CAPÍTULO V

Grande es el trabajo, y grave la fatiga que tienen los monjes; pero si alguno compara aquellos sudores con los que trae consigo el sacerdocio, bien administrado, hallará tanta diferencia, cuanta es la distancia que hay entre un rey y un hombre particular.

Y aunque en la realidad sea grande la fatiga que se encuentra en aquel género de vida; con todo, es un trabajo común al alma y al cuerpo, y aun la mayor parte se debe a la buena constitución de éste; el cual si no es robusto, no le permite el alma salir de sí y ponerse en la práctica; porque el continuo ayunar, el dormir sobre la tierra desnuda, la vigilia, el estar privado de los baños, el sudar mucho, y todas las otras cosas que practican para afligir el cuerpo, todas ellas cesan, cuando no es robusto aquél que se había de castigar.

Pero en nuestro caso, el arte está en mantener muy limpia el alma, sin tener necesidad de la buena constitución del cuerpo para manifestar su virtud. ¿Qué aprovecha la robustez del cuerpo para no ser soberbios, orgullosos, temerarios; pero sí vigilantes, templados, moderados y finalmente, todo aquéllo en que San Pablo nos dejó una cumplida imagen de un sacerdote perfecto?




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