de pensamientos impuros?
Dejo a un lado los honores, que son ocasión de mil males; porque los
que provienen de las mujeres, se debilitan con el vigor de la
templanza; aunque muchas veces le abaten, si no sabe estar siempre
vigilante contra semejantes asechanzas. Pero los que provienen de los
hombres, si no los recibe con una superior grandeza de ánimo, será
oprimido de dos pasiones contrarias, de una adulación servil y de una
recia arrogancia: tomando sobre sí la obligación de sujetarse a los
que lo honran y ensoberbeciéndose con la gente baja por los honores que
le han hecho, vendrá a caer en lo profundo de la soberbia.
Bastan ya las cosas dichas hasta aquí: ninguno puede saber bien, sin
experiencia, cuánto daño traen consigo; es necesario que quien se
halla en medio, caiga en males mucho mayores y más peligrosos.
Aquél, pues, que ama la soledad, está libre de todas estas cosas;
y si alguna vez, por un pensamiento impropio, se le representa alguna
cosa semejante, la fantasía no tiene fuerza y puede fácilmente
desecharlo, porque no da fomento a la llama la vista de las cosas
exteriores.
Y el monje, o solitario teme por sí solo; y aunque tenga que cuidar
de los otros, estos son pocos; y aunque sean muchos, son siempre en
menor número que los que están en las iglesias, y dan al prelado un
cuidado en sí mucho más ligero, no sólo por su corto número, sino
porque todos se hallan libres de las cosas del mundo, y no tienen que
pensar ni en hijos, ni en mujer, ni en otra cosa semejante. Esto los
hace muy obedientes a sus superiores, y el tener una habitación
común, hace que se puedan notar sus faltas por menor y corregirse
siendo de no poca ventaja para el adelantamiento en la virtud, la
continua vigilancia del maestro.
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