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¿Y quién podrá contar las otras incomodidades, ultrajes,
violencias, quejas de grandes y de pequeños, de prudentes y de
imprudentes? Aquel género, principalmente de hombres, que carece de
un recto discernimiento, es quejoso y no admite fácilmente excusas.
Y el buen prelado no debe despreciar ni aun a éstos, sino que con
dulzura y mansedumbre ha de satisfacer a todos de lo que le acumulen, y
estar pronto, y dispuesto a perdonarles una queja fuera de razón,
antes que soltar la rienda a la ira.
Y si San Pablo temió hacerse sospechoso de hurto con sus
discípulos, y por esto echó mano de otras personas para la
administración del dinero, para que ninguno nos reprenda,
como él mismo dice, en esta gran porción que administramos ¿cómo es
posible que nosotros dejemos de poner toda la mayor diligencia para
apartar las malas sospechas, aunque sean falsas, y sin razón, y
aunque muy ajenas de nuestra opinión? A la verdad, de ningún pecado
nos hallamos tan distantes, cuanto estuvo San Pablo del hurto; y con
todo, aunque se hallase tan libre de una acción tan fea, no por eso
despreció la sospecha del vulgo, aunque necia y poco razonable.
Verdaderamente era una locura sospechar tal cosa de aquella alma
bienaventurada y admirable; y con todo, vemos que apartó lejos de sí
las ocasiones de semejante sospecha tan absurda, y que sólo podía
caber en el ánimo de un mentecato, y no despreció la locura del
vulgo, ni tampoco dijo: "¿a quién podrá venir al pensamiento el
sospechar semejante cosa, teniendo todos de mí tan alta estima, y
veneración, ya por mis milagros, ya también por la inocencia de mi
vida?" Pero no fue así, sino que sospechó de sí y creyó que
podía nacer esta mala sospecha, y la arrancó desde las raíces; o
por mejor decir, no permitió que naciese. ¿Y por qué?
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"Procuremos, dice, cosas honestas, no sólo delante de
Dios, sino también delante de los hombres".
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Tan grande, y aun mayor cuidado conviene tenerse, no sólo para
desvanecer en los principios, cuando se mueve una fama no buena, sino
para prevenir desde lejos, de donde pueda nacer; y anticipadamente
quitar de delante aquellas ocasiones, de donde puede tener origen, no
esperando a que tome fuerzas y a que vaya de boca en boca por el vulgo,
porque entonces no será fácil el sofocarla, sino muy difícil, o por
ventura imposible; y aun cuando esto se pueda, no podrá hacerse,
sino cuando muchos hayan sido ya dañados.
¿Pero hasta cuándo proseguiré yo contando aquellas cosas, que no
pueden comprenderse con el pensamiento? El reducir a número todas las
dificultades que allí se encuentran, no es otra cosa, que pretender
medir la profundidad del mar. Pues aunque uno se halle libre de toda
pasión, lo que no es posible; con todo, para corregir los pecados
ajenos, se ve obligado a sufrir infinitas y graves angustias y
trabajos. Y si a esto se juntan las propias pasiones, mira ¿qué
abismo será este de trabajos y de pensamientos? ¿y cuántas cosas no
debe sufrir aquél, que quiere pasar sobre sus propios males y sobre
los ajenos?
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