|
Bas: ¿Pues qué, echaremos mano para administrar la Iglesia de los
que se hallan en medio del mundo, que sólo piensan en los cuidados de
la vida, que han hecho ya callos en altercar y en injuriar a otros,
llenos de infinitos artificios y que sólo saben vivir entre las
delicias?
Crisóstomo: Poco a poco con eso, respondí yo, ¡oh amado
amigo!, porque de semejantes, ni aun la memoria debe ocurrirnos
cuando se trata de hacer la elección para el sacerdocio; solamente
si, cuando hay alguno que tratando y conversando con todos, puede
mejor que los que viven en soledad, conservar enteras y constantes, la
pureza, la tranquilidad, la paciencia, la sobriedad y todos los
demás bienes de ánimo que se hallan en aquellos solitarios; a éste
escogeremos por sacerdote.
El que tiene muchos vicios, pudiendo esconderlos en el retiro de la
soledad, y hacer que no se reduzcan a obra, no tratando con alguno,
cuando se ofreciere a la publicidad, sólo conseguirá hacerse
ridículo y exponerse a un peligro mucho mayor; lo que no ha faltado
mucho para que me sucediese a mi, si la providencia divina no hubiese
apartado prontamente el fuego de nuestra cabeza.
Ni es posible que pueda quedar escondido aquél que se halla en
semejante disposición, cuando se entregare a tratar con el pueblo;
antes bien en este caso se harán patentes todas sus cosas. Porque
así como el fuego sirve para probar los metales, así la prueba del
clero sirve para discernir los ánimos de los hombres; y si por ventura
se halla alguno sujeto a la ira, poseído de pusilanimidad, de
vanagloria, de arrogancia, o de cualquier otro vicio, descubre luego
todos los defectos y los manifiesta con toda su propia desnudez; y no
solamente los descubre, sino que los hace más graves y más fuertes.
Las heridas del cuerpo, si se tocan y manosean, se hacen más
difíciles de curarse; y las pasiones del ánimo, irritadas y
exasperadas, naturalmente se encrudecen y se hacen mas rebeldes e
inducen a caer en mayores pecados a los que las tienen. De lo que
resulta, que si no se está con la mayor atención, inclinan el ánimo
al amor de la gloria, a la arrogancia, al deseo de las riquezas, y lo
arrastran al lujo, a la relajación, a la desidia, y poco a poco
sucesivamente a otros males que provienen de estos; pues se encuentran
en el mundo muchas cosas, que pueden entibiar la prontitud del ánimo,
y cortarle la carrera en el camino derecho que lleva a Dios; pero
principalmente, el tratar, y conversar con las mujeres.
El prelado que debe cuidar de todo el rebaño, no puede aplicar su
pensamiento a la parte de los hombres, y descuidar de la que toca a las
mujeres; en lo que se necesita de la mayor cautela y atención, por la
propensión natural que tienen los hombres al pecado. Y aquél a quien
tocó por suerte el obispado, necesita aplicar también, ya que no la
mayor parte de sus pensamientos, a lo menos, no la menor en procurar
su salud. Debe visitarlas en sus enfermedades, consolarlas en su
llanto, corregirlas en sus descuidos, y asistirlas en sus aflicciones
y trabajos.
Ahora, pues, cuando se practican estas cosas, hallará el espíritu
maligno muchas puertas abiertas por donde entrarle, si no se halla
defendido de una guarda muy vigilante; porque los ojos de la mujer
hieren y perturban el alma, y no solamente los de una mujer lasciva,
sino también los de la que es honesta y sus adulaciones ablandan, y
las honras que te hacen te dejan sin libertad. Y la caridad ardiente,
que es la causa de todos los bienes, por su medio viene a ser ocasión
de infinitos males, si no saben aplicarla bien.
Y no pocas veces los continuos pensamientos embotan la agudeza del alma
y hacen su agilidad más pesada que el mismo plomo; y alguna vez,
cayendo la ira en el corazón, ocupa todo su interior a manera de
humo.
|
|