|
Por tanto, no debe ser un monje el objeto de la mayor y más excesiva
maravilla; porque permaneciendo en soledad, nadie le inquieta, ni
tiene ocasión de cometer muchos y grandes pecados por no tener quien lo
acose, ni quien estimule su ánimo. Pero si alguno, entregándose a
la muchedumbre y obligado a sufrir los pecados del vulgo, permanece
firme y constante gobernando su ánimo en medio de la tempestad
igualmente que si se hallara en la calma y serenidad; justamente debe
éste tal ser aplaudido y admirado por todos, porque dio pruebas de su
propia fortaleza.
De aquí es, que de ningún modo debe causarte maravilla, que
habiendo huido del bullicio y del conversar con la muchedumbre, no
tengamos muchos y grandes acusadores. ¿Qué novedad, dime, podría
causar de que yo, durmiendo, no pecase; o de que no cayese, no
luchando; o de que no quedase herido, no combatiendo? ¿Quién, en
este caso, podría acusar, o quién sacar al público mi malicia?
¿acaso este techo, o este aposento? bien ves que estos son mudos.
¿Por ventura, mi madre, que se halla bien informada de todas mis
cosas? verdaderamente no tengo yo alguna cosa común con ésta, ni
jamás ha habido entre los dos contienda alguna. Y aunque hubiera
sucedido esto, no hay madre tan poco amante y tan enemiga de su hijo
que hable de él sin causa alguna, y que sin que nadie la estreche,
diga mal de aquél que ha engendrado, parido, y educado.
Porque si alguno quiere examinar atentamente mi ánimo, encontrará
que se hallan en él muchas cosas de malísima calidad; y tú mismo
puedes estar de esto muy bien informado, aunque por otra parte
acostumbras, más que ningún otro, a ensalzarme con elogios en
presencia de los otros. Que yo ahora no diga esto por modestia, es
claro, si te acuerdas cuántas veces te he dicho, cuando se ha
ofrecido moverse entre los dos semejante discurso, que si me diesen a
escoger dónde yo quería señalarme más, si en las prelacías de la
iglesia o en la vida solitaria, eligiría con mil votos la primera
condición. Nunca he dejado yo de proponerte, como hombres dichosos,
a los que pueden satisfacer cumplidamente a las obligaciones de aquel
ministerio.
Ahora bien, ninguno habrá que pueda contradecirme por haber huido de
un estado que he llamado feliz, en el caso de hallarme con la
disposición necesaria para cumplir bien con sus cargas. ¿Pero qué
es lo que yo debía hacer? Qué cosa más inútil para el gobierno de
la Iglesia, que este descuido y flojedad, que en boca de otros suena
un admirable ejercicio y que yo tengo por un velo con que cubrir la
propia flaqueza, valiéndome de él para ocultar la mayor parte de mis
defectos, procurando que no se descubran.
El que está acostumbrado a gozar de un gran descanso y a vivir en gran
quietud, aunque por otra parte tenga un excelente ingenio, se turba
todo y se inquieta, porque no tiene experiencia; y la falta de
práctica y de ejercicio le quita una parte no pequeña de su querer.
Pero cuando tiene un entendimiento tardo, y que se halla sin
experiencia de semejantes contiendas, que es puntualmente el estado en
que yo me hallo, cuando toma sobre sí esta administración, no se
diferencia de una estatua. Por tanto, de los que vinieron de aquella
palestra a estas contiendas, son pocos los que sobresalen y brillan; y
la mayor parte descubre lo que es, pierde el ánimo y tiene que sufrir
acervos y graves fastidios. Ni esto debe causarnos novedad; porque
cuando las peleas y ejercicios no se hacen sobre unas mismas materias,
el que lucha, en nada es diferente del que no está ejercitado.
Aquél, pues, que entra en este estadio debe principalmente
despreciar la gloria, ser superior a la ira y hallarse pertrechado de
mucha prudencia. Al que ama la vida solitaria, no se le ha ofrecido
materia alguna con que poder ejercitarse en estas virtudes; porque ni
tiene mucha gente que le inquiete, de modo que pueda ejercitarse en
reprimir los ímpetus de la ira, ni quien con admiración atienda y
aplauda para poder instruirse en despreciar las alabanzas populares;
fuera de que aquella prudencia, que es tan necesaria para gobernar las
Iglesias, no es de tanta consideración entre los monjes. Cuando
llegan, pues, a aquellas peleas en que no se han ejercitado, quedan
sorprendidos, se alucinan, no saben qué hacerse; y además de no
hacer algún progreso en la virtud, pierden muchas veces cuando llegan
a este grado aquel poco de bondad y de caudal que tenían consigo.
|
|