CAPÍTULO VI

Ni podemos decir lo mismo de la virtud de un solitario. Y así como los volatines necesitan de muchos instrumentos, de ruedas, cuerdas y espadas; y al contrario, un filósofo, sin tener necesidad de cosa alguna exterior, tiene toda el arte puesta dentro de sí mismo; así el monje necesita aquí de una salud robusta de cuerpo y lugares proporcionados para aquel género de vida; de modo que viva, ni enteramente separado del comercio de los hombres, ni sin la quietud que se goza en la soledad, ni que tampoco carezca de unas templadas estaciones. No hay cosa más insoportable para el que se aflige con ayunos, que la desigualdad del aire.

No quiero añadir aquí, cuánto embarazo les ocasiona, lo que tienen que sufrir para buscarse el vestido y la comida, procurando ganarlo todo con sus propias manos. Pero el sacerdote no tendrá necesidad de alguna de estas cosas para su uso; sino que hallándose sin estos embarazos, se hace común con todos, en las cosas que no traen consigo daño alguno, llevando toda la ciencia depositada en los tesoros de su alma.

Y si hay alguno que admira en un sacerdote el estarse solo y el retirarse de las conversaciones de los hombres, yo mismo confesaré ser éste un indicio de tolerancia; pero no argumento suficiente de toda la fortaleza de ánimo que se necesita porque aquél que, dentro del puerto, está sentado para gobernar el timón, aun no da prueba exacta de su arte. Pero el que en medio del mar y de la tempestad puede salvar la nave, éste merecerá la opinión de un piloto habilísimo por la confesión de todos.




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