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Ni podemos decir lo mismo de la virtud de un solitario. Y así como
los volatines necesitan de muchos instrumentos, de ruedas, cuerdas y
espadas; y al contrario, un filósofo, sin tener necesidad de cosa
alguna exterior, tiene toda el arte puesta dentro de sí mismo; así
el monje necesita aquí de una salud robusta de cuerpo y lugares
proporcionados para aquel género de vida; de modo que viva, ni
enteramente separado del comercio de los hombres, ni sin la quietud que
se goza en la soledad, ni que tampoco carezca de unas templadas
estaciones. No hay cosa más insoportable para el que se aflige con
ayunos, que la desigualdad del aire.
No quiero añadir aquí, cuánto embarazo les ocasiona, lo que tienen
que sufrir para buscarse el vestido y la comida, procurando ganarlo
todo con sus propias manos. Pero el sacerdote no tendrá necesidad de
alguna de estas cosas para su uso; sino que hallándose sin estos
embarazos, se hace común con todos, en las cosas que no traen consigo
daño alguno, llevando toda la ciencia depositada en los tesoros de su
alma.
Y si hay alguno que admira en un sacerdote el estarse solo y el
retirarse de las conversaciones de los hombres, yo mismo confesaré ser
éste un indicio de tolerancia; pero no argumento suficiente de toda la
fortaleza de ánimo que se necesita porque aquél que, dentro del
puerto, está sentado para gobernar el timón, aun no da prueba exacta
de su arte. Pero el que en medio del mar y de la tempestad puede
salvar la nave, éste merecerá la opinión de un piloto habilísimo
por la confesión de todos.
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