|
1. Tenía yo algunas veces, como he dicho, aunque con mucha
brevedad pasaba, comienzo de lo que ahora diré: acaecíame en esta
representación que hacía de ponerme cabe Cristo, que he dicho,
y aun algunas veces leyendo, venirme a deshora un
sentimiento de la presencia de Dios que en ninguna manera podía dudar
que estaba dentro de mí o yo toda engolfada en El.
Esto no era manera de visión; creo lo llaman mística
teología. Suspende el alma de suerte, que toda parecía estar
fuera de sí: ama la voluntad, la memoria me parece está casi
perdida, el entendimiento no discurre, a mi parecer, mas no se
pierde; mas, como digo, no obra, sino está como espantado de lo
mucho que entiende, porque quiere Dios entienda que de aquello que Su
Majestad le representa ninguna cosa entiende.
2. Primero había tenido muy continuo una ternura, que en parte algo
de ella me parece se puede procurar: un regalo, que ni bien es todo
sensual ni bien espiritual. Todo es dado de Dios; mas parece
para esto nos podemos mucho ayudar con considerar nuestra bajeza y la
ingratitud que tenemos con Dios, lo mucho que hizo por nosotros, su
Pasión con tan graves dolores, su vida tan afligida; en deleitarnos
de ver sus obras, su grandeza, lo que nos ama, otras muchas cosas,
que quien con cuidado quiera aprovechar tropieza muchas veces en ellas,
aunque no ande con mucha advertencia. Si con esto hay algún amor,
regálase el alma, enternécese el corazón, vienen lágrimas;
algunas veces parece las sacamos por fuerza, otras el Señor parece
nos la hace para no podernos resistir. Parece nos paga Su Majestad
aquel cuidadito con un don tan grande como es el consuelo que da a un
alma ver que llora por tan gran Señor; y no me espanto, que le sobra
la razón de consolarse: regálase allí, huélgase allí.
3. Paréceme bien esta comparación que ahora se me ofrece: que son
estos gozos de oración como deben ser los que están en el cielo, que
como no han visto más de lo que el Señor, conforme a lo que
merecen, quiere que vean, y ven sus pocos méritos, cada uno está
contento con el lugar en que está, con haber tan grandísima
diferencia de gozar a gozar en el cielo, mucho más que acá hay de
unos gozos espirituales a otros, que es grandísima.
Y verdaderamente un alma en sus principios, cuando Dios la hace esta
merced, ya casi le parece no hay más que desear, y se da por bien
pagada de todo cuanto ha servido. Y sóbrale la razón, que una
lágrima de éstas que, como digo, casi nos las procuramos aunque sin
Dios no se hace cosa, no me parece a mí que con todos los trabajos
del mundo se puede comprar, porque se gana mucho con ellas; y ¿qué
más ganancia que tener algún testimonio que contentamos a Dios?
Así que quien aquí llegare, alábele mucho, conózcase por muy
deudor; porque ya parece le quiere para su casa y escogido para su
reino, si no torna atrás.
4. No cure de unas humildades que hay, de que pienso tratar,
que les parece humildad no entender que el Señor les va
dando dones. Entendamos bien bien, como ello es, que nos los da
Dios sin ningún merecimiento nuestro, y agradezcámoslo a Su
Majestad; porque si no conocemos que recibimos, no despertamos
a amar. Y es cosa muy cierta que mientras más vemos estamos
ricos, sobre conocer somos pobres, más aprovechamiento nos viene y
aun más verdadera humildad. Lo demás es acobardar el ánimo a
parecer que no es capaz de grandes bienes, si en comenzando el
Señor a dárselos comienza él a atemorizarse con miedo de
vanagloria.
Creamos que quien nos da los bienes, nos dará gracia para que, en
comenzando el demonio a tentarle en este caso, lo entienda, y
fortaleza para resistir; digo, si andamos con llaneza delante de
Dios, pretendiendo contentar sólo a El y no a los hombres.
5. Es cosa muy clara que amamos más a una persona cuando mucho se
nos acuerda las buenas obras que nos hace. Pues si es lícito y tan
meritorio que siempre tengamos memoria que tenemos de Dios el ser y que
nos crió de nonada y que nos sustenta y todos los demás beneficios de
su muerte y trabajos, que mucho antes que nos criase los tenía hechos
por cada uno de los que ahora viven, ¿por qué no será lícito que
entienda yo y vea y considere muchas veces que solía hablar en
vanidades, y que ahora me ha dado el Señor que no querría sino
hablar sino en El? He aquí una joya que, acordándonos que es dada
y ya la poseemos, forzado convida a amar, que es todo el bien de la
oración fundada sobre humildad.
Pues ¿qué será cuando vean en su poder otras joyas más preciosas,
como tienen ya recibidas algunos siervos de Dios, de menosprecio de
mundo, y aun de sí mismos? Está claro que se han de tener por más
deudores y más obligados a servir, y entender que no teníamos nada de
esto, y a conocer la largueza del Señor, que a un alma tan pobre y
ruin y de ningún merecimiento como la mía, que bastaba la primera
joya de éstas y sobraba para mí, quiso hacerme con más riquezas que
yo supiera desear.
6. Es menester sacar fuerzas de nuevo para servir y procurar no ser
ingratos; porque con esa condición las da el Señor, que si no
usamos bien del tesoro y del gran estado en que pone, nos lo
tornará a tomar y quedarnos hemos muy más pobres, y dará Su
Majestad las joyas a quien luzca y aproveche con ellas a sí y a los
otros.
Pues ¿cómo aprovechará y gastará con largueza el que no entiende
que está rico? Es imposible conforme a nuestra naturaleza a mi
parecer tener ánimo para cosas grandes quien no entiende está
favorecido de Dios. Porque somos tan miserables y tan inclinados a
cosas de tierra, que mal podrá aborrecer todo lo de acá de hecho con
gran desasimiento quien no entiende tiene alguna prenda de lo de allá.
Porque con estos dones es adonde el Señor nos da la fortaleza que por
nuestros pecados nosotros perdimos. Y mal deseará se descontenten
todos de él y le aborrezcan y todas las demás virtudes grandes que
tienen los perfectos, si no tiene alguna prenda del amor que Dios le
tiene, y juntamente fe viva. Porque es tan muerto nuestro natural,
que nos vamos a lo que presente vemos; y así estos mismos favores son
los que despiertan la fe y la fortalecen. Ya puede ser que yo, como
soy tan ruin, juzgo por mí, que otros habrá que no hayan menester
más de la verdad de la fe para hacer obras muy perfectas, que yo,
como miserable, todo lo he habido menester.
7. Estos, ellos lo dirán. Yo digo lo que ha pasado por
mí, como me lo mandan. Y si no fuere bien, romperálo a quien lo
envío, que sabrá mejor entender lo que va mal que yo; a
quien suplico por amor del Señor, lo que he dicho hasta aquí de mi
ruin vida y pecados lo publiquen. Desde ahora doy licencia, y a todos
mis confesores, que así lo es a quien esto va. Y si quisieren,
luego en mi vida; porque no engañe más el mundo, que piensan hay en
mí algún bien. Y cierto cierto, con verdad digo, a lo que
ahora entiendo de mí, que me dará gran consuelo.
Para lo que de aquí adelante dijere, no se la doy. Ni
quiero, si a alguien lo mostraren, digan quién es por quien pasó
ni quién lo escribió; que por esto no me nombro ni a nadie,
sino escribirlo he todo lo mejor que pueda para no ser conocida, y así
lo pido por amor de Dios. Bastan personas tan letradas y graves para
autorizar alguna cosa buena, si el Señor me diere gracia para
decirla, que si lo fuere, será suya y no mía, porque yo sin letras
ni buena vida ni ser informada de letrado ni de persona ninguna (porque
solos los que me lo mandan escribir saben que lo escribo, y al presente
no están aquí) y casi hurtando el tiempo, y con pena porque
me estorbo de hilar, por estar en casa pobre y con hartas ocupaciones.
Así que, aunque el Señor me diera más habilidad y
memoria, que aun con ésta me pudiera aprovechar de lo que he oído o
leído, es poquísima la que tengo; así que si algo bueno dijere, lo
quiere el Señor para algún bien; lo que fuere malo será de mí, y
vuestra merced lo quitará.
Para lo uno ni para lo otro, ningún provecho tiene decir mi nombre:
en vida está claro que no se ha de decir de lo bueno; en
muerte no hay para qué, sino para que pierda la autoridad el bien, y
no la dar ningún crédito, por ser dicho de persona tan baja y tan
ruin.
8. Y por pensar vuestra merced hará esto que por amor del
Señor le pido y los demás que lo han de ver, escribo con
libertad; de otra manera sería con gran escrúpulo, fuera de decir
mis pecados, que para esto ninguno tengo; para lo demás basta ser
mujer para caérseme las alas, cuánto más mujer y ruin. Y así lo
que fuere más de decir simplemente el discurso de mi vida, tome
vuestra merced para sí pues tanto me ha importunado escriba alguna
declaración de las mercedes que me hace Dios en la oración, si fuere
conforme a las verdades de nuestra santa fe católica; y si no,
vuestra merced lo queme luego, que yo a esto me sujeto. Y diré lo
que pasa por mí, para que, cuando sea conforme a esto, podrá hacer
a vuestra merced algún provecho; y si no, desengañará mi alma,
para que no gane el demonio adonde me parece gano yo; que ya sabe el
Señor, como después diré, que siempre he procurado buscar
quién me dé luz.
9. Por claro que yo quiera decir estas cosas de oración, será bien
oscuro para quien no tuviere experiencia. Algunos impedimentos diré,
que a mi entender lo son para ir adelante en este camino, y otras cosas
en que hay peligro, de lo que el Señor me ha enseñado por
experiencia y después tratádolo yo con grandes letrados y personas
espirituales de muchos años, y ven que en solos veinte y siete años
que ha que tengo oración, me ha dado Su Majestad
la experiencia con andar en tantos tropiezos y tan mal este camino que a
otros en cuarenta y siete y en treinta y siete, que con penitencia y
siempre virtud han caminado por él.
Sea bendito por todo y sírvase de mí, por quien Su Majestad es,
que bien sabe mi Señor que no pretendo otra cosa en esto, sino que
sea alabado y engrandecido un poquito de ver que en un muladar tan sucio
y de mal olor hiciese huerto de tan suaves flores. Plega a Su
Majestad que por mi culpa no las torne yo a arrancar y se torne a ser
lo que era. Esto pido yo por amor del Señor le pida vuestra merced,
pues sabe la que soy con más claridad que aquí me lo ha
dejado decir.
|
|